Otros rumbos

Texto y foto por Óscar Iván Pérez H.

Lorica, Córdoba-Coveñas, Sucre

Como a muchos, la pandemia me desbarató los planes que tenía para los años siguientes. Viajes, estudio y trabajo se vinieron abajo. Pero el 2020 también me invitó a repensarme y a buscar un estilo de vida con el que me sintiera más satisfecho. En esta entrega –la tercera de la serie Vida nómada– cuento las circunstancias que desembocaron en el experimento que estoy realizando este año (y quizás el otro y el otro).

En el segundo semestre de 2019 tomé la decisión de no renovar el contrato anual de docencia e investigación que tenía con la Universidad Externado de Colombia. Lo hice con la idea de disponer del tiempo suficiente en los primeros meses de 2020 para presentar el examen internacional de inglés, elaborar el proyecto de tesis y aplicar en Europa a doctorados en Estudios para el Desarrollo. Ser doctor fue un sueño que nació en mí cuando cursaba el pregrado en Economía y que, bajo distintos argumentos, fui posponiendo año tras año hasta que llegó un momento en que no podía hacerlo más. “Es ahora o nunca”, me dije, pues ya tenía 34 años –un “viejo” para algunas universidades y becas internacionales– y las ganas de trasnochar y matarme estudiando iban en descenso.

Empecé el 2020 con menos energía y entusiasmo de lo que había imaginado. Me costaba sacar tiempo para estudiar inglés, madurar la propuesta de investigación y buscar universidades. Dedicaba una o dos horas diarias a la aplicación del doctorado, cuando sabía que debía invertirle cuatro o más horas. Los trámites para viajar a Europa en marzo tampoco avanzaban, así que antes de terminar febrero supe que no saldría de Colombia antes de mitad de año. La idea era viajar unos meses por distintos países de Europa y aplicar desde allá a los programas que me interesaban. Entre tanto, la lectura de literatura, la exploración del periodismo y la escucha de podcasts iban a toda marcha, sobre todo ahora que, con tan solo unas pocas horas de clase por dictar y un par de trabajos de grado por asesorar, contaba con mucho tiempo libre. Había una pregunta incómoda que me acosaba cada tanto y a la que, con la misma frecuencia, le hacía el quite: “¿Por qué puedo dedicar tanto tiempo a la literatura, el periodismo y los podcasts y tan poco a la aplicación a las universidades?”.

En medio de este estancamiento predoctoral, ya en marzo, la OMS decretó el estado de pandemia, el covid-19 llegó a Colombia y poco después empezó el primer confinamiento obligatorio. Al comienzo, imaginé que el coronavirus retrasaría mis planes, si acaso, un par de semanas o meses. Pero pronto, con la renovación sucesiva de los confinamientos, entendí que el covid-19 había llegado para quedarse. En ese momento, por primera vez, sentí que quizás me había equivocado al renunciar a la Universidad; justo cuando Colombia y el mundo cerraban sus fronteras, la movilidad se restringía y la economía se congelaba, había renunciado a un contrato de trabajo estable y relativamente bien remunerado que tenía desde hacía cinco años. Ahora tenía que rebuscar qué hacer para financiar un impensado 2020 en Colombia.    

Afortunadamente, el trabajo llegó en junio. Conseguí dos contratos cortos –uno después del otro– en entidades públicas en las que pude sacar provecho de mi experiencia en investigación. Además de resolver el asunto financiero, los proyectos en los que trabajé me ayudaron a confirmar tres cosas que venía pensando desde hacía un tiempo: uno, el trabajo remoto es una excelente opción para personas que, como yo, realizamos una labor intelectual que requiere interacciones esporádicas con otros (ambos trabajos, consistentes en revisión de textos, participación en reuniones, realización de entrevistas y elaboración de informes, los hice 100% desde casa); dos, en este momento de mi vida ya no estoy dispuesto a asumir trabajos que me demanden más de 40 horas semanales ni que eleven los niveles de estrés y ansiedad más allá de lo que puedo manejar. Ya no estoy dispuesto a vender en exceso mi tiempo y tranquilidad por dinero o prestigio; y tres, ¡qué bien se sentía trabajar por fuera de la academia! El trabajo remoto y de tiempo digno –me dije– deberían estar presentes en lo que hiciera más adelante.

A la par de estas experiencias y reflexiones, pude ver con claridad algo que estaba latente en mí: la docencia y la investigación como trabajo de tiempo completo ya no me llenaba. Ya no sentía la motivación de antes por volver a dictar la clase de siempre a una nueva promoción de estudiantes, ni por acompañar durante año y medio procesos de investigación que no siempre eran gratificantes, ni por escribir (ni mucho menos leer) textos con estructuras fijas, lenguaje técnico y exceso de citas. Salir de la Universidad y ver el asunto en perspectiva me permitió, en últimas, entender que ser docente, investigador académico y doctor era el sueño de una persona que fui pero que ya no era y que, si quería sentirme satisfecho con lo que hacía, debía actualizar mis metas personales y explorar otros rumbos. Unos desconocidos por mí y alejados de la academia, unos que me permitieran dedicarme a lo que realmente disfrutaba en este momento de la vida: viajes, fotografía, periodismo, podcasts, cine, literatura. Precisamente aquello en lo que pensaba mientras intentaba aplicar al doctorado. En ese momento comprendí que, inconscientemente, había renunciado a la Universidad para alejarme de la academia y no para aplicar al doctorado.

Luego de meditar el asunto durante unas semanas, en soledad y con otros, ya por octubre o noviembre, decidí hacer una apuesta de “todo o nada”: en 2021 viviría una vida nómada por Colombia. Eso significaba que no tendría un lugar fijo de residencia y que me movería permanentemente por distintos municipios del país. En principio, si no encontraba cómo generar ingresos suficientes, estaba dispuesto a financiar hasta un año de nomadismo con los ahorros que había hecho para el doctorado. Los cálculos que hice mostraban que, recorriendo regiones baratas y viajando de manera austera, podría gastar incluso menos dinero por mes del que necesitaba para vivir en Bogotá (y, ahora que estoy en la ruta, he comprobado que es cierto). Así que, con el dinero que gastaba en arriendo, administración y servicios públicos, pagaría el alojamiento, y con la plata con que comía y bebía en un lado, comería y bebería en el otro. 

La austeridad era un aspecto importante en la vida nómada que decidí llevar. Como empezaría a viajar con ahorros y no sabía cuánto tiempo podría estar así, consideré que lo más conveniente, para hacer rendir el dinero y darme tranquilidad mental, era viajar barato, aunque con comodidad y seguridad. Me permitiría, entonces, cuartos privados en hoteles económicos y comida en restaurantes sin mucho glamour. Desde luego, de vez en cuando podría dormir en hoteles de mayor presupuesto y comer en sitios gourmet, sobre todo si estaba viajando o compartiendo con otros.

Más que de austeridad, quizás debería hablar de minimalismo, pues no solo buscaría viajar barato sino que también optaría por un estilo de vida sin muchas exigencias materiales y con suficiente tiempo para dedicarme a mí mismo (el único “lujo” material que me estoy dando hoy en día es el equipo tecnológico necesario para producir contenido audiovisual de calidad). Bajar las expectativas de gastos mensuales me permitiría optar por un trabajo de tiempo parcial que, aunque me generara menos dinero, me daría la oportunidad de conocer y disfrutar los destinos que visitara. No haría mucho con moverme por Colombia –pensé–, si estuviera todo el tiempo frente al computador trabajando. También me parecía importante tener tiempo para estudiar periodismo por mi cuenta, una disciplina por la que me he apasionado en los últimos años y en la que quisiera trabajar. 

Decidí comenzar por Colombia este nuevo estilo de vida, en vez de hacerlo en otro país o región, porque me pareció que era lo más sensato en estos momentos de incertidumbre económica y salubre. Viajar por mi país me podría permitir –pensé– conseguir algún trabajo a través de personas o entidades conocidas (la búsqueda de empleo remoto la focalizaría en tres campos: consultorías, talleres y trabajos como freelance); acceder a atención médica y acompañamiento familiar en caso de contagiarme de covid-19 (sentía algo de miedo de caer enfermo en un país ajeno y en medio de extraños); y tolerar de una mejor forma el hecho de que viajar en medio de la pandemia impide disfrutar plenamente los destinos visitados (al menos no pagaría tiquetes internacionales, ni hoteles, ni restaurantes para estar encerrado en un cuarto en Barcelona, París o Ámsterdam ni tendría que privarme de ir a la Sagrada Familia, el Arco del Triunfo o el Museo van Gogh).

Con el acto simbólico de entregar el apartamento en el que vivía y dejar atrás la vida que fue, el primero de febrero de 2021 comencé la vida nómada.

Río Magdalena a la altura de El Banco, Magdalena.

Lee Volver a la vida sencilla y Dejar atrás, los dos primeros posts de la serie Vida nómada de Óscar Iván Pérez H.

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