Informarse en entornos digitales

Por Óscar Iván Pérez H.

Durante más de una década, me enteré de los hechos recientes que ocurrían en Colombia y el mundo principalmente a través de la prensa impresa. Entre semana, me levantaba temprano en la mañana, preparaba un café y me sentaba a leer El Espectador. Lo hacía de atrás para adelante, de las noticias que más me atraían a las que “debía” conocer, de las secciones de deportes, opinión y vivir a negocios, política y judicial. Lo mismo hacía los domingos con Semana, con paradas especiales en las secciones mundo, gente y vida moderna. También fui lector regular de Arcadia, una revista mensual con la que me mantenía al tanto de lo que pasaba en el mundo de las artes y la cultura. Leía con especial interés la columna de Antonio Caballero, Mil palabras por una imagen, ese experimento de escritura visual que siempre he querido emular, y los especiales que publicaban a propósito de la Feria Internacional del Libro de Bogotá y los libros más recomendados de cada año, que me movían a comprar nuevos títulos y a alargar la lista (siempre creciente) de lecturas pendientes.

El 17 de marzo pasado viajé a Montería con Ximena, mi hermana menor, a visitar a nuestros padres. La idea era quedarnos cinco días con ellos y volver a Bogotá. Estando allá, el Gobierno nacional anunció la entrada en vigor de un aislamiento preventivo obligatorio de dos semanas, para evitar que el coronavirus –detectado oficialmente en el país cerca de tres semanas antes– se esparciera por el territorio nacional. Ximena y yo decidimos pasar el aislamiento en Montería. “Dos semanas se pasan volando, aquí tenemos internet y además estamos acompañados”, nos dijimos. Al final, con las extensiones sucesivas a las restricciones a la movilidad, estuvimos cinco meses en el apartamento monteriano, aguantando calor húmedo e intenso y soñando con bañarnos en un mar al que nunca fuimos a pesar de tenerlo muy cerca.

Las medidas contra la pandemia alteraron mi consumo de noticias. Estando en Montería, no tenía acceso a los ejemplares impresos de El Espectador y Semana que llegaban a mi apartamento en Bogotá y el Grupo Semana decidió cerrar Arcadia, con el argumento de que la revista no era viable en términos financieros (ante la noticia, los editores de la revista afirmaron que las finanzas del medio estaban mejor que nunca, por lo cual se habló de censura y castigo por su línea editorial crítica con el gobierno, y Andrés Hoyos, el fundador de El Malpensante, lanzó un tuit celebrando que su revista era la única sobreviviente del periodismo cultural en Colombia, con lo cual evidenció lo mezquinos que podemos ser). Para colmo de males, durante el confinamiento mis suscripciones anuales a los medios terminaron y, con ellas, la posibilidad de tener acceso completo a sus notas por internet. Como no quise renovar las suscripciones, me quedé sin cómo estar al día acerca de lo que ocurría en el mundo. O eso creí, en un principio.

La alternativa más obvia era escuchar noticias por radio o ver noticieros en televisión. Pero ninguna de las dos opciones me atraía: nunca he sido fan de la radio, cuyos programas de noticias siento que se alargan demasiado y no siempre lo hacen con información valiosa, ni de los noticieros televisivos, en los que –al menos en Colombia– se privilegia el escándalo, el chisme y el crimen. Me parece que el periodismo impreso tiende a ser más depurado y balanceado que el radial y el televisivo. Resulta curioso que lo que se considera “noticia” cambie dependiendo del formato que uno consulte; que no sea algo “objetivo”, un hecho que cumpla ciertas características identificables, observables, sino aquello que da más audiencia y genera más eco. Cada modalidad de periodismo –escrito, televisivo, radial– tiene sus propias lógicas y seguidores. Yo soy seguidor del periodismo escrito. O lo era, hasta hace poco.

Descartadas la televisión y la radio, tuve que volcarme al periodismo en internet. Lo primero que hice fue activar de nuevo mi cuenta en Twitter, que había tratado de cultivar –sin éxito– en 2016. Recuerdo que, en ese entonces, me había parecido genial su diversidad de noticias, pero, como leía a diario la prensa, sentía que me estaba sobre informando: leía varías veces la misma noticia, con variaciones menores en datos y perspectivas, y lo hacía a lo largo de todo el día, en los huecos y tiempos muertos. Ahora era distinto: navegar la red social en distintos momentos del día se convirtió en una oportunidad, pues mi rutina mañanera había cambiado y liberado tiempo para otras cosas.

De la prensa escrita al periodismo digital

En Twitter, privilegio las cuentas de proyectos y organizaciones por sobre las de personas. Sigo buscando información, noticias calientes, hechos interesantes, crónicas literarias, antes que la polémica y el escándalo que tanto abunda en esta red social. También huyo de los opinólogos sin sustento y de quienes hablan de asuntos domésticos (las fotos de gatos y recetas encajan mejor en Instagram y Facebook). Como llegué tarde a Twitter, en 2020, cuando ya hay cuentas con miles e incluso millones de seguidores, soy más un observador pasivo (alguien que mira desde la barrera cómo el toro cornea al torero o el torero da la estocada final al toro o ambos –toro y torero– caen al tiempo) que un tuitero activo.

La búsqueda de cuentas institucionales en Twitter me llevó de los medios de comunicación tradicionales a medios más independientes, como Razón Pública, Vorágine y La Silla Vacía. Por mi trayectoria profesional, el primero, con su mezcla de academia y periodismo o, mejor aún, de academia escrita para informar a un público amplio y no especializado, me parece particularmente interesante. Artículos de tres o cuatro páginas con argumentos claros y suficiente evidencia de soporte, pero sin fórmulas matemáticas ni tecnicismos excesivos ni –afortunadamente– normas APA. Para quienes no los conozcan, Vorágine es un portal de periodismo de investigación que publica trabajos relacionados con vulneración de derechos humanos y corrupción y La Silla Vacía es un medio informativo e interactivo sobre la actualidad política colombiana.

La necesidad de informarme por internet también me permitió conocer la propuesta de medios de comunicación internacionales de los que había leído ocasionalmente algunas notas. En español y de libre acceso, resalto El País, de España, BBC Mundo, de Inglaterra, y The New York Times, de Estados Unidos (mi favorito). Debo aceptar que, antes del revolcón que los Gilinski le dieron al Grupo Semana, era defensor de sus productos; los consideraba –por lo general– interesantes, documentados y bien escritos. Lo mismo pensaba de El Espectador. Pero ahora que conozco mejor la oferta externa, reconozco que Semana y El Espectador a veces se quedan cortos en la profundidad de sus notas y la madurez de sus reporteros. Por lo que he escuchado, El Tiempo no se queda atrás (en 2016, Antonio Caballero contó una anécdota que le ocurrió con Roberto Pombo y que encierra de forma elocuente el debate sobre el “buen” y el “mal” periodismo. “Cuando Pombo llegó a ser editor general de El Tiempo, eso hace unos 15 años, le dije: Roberto, tiene que hacer algo con ese periódico, yo me demoro cinco minutos leyendo El Tiempo, en cambio con The Guardian me demoro dos horas. Y él me contestó: ‘Tienes que mejorar tu inglés’”. Aunque hay que reconocer la chispa de Pombo y la soberbia de Caballero, la historia no deja muy bien parado a El Tiempo, el diario de mayor circulación en Colombia).

Conocer el periodismo de calidad por fuera de Colombia no fue, sin embargo, mi mayor descubrimiento. El confinamiento –o la imposibilidad de verme con mis amigos, ir a cine, salir de fiesta, comer en restaurantes, viajar, caminar por el centro de la ciudad, etc.– me dejó, como a muchos de ustedes, tiempo libre. Mucho tiempo libre. Parte de estas horas muertas las dediqué a explorar un formato que, desde hace unos meses, me venía llamando la atención: los pódcast (o la mal llamada radio en internet). Dentro del universo de los pódcast –del cual hablaré en una próxima entrada en Peces–, el periodismo ocupa una posición privilegiada. De hecho, Radio Ambulante, quizás el pódcast en español más famoso dentro y fuera de las américas, es periodístico (cada episodio es una crónica que cuenta historias de América Latina y de su gente). Junto a él, se destacan El Hilo –una producción de Radio Ambulante Estudios que, por medio de entrevistas, profundiza en las noticias del continente americano– y, en el ámbito local, Presunto Podcast, un proyecto de análisis de medios que cuenta con la participación de periodistas independientes y premiados como Santiago Rivas, Jonathan Bock y Carlos Cortés, y Buceando en el naufragio, un proyecto de Sandra Borda y Daniel Poveda para conocer y analizar el mundo desde Colombia. Los pódcast periodísticos complementan formatos geniales como el video que, en Colombia, exploran La Pulla, de El Espectador, y Hola, soy Danny, de Daniel Samper Ospina. 

La cereza en el pastel que me dejó esta búsqueda fue un producto utilizado por los medios de comunicación –comerciales e independientes– para crear comunidad y socializar sus productos y servicios: los newsletters (o boletines informativos enviados de forma periódica a los correos electrónicos). Hay distintos tipos de boletines informativos: unos, como los de The New York Times y El País, solo promocionan información propia y presentan una selección de las noticias más relevantes (es el formato favorito de los medios que producen muchas notas a la semana); otros, como los de Radio Ambulante y El Hilo, envían información tanto propia –el episodio más reciente y lo último que ha pasado en el proyecto– como ajena, bajo el formato de recomendaciones y enlaces para profundizar las noticias publicadas en otros portales. Hoy en día, prefiero informarme por medio de estos boletines –pues tienen noticias seleccionadas, lo mejor de lo mejor, lo más relevante– que entrar a las páginas web de los medios y ahogarme en un mar de noticias, muchas de ellas prescindibles e intrascendentes. Los boletines me han parecido tan interesantes que incluso me atreví a elaborar una edición para Yo no soy de acá, el proyecto personal de la pez María Perrier, y en el cual hablé de cuatro OCVIs (Objetos Culturales Vagamente Identificados) –como los newsletters mismos– que me volaban la cabeza. Aquí se puede leer.

Pasar de informarme a través del periodismo impreso a estar al día a través del periodismo escrito, visual y sonoro en entornos digitales me ha traído beneficios inesperados: mayor diversidad en la información consumida (cada medio tiene su propio enfoque y predilección por formatos y temas), información de mayor calidad (consumo información de fuentes certificadas, así que se reduce el riesgo de consumo de las fake news que abundan en perfiles de Facebook y chats de WhatsApp), y superar el parroquialismo (los medios colombianos, incluso los de circulación nacional, privilegian la información local, aunque vivamos en un mundo globalizado e interconectado).

A nivel personal, la exploración de noticias en medios digitales me deja un interrogante abierto: ¿qué tanto debemos leer? O, desde otra perspectiva, ¿debemos saberlo todo? ¿Qué hacer con todo ese conocimiento acumulado que por lo general es inútil y estéril? Y, a nivel público, la exploración me genera cuestionamientos acerca de cómo se financian los medios de comunicación en la actualidad –antes pagaba suscripción a tres proyectos y hoy a ninguno, por ejemplo–. Es claro que la crisis de los medios está atravesada por los probelmas de financiación del periodismo en un mercado en el que compiten por publicidad y audiencias –y en condiciones desiguales– empresas grandes –a veces excesivamente grandes como Facebook y Google– y pequeñas.

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