Salvación a la carta: mi encuentro con los podcast durante la pandemia

Por Adriana Ramírez

La pandemia me sorprendió en la casa materna mientras vivía una especie de limbo existencial en el cual esperaba pacientemente el tan anhelado email que me confirmaría la fecha de sustentación de mi tesis doctoral.

El cansancio que no había sentido en mis años de estudios se reveló en esos primeros días de encierro. Me embargó una especie de inapetencia que bloqueaba todos y cada uno de los intentos por hacer algo medianamente productivo. Las hojas se quedaban sobre el escritorio con apenas algunas palabras escritas, los libros permanecían abiertos en la mesita de noche, en la mesa de la sala o en la terraza aguantando agua y sol, sin que yo los determinara y todas las aplicaciones de ejercicio y yoga se quedaron sin estrenar.

Reconocí mi apatía y sucumbí a la flojera y tomé la decisión de dedicarme a los “oficios inútiles” que alguna mañana de domingo, hace más de 15 años, le oí describir a Diana Uribe cuando, en su programa de radio, habló sobre los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki. En ese episodio la historiadora relató cómo los sobrevivientes de semejante hecatombe, cuando lo habían perdido absolutamente todo, como estrategia para mantener la cordura y pasar las horas de los días grises y llenos de sombras que dejaron las bombas, se dedicaron a las manualidades.

Pensé que, si las grullas de origami habían logrado ser el vehículo para gestionar el duelo de la más cruenta de las tragedias humanas, la pintura bien podría ser un medio para lidiar con la precaria crisis existencial de una doctorante ansiosa que vivía por primera vez una pandemia que atentaba con trastocar el orden del mundo tal como lo conocía. Y así decidí ponerme manos a la obra y pintar el horno de leña de la casa.

Soy una persona solitaria y callada y, con los años, esos rasgos se han acentuado aún más. Necesito el silencio y crear pequeñas burbujas de quietud cuando voy a emprender la más simple de las tareas. Por lo que, aunque me avergüenza profundamente confesarlo, desarrollé una estrategia de evasión durante la cuarentena para abstraerme de los run runes domésticos que incluían teléfonos, televisores, emisoras de música de los años sesenta, perros ladrando, mamá y abuelita paisas y empleada venezolana: acudía a mis audífonos como si fueran un salvavidas, y en su sonido estereofónico encontraba la paz que tanto anhelaba.

Antes de iniciar mi primera sesión de pintura alisté los acrílicos y los pinceles, cargué mi celular, y seleccioné el episodio 62 del Podcast Hardcore History de Dan Carlin que recientemente me había recomendado mi novio. El título me pareció interesantísimo: Supernova in the East I y la descripción anticipaba un viaje de dos horas a un destino que desde siempre me ha fascinado, el Japón. 

https://www.huffpost.com/entry/dan-carlin-hardcore-history_n_5643b5b5e4b08cda34875511

Desde el primer momento en el cual Carlin comienza su programa, anticipa a la audiencia que el entendimiento del papel que este país jugó en la Segunda Guerra Mundial debe y tiene que ser entendido a partir de la compleja intensidad que caracteriza sus más arraigadas creencias y dogmas. Aquel entramado de valores y convicciones articulado sobre el honor, el sacrificio y la devoción, que a un occidental le resultan difíciles de entender y aceptar y que, sin lugar a duda, fue uno de los factores qué más incidió en la proyección bélica que desde la década de los 30 desplegó el ejército nipón en el Pacífico y, en la década siguiente, le impulsó a reclamar su papel como jugador global.

Quedé atrapada desde el primer momento y allí comenzó uno de esos deliciosos momentos de flow en los que se siente el cuerpo relajado pero la mente a mil kilómetros por hora, enfocada, sin distraerse, absorbiendo toda la información que está recibiendo. Mientras mis manos pintaban espirales de colores, en mi cabeza la voz de Carlin lograba remover recuerdos de clases lejanas, libros leídos, películas, y bandas sonoras, al mismo tiempo que un nuevo relato se iba creando e iba adquiriendo forma gracias a los énfasis, las citas y las exclamaciones que el conductor incluye de manera brillante en su narración.

Quedé fascinada con esa introducción al mundo del podcast y me sentía ansiosa por continuar con el siguiente episodio, así como se espera con curiosidad e inquietud el inicio de temporada de una buena serie, el lanzamiento de un libro de un autor cercano al corazón o el final de una gran saga cinematográfica. Carlin logró, no solo despertar mi interés, sino retenerlo por las más de tres horas que duran los episodios de su programa. Logró cautivarme como lo hacen los buenos profesores, aunque no es profesor ni es historiador, es un gran contador de historias.

Me gocé una a una las horas que invertí en la pintura del horno y cuando terminaba mi cita con los colores y con Carlin me sentía satisfecha y energizada, deseosa de saber más, de pintar más, de escuchar más y de seguir viajando en la espiral de la historia o mejor, de las historias infinitas que se pueden contar y que de hecho, son contadas por personajes de las más diversas extracciones que hoy, enriquecen (según mi opinión) el mundo con su quehacer a través de este nuevo formato.

El antes …
Y, el después…

Cuando terminé quería más, más de Carlin y más de otros, más de todo, porqué supe que las horas que destinara a permanecer en mi pequeña burbuja absorta en las palabras que viajaban entre mis oídos, serían la salvación al dolor que la incertidumbre y el miedo me estaban generando. Hoy reconozco que mi parálisis productiva no era otra cosa que mi respuesta emocional ante el terror que me generaba hacerme la pregunta ¿para qué estoy haciendo esto?

Exploré, busqué y me dejé entretener cada día desde entonces por Tim Ferris, Sam Harris, Naval Ravikant, Malcolm Gladwell, Russell Brand, Esther Perel e incluso Oprah Winfrey. Los escuché atenta mientras caminaba entre heliconias en las mañanas, tomaba el sol o antes de dormir, cuando nuevamente corroboraba que, aquello que se transmitía en la televisión se había quedado corto en su capacidad de captar mi interés y mantener mi atención. Tomé nota de las conversaciones que estos anfitriones y sus invitados tenían de manera distendida pero rigurosa atravesando los más diversos temas: inversión en criptomonedas, el poder de los alucinógenos para tratar el estrés postraumático, las rutinas matutinas de los ricos y exitosos, los problemas recurrentes de las parejas durante los días de encierro y más, mucho más.

Una vez me sentí encantada por el nuevo formato al cual, debo admitirlo, no le encontraba mucha gracia antes de conocerlo realmente, di un salto que para mí fue como tirar todas mis creencias más arraigadas hacia lo profundo de un abismo. Desoyendo los reclamos enfurecidos del ratón de biblioteca que vive en mí, decidí por primera vez escuchar un audiolibro aprovechando un regalo que me hicieron a través de Audible.

Pasé 5 horas deliciosas acompañada por la mismísima Elizabeth Gilbert, quien me susurró al oído los consejos y opiniones sobre el proceso creativo detrás de la escritura que compiló en su libro Big Magic. El ejercicio me pareció de lo más sencillo y contrario a lo que pensaba, no necesité del papel para sentirme atrapada por las historias contadas por la autora, no perdí el hilo conductor ni la concentración y pude, a pesar de mi reticencia inicial, incluso hacer notas y seleccionar apartes específicos utilizando la misma aplicación. Fue como una cachetada a mi yo arcaico que aún hoy pretende resistir los embates de la tecnología.

Luego siguió Atlas Shrugged de Ayn Rand, sesenta horas de viaje al interior del objetivismo y su oda máxima y luego ocho horas más escuchando a Malcolm Gladwell en su libro genial Talking to Stangers, una mezcla única de historias, reflexiones, música y entrevistas que se reveló como otra genialidad de este autor que, además se ha convertido en uno de mis favoritos gracias a su podcast maravilloso Revisionist History.

Hoy, 1 de diciembre de 2020 me siento un poco temerosa de cantar victoria y proclamar que logré sobrevivir a este año cargado de locura. Sin embargo, miro atrás y no puedo evitar sentir que el balance dentro de mi pequeña burbuja es más que satisfactorio. Ahora que termino de escribir estas líneas, me doy cuenta de que, además del amor incondicional que me acompaña encarnado en las personas increíbles que tengo en mi vida, es y ha sido así, gracias a la riqueza inmensa de los contenidos a los cuales he tenido acceso gracias a los podcast y los audiolibros. ¡Qué gran descubrimiento!

Lee más entradas de Adriana en su blog personal El Menú.

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