Una vida imposible*

*Retrato robot de una joven sin objetos culturales vagamente identificados

Texto por Santiago Giraldo Luque, Politólogo y periodista. Profesor de periodismo en la Universitat Autònoma de Barcelona.

Hija, vas a llegar tarde a clase. ¡Voy, mamá! El reloj analógico despertador volvió a ser apagado sin que su ruido de símil de gallo hiciera su efecto después de una noche larga de estudio entre fotocopias subrayadas con color amarillo y rosa y apuntes de clase pasados a limpio. El despertador había llegado a “vuelta de correo” —postal— luego de reunir más de 5000 puntos en recortes de cajas de cereales, de esos que tomaba para desayunar. Solo tenía un botón, el off, sin ninguna opción de prolongar la alarma cada 10 minutos. En el desayuno se encontró con las noticias en el canal de radio elegido por su padre, ese desastroso programa matinal que contaba noticias a su manera. Era, sin embargo, una dosis necesaria que alimentaba cientos de formas útiles e imaginarias para discutir con su padre. Un deporte familiar cotidiano. El diálogo intergeneracional era capaz de subir de temperatura de la misma manera en la que bajaba la del chocolate hasta que era posible su consumo. Después de terminada la taza, vuelta del revés para que su hermano pequeño vaticinara el destino próximo —conocerás a alguien hoy que te hará una pregunta trascendente…— y tras la batalla dialéctica en su punto de no retorno, su padre solía sugerir una solución intermedia, más digerible sin el hambre del ayuno y siempre dispuesta a un nuevo asalto en la mañana siguiente. 

Sale a buen paso de su casa y camina con prisa hacia la calle en la que espera el bus que le lleva hasta la facultad. Sube con agilidad al vehículo y se instala en una silla vacía junto a una ventana. Saca sus fotocopias e intenta repasar para su clase. No había nacido apta para la lectura en movimiento, así que se conforma con el sonido ambiente y con el paisaje urbano. El vallenato y los gritos estridentes del locutor de alguna radio popular se mezclan ávidamente con el último éxito del reggaetón: “Dale bien mami…”. Nunca llevaba audífonos de última tecnología —Wireless— para aislarse culturalmente de su propia ciudad. Simplemente observa y hasta, por momentos, se aburre en el bus a pesar de las miles de historias que no necesita imaginar cuando alza la vista por la ventana de la ciudad en la que vive, en la que ha caminado durante casi dos décadas. Llega hasta la entrada de la universidad y mira la hora en el reloj de la plaza central. 

Llega un poco justa a clase, así que pide un café para llevar y sube hasta el aula del curso de teoría social contemporánea en la que, animosamente, su profesora no usa Power Point. Su compañero de mesa tiene abierto un Mac conectado a internet por su complemento frutal, un iPhone 8, y en el que compra un billete de avión hacia alguna playa instagrameable mientras la profesora explica la relación entre la teoría del poder de Niklas Luhmann, el conservador, y el sistema de asesoramiento cultural de Alexa: “¿En qué puedo ayudarte hoy?”, dice la voz (femenina). En otra ventana de su manzana portátil, diversas personas de clase hablan por chat sobre la foto que había publicado el influencer de la Facultad mientras daba consejos sobre cómo cocinar un almuerzo fitness y crudivegano. La clase avanza con la introducción del panóptico de Foucault y de su proyectada materialización del control social a través del sistema de notificaciones psicológicas de las redes sociales. La profesora sugiere la lectura de Marcuse, mientras el compañero del Mac pregunta si la lectura estaba disponible en el campus virtual de la asignatura porque aún no le había sido posible descargar la aplicación de búsqueda y pedido de libros en la biblioteca. Alguno de atrás, despertándose, pregunta en dónde está la biblioteca, mientras otro reclama a la profesora que escriba el nombre del autor en el tablero o, al menos, que lo deletree lentamente. Marcuse, dice la profesora sin hacer ningún esfuerzo por detenerse, el delantero estrella del Hertha de Berlín, que luego fichó por el Columbia University, en la MLS de los Estados Unidos, por aquellos pequeños incidentes que había en su país de origen en la década del treinta del siglo pasado. El estudiante de la pregunta decide no hacer más preguntas y consulta en Google.

Al salir de la clase, ella se interesa por una asamblea estudiantil que intenta organizar una protesta por los hechos noticiosos que había oído en la mañana, y que ya había discutido con su padre. Entra al auditorio en el que muchos estudiantes aún llevan los audífonos puestos. En el atril, una estudiante con los pantalones rotos, pero nuevos (o nuevos, pero rotos) anuncia la votación sobre el slogan de la marcha. Compañeros, lo importante es que el slogan elegido funcione bien en Insta y que sea trending topic en Twitter, dice. La líder estudiantil da un sorbo a su cerveza Heineken en vaso desechable y orgánico y declara que ya está abierta la votación para elegir el hashtag, a través de Google Forms. Todos bajan la cabeza hacia sus teléfonos celulares. Alguien se queja de la conexión Wi-Fi de la Facultad. Silencio. Mientras transcurre la votación analiza la sala. Piensa en los aparatos, todos iguales. Unos, casi la mitad, son manzanas, los otros, la mayoría, marcianos. Ahí acaba la diversidad. Se sorprende. Siente ahora nostalgia por el desayuno, había más debate allí que ahora, en la universidad. Alguien hace fotos y de inmediato las sube al perfil de la Asamblea Estudiantil #sinfiltros. La foto empieza a circular y recibe rápidamente hasta 1000 likes. El fotógrafo se felicita a sí mismo con una selfie con el fondo de la reunión. La líder estudiantil vuelve al atril y anuncia el resultado de la votación. Un 5% ha votado en blanco. Un 15% ha votado a favor del #unlugarenlahistoriade…Duque. El 35% de la asamblea ha votado a favor del #Chancelegal1087985, y el 45% ha votado a favor de #justiciaoledoyenlacaramarica. Rápidamente el equipo de comunicación se pone en marcha para activar el hashtag y se informa que la discusión continuará, en Twitter, con las reglas de los 280 caracteres. 

Todos salen con caras alegres de su participación política activa. Ella se queda unos momentos más en el auditorio. Hace poco leyó en un libro que parece ya de historia que Marcos, el Subcomandante, el de Chiapas, México, decía que ellos se preocupaban de construir escuelas, salvar a las madres de las muertes en el parto o de curar las enfermedades infantiles, no de ser un trending topic. Calla. Se pregunta si es una extraterrestre. Un estudiante que no había visto en la facultad se acerca y se sienta a su lado. ¿Quieres un café? Ella lo mira, un poco sorprendida, pero acepta. Igual le viene bien despejar un poco su cabeza de ideas raras. Caminan hasta la cafetería. He visto que mientras votábamos, hacías algo así como una observación social de campo. No quería votar y tampoco podía, no uso internet en mi teléfono celular. Él abre los ojos. Entonces, ¿dónde consultas tu Instagram o tu TikTok? ¿En tu portátil? No, no suelo llevar mi portátil conmigo. Bueno, es de mi madre y raras veces lo saco de casa. Él la mira perplejo e incrédulo. Debes ser una chica interesante, te voy a seguir en redes, ¿cómo te llamas? Ella le dice su nombre despacio y con fuerza, casi como deletreado. Él lo escribe rápidamente en su navegador marciano. Pasa por Facebook, Instagram, Twitter y TikTok. Nada. No hay resultados. Algo pasa, no te encuentro en las redes… No, no uso redes sociales. Entonces, ¿cómo sé que todo lo que me dices de ti es real? Ella ríe con fuerza. Mi hermano pequeño es un poco brujo, le dice mientras se levanta, gira la taza del café y se marcha con la imagen de las líneas del chocolate trazadas por el azar de sus cuidadosos tragos cortos para evitar quemarse la lengua de buena mañana.

Campaña publicitaria de FNAC con motivo del Día Internacional de Internet

Imagen destacada CC “People Using Phones” by Tom Coates is licensed under CC BY-NC 2.0

Espera más entradas del especial la próxima semana.

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