Apagar el celular

Soy de aquellas personas que habló con sus amigos de la infancia por teléfono fijo, hizo las tareas del colegio escribiendo a mano en cuadernos argollados, su primer contacto con los computadores fue al final del bachillerato, abrió su primera cuenta de correo electrónico cuando ingresó a la universidad y su primer celular fue una “flecha” que solo servía para hacer llamadas y mandar mensajes de texto. Soy, en últimas, un inmigrante digital.

Durante los años de estudio en la universidad y los primeros trabajos, me mantuve alejado del celular. Mis amigos se reían de mí, porque devolvía las llamadas perdidas cuatro, seis u ocho horas después. A veces lo hacía al día siguiente, cuando me percataba de que me estaban buscando. Ni hablar de la respuesta a los mensajes de texto. Tenía la cabeza ocupada en otras cosas.

En diciembre de 2013 la situación empezó a cambiar. Al terminar la navidad abordé un avión para ir a rumbear a la Feria de Cali. Mi primo Rodrigo y su novia Adriana me esperaban. “Te queremos presentar a alguien”, dijeron. La noche siguiente, en el segundo piso de un bar tradicional de salsa, la conocí. “Soy Tata”, me dijo. “¿Vos bailás o te vas a quedar sentado toda la noche?”, soltó al rato. De inmediato me encantaron su naturalidad, sus ojos achinados, sus pecas cayendo por los hombros. Después vinieron los besos en el Súper Concierto de Cali, el Carnaval de Negros y Blancos en Pasto, las noches en el Centro Internacional de Bogotá, el retorno a la sucursal del cielo y una seguidilla de vuelos internacionales: el primero a Los Angeles, el segundo a Sydney y el tercero a Perth, su lugar de residencia en tierras australes. Las vacaciones de Tata en Colombia habían terminado.

Sin que lo hubiéramos imaginado ni mucho menos conversado, no solo éramos novios, sino novios en la distancia. Trece horas de diferencia, 16.803 km en línea recta, el océano Pacífico de por medio. El celular se volvió nuestro punto de encuentro, la base de nuestra relación, el fetiche indispensable. Nos escribíamos por WhatsApp, nos hablábamos por Skype, nos veíamos por FaceTime. Ver el celular comenzó a ser la acción con la que iniciaba y terminaba cada día, en una jornada que vivíamos al revés: mientras ella trabajaba, yo dormía, y viceversa. La relación terminó pronto, pero dejó un recuerdo duradero: la adicción al celular.

A partir de entonces, empecé a consultar el celular con mayor frecuencia. Abrir WhatsApp se volvió una acción mecánica y permanente para atender tareas inesperadas del trabajo, reírme con memes que llegaban en los chats, escribirle a mi familia o sorprenderme por la aparición de alguien distante. Inevitablemente, las actualizaciones periódicas del chat me llevaron a atender en tiempo real los mensajes recibidos en el correo electrónico, una tarea maratónica y de nunca acabar, y las noticias con las últimas ocurrencias de los contactos de Facebook.

WhatsApp, Skype y FaceTime abrieron la puerta a otras aplicaciones: Gmail, Facebook, Google, Dropbox, YouTube, Spotify, Instagram, Snapseed, DJI, Nikon, NPR, CineColombia, IMDb, WordPress, SofaScore, Goodreads, Pocket, Semana, El Espectador, Bancolombia y un largo etcétera. En contra de mis deseos –y de mis principios–, aquel inmigrante digital pasó a ser –quizá– uno más de los miembros del grupo internacional y omnipresente de obsesivos-compulsivos que consultan el celular más de 50 veces al día, gastan más de 40 horas a la semana al frente de la pantalla oscura y sufren cuando no tienen acceso a internet.  

En los últimos tres años, mi gran debilidad ha sido Instagram, y lo ha sido por obvias razones: el portafolio de los mejores fotógrafos, el bombardeo permanente de los mejores destinos para viajar, las mujeres más hermosas y las noticias de última hora, todo a un clic y al instante. Primero fue la consulta de otros, el despertar del voyerismo, y luego la experimentación propia, la pérdida de minutos y momentos dorados montando un video insustancial para una historia efímera, editando los colores de una foto aparentemente irresistible o escribiendo un pie de foto con recomendaciones que nadie va a seguir.

Y todo esto, ¿para qué? En verdad me pregunto para qué sirven los likes de una foto, los seguidores de una cuenta y la armonía de una galería en Instagram, si uno no vive de eso. Ni podría. No tengo ningún amigo cercano que, con sus fotos, historias o viajes, haya ganado plata gracias a todo el tiempo que ha gastado en la aplicación. Lo máximo que hemos logrado son unos comentarios de felicitaciones, unas palmaditas en la espalda y el aumento en el ego, muchas veces por razones injustificadas.

En muy contadas ocasiones los likes de una foto coinciden con su calidad; mientras que fotos mágicas pasan desapercibidas en las redes sociales, muchas fotos anodinas son destacadas por miles. Por lo general, en Instagram cuentan más la popularidad y el carisma de la gente que la calidad de su trabajo. Si uno fuera un cazador de “me gusta”, debería ir a la fija; es decir, debería publicar fotos de atardeceres naranja, bebés dormidos en sábanas blancas, mascotas disfrazadas, mujeres en bikinis, dos cócteles helados en un bar de lujo o selfies con caras sonrientes en una experiencia de viaje.

La gran paradoja de todo esto es que mientras más conectados estamos con otros en las redes, más desconectados estamos de quienes nos rodean y de nosotros mismos. Dejamos de prestar atención a la persona con quien estamos ­por mantener contacto con las personas invisibles que están del otro lado. Dejamos escapar el tiempo valioso de nuestro ocio por mantenernos informados de datos inútiles e insignificantes acerca de la vida privada de los otros. Pues, en serio, ¿para qué nos sirve saber qué receta cocina el otro o qué álbum escucha en Spotify o qué serie ve en Netflix?

Olvidamos que el tiempo es limitado e imposible de reproducir. Hasta hoy, la tecnología no ha logrado aumentar los 60 segundos de un minuto, los 60 minutos de una hora ni las 24 horas de un día, así que todo el tiempo que tiramos en la red se lo quitamos a la lectura de verdad, las caminatas por la ciudad, la meditación en el bosque y las charlas cara a cara. A veces es más fácil distraer la mente con el celular que atender los asuntos propios y aprender a estar con uno mismo.

Y todo esto, ¿para qué? Pregunto de nuevo. ¿Qué ganamos con esto, aparte de crear un perfil mentiroso de los que somos nosotros o es nuestra vida, de despertar envidia en los otros y de paso en nosotros mismos, de distraernos de la actividad que estamos haciendo y olvidar lo que estábamos buscando?

Hace unos meses Essena O’Neill, una modelo australiana con más de 580 mil seguidores en Instagram, empezó a borrar decenas de sus fotos y a cambiar las descripciones de las restantes, para contar la historia real detrás de ellas; para contar que esos días había estado con la autoestima por el piso, triste, sola, abandonada, mamada, aburrida, decepcionada. Que estaba, en fin, viviendo una vida como la de todos. Que era un ser humano de carne y hueso y no una chica virtual, no como ese holograma perfecto con que Akihiko Kondo se casó en Japón. Y, aunque Essena no es la única, son pocos los que se sinceran en las redes. Conozco escasos relatos de influencers que cuenten lo duro que es viajar, lo cansado que uno se levanta, lo mucho que se extraña a la familia, lo monótono que es visitar la enésima iglesia, cascada o playa o el deseo irresistible que a veces se siente por volver a casa en un viaje largo.

Desde comienzo de este año he intentado hacer una desintoxicación de tecnología. Agarrar menos veces al día el celular. Congelar la cuenta que nunca despegó en Instagram. Publicar menos citas literarias en Facebook. Seguir menos cadenas de WhatsApp. Leer menos noticias en portales de dudosa calidad. Si bien la desintoxicación no me ha servido para caminar más por la ciudad o meditar en las mañanas o verme con mis amigos en las noches, al menos sí me ha permitido mirar el asunto con distancia y comprender el juego absurdo y banal en el que estaba atrapado.

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