Maestría en Opinología

Hasta nunca Twitter

Hace dos años que eliminé mi cuenta de Twitter. Creo que en total tenía solo dos posteos míos y después eran máximo 20 retweets que procuraban ilustrar mi postura frente a uno u otro tema. La eliminé porque encontraba la base del mecanismo de la red social demasiado reactiva. Me daba la impresión de que el funcionamiento era en cadena algo así: alguien decía una pavada; el otro reaccionaba con otra pavada y un poco de odio; el siguiente, a la pavada y el odio le sumaba su opinión sin ningún tipo de sustento y argumentos flacos que ignoraban la ciencia, subestimaban a los estudiosos y trataban de ignorante a gente experta que sabe más que ellos.

Abandoné Twitter también porque me arruinaba el café el efecto adictivo de los opinólogos de ganar la batalla y ver cómo se les hinchaba el pecho frente a una popularidad falsa, y con el café no se jode. Pero, en serio, me afectó personalmente y tuve que decir adiós.

Error cantado

Posiblemente no sea Twitter el problema, y ni siquiera las personas compartiendo cosas en la red siendo felices. El problema soy yo, que al igual que el que se cree que lo que escribe es equiparable a la multiplicación de los panes del Evangelio lo traslado a la realidad como si realmente importara. O quizás fue que elegí “seguir” a la gente equivocada. No lo sé.

La cuestión es que cuando me llegan memes, o threads de twitter (generalmente los que se volvieron muy virales o son absolutamente geniales) siento que me estoy perdiendo algo. Caigo en la desgracia absurda del FOMO digital (Fear Of Missing Out digital). Esos, con los que me descostillo de la risa —¿los OCVIs?—, son objetos culturales no identificados creados por amor al entretenimiento y fruto de un excelente ingenio y una enorme creatividad y, en oposición a mis razones para cerrar la cuenta de Twitter, valen toda la pena. Sin embargo, después de que se va el efecto cómico y me planteo volver, recuerdo que no es buena decisión. Más me vale mantener a flote mi salud mental y hacer lo mismo que haría en una mesa con 10 hombres opinando sobre el aborto y la menstruación: pararme a buscar el helado y comer los primeros bocados con dulce de leche sola en la cocina para calmarme.

Lo que realmente me da miedo —sí, miedo— es el poder de viralización del absurdo. Ya sea un OCVI bien fundamentado, ingenioso y entretenido, o una mentira repetida como verdad, lo que genera la endorfina digital en los humanos es realmente tenebroso. Creemos que sabemos de lo que no tenemos ni la más pálida idea, y un día sin reflexionar ni medio minuto, nos regalamos el título de la Opinología Profesional de la Universidad de Keimbrich.

No culpes a la noche, ni a HGTV

Durante la cuarentena consumí programas de HGTV (el canal del “hogar” por excelencia) como loca. Ví como los “Property Brothers” le renovaron la casa a medio mundo, después como “Chip y Jo” arreglaron todo Texas, e incluso comencé a seguir decenas de decoradoras en Instagram. Ahora consumo casi todos los programas o webs que me presentan, no lo voy a esconder. Sin ir más lejos, el otro día salí a comprar “productos” de organización —así les dicen las maniáticas del orden de la nueva serie de Netflix “Get organized” a los contenedores para organizar cajones, ¡imaginate mi estado!—. Pero el punto es que puedo consumir todo esto durante otra ronda de cuarentena en el 2021, y si querés en el 2022 también, y me queda clarísimo que no soy decoradora profesional, no sé de organización en profundidad y no soy diseñadora. Hay gente que estudia esto seriamente, años, y para eso están. Además, por más de que no coincida con el gusto con este o aquel, cualquiera de ellos tiene de por sí más autoridad para hablar del tema gracias a su título. Y punto.

Que yo diga que me puedo poner a hacer una remodelación sin un ingeniero o un arquitecto porque “yo sé de eso” de la escuela del aire, es como darle a alguien que consumió 10.000 noticias de COVID-19 una bata para tratar pacientes en la sala de emergencias (y sino preguntale a los del show de Grand Designs, ahí va otra recomendación para que vean lo mal que te puede ir).

Demente, ¿no? Pues señores, eso es lo que está pasando. Todos los días nos tragamos la pastilla de que somos más inteligentes sin leer, más vivos sin estudiar y más creíbles porque pasamos por arriba 20 títulos en Facebook y dos canales de televisión. Y al que estudió medicina, el que se dedica a la ciencia, el que dedicó 10 años a explorar íntimamente el diseño, que la frustración se la eche en cara a su Santo de preferencia.

Educación, educación, educación

Dicho esto, decime un político que no se repose en sus grandes planes de educación para ganar una elección (este subtítulo es una cita de Mujica). Espero sentada…

2.

3.

No lo hay, y por una razón. La educación y la instrucción importan. En los ciclos serios de noticias no llaman a cualquiera que tenga 100.000 retweets a hablar de enfermedades, economía o política: llaman al experto (al menos por ahora). Tampoco me voy a poner a hacer “reader shaming” pero la realidad está a mi favor: no se aprende del aire o del scrolling, se aprende leyendo. Tampoco se aprende en profundidad solamente con los años o la experiencia—años cumplimos todos y claramente hay mucha gente adulta no muy inteligente—: se aprende estudiando. La escuela de la vida te puede dar muchas destrezas si, especialmente sociales y emocionales sobre cómo lidiar con lo que se te cruza en el camino y demás, pero creo que podemos estar de acuerdo en que no te enseña matemática cuántica, a operar a otro ser humano en un quirófano, o a calcular el peso de una viga para que no se te caiga la casa.

“Por qué debería ir a la escuela si no escuchan a los que estudian”.
Cartel de protestas del 2018

La culpa es nuestra

La culpa es nuestra de este deterioro cultural porque el estudio escasea, y el respeto al estudio también. No tiene protección. Hay personas que sacrifican literalmente décadas de su vida para especializarse y así recomendarnos mejor, cuidarnos mejor e incluso salvarnos la vida. Sin embargo, en el momento quizás más crítico de la existencia de nuestras generaciones nos rehusamos a escucharlos. No son muy populares en Twitter se ve, y si lo son, de todas formas son víctimas de cuestionamientos que van desde si existe la gravedad hasta si la tierra es redonda —atendeme por favor al pobre Dr. Fauci—. Cuando ya no te sorprende que alguien cuestione cuánto da 2+2, es porque realmente estamos arruinados.

Quién te dice, puede que los OCVIs (los Objetos Culturales Vagamente Identificados y en este especial de Peces fuera del agua puestos en atención) salven al mundo. ¿Por qué? Porque creo que va a requerir mucha creatividad para volver a mostrar cordura y respeto intelectual en esta humanidad. A algo le tengo que poner mi fe, así que, si me preguntan a mí qué hashtag dejar “trending” después de este texto es #GodSaveTheOcvis. Amén.

Para conocer más a la pez María Perrier, síguela en su Instagram @mariadcperrier y su blog, Yo No Soy de Acá.

El próximo martes espera una nueva entrada del especial de Peces.

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