Dejar atrás

Texto y fotos por Óscar Iván Pérez H.

Santa Marta-Minca, Colombia

Hoy veré por última vez el sol salir entre los cerros que se alzan al frente del inmenso ventanal que tiene el apartamento; leeré por última vez las noticias recostado en el sofá de la sala; prepararé el último café negro en la estufa eléctrica que debo poner a calentar antes para no esperar eternamente; transitaré por última vez las escaleras que unen los dos pisos del dúplex; tomaré el último baño bajo el chorro débil de la ducha. Todo lo que haga esta mañana lo haré por última vez en este piso.

En un par de horas llegarán las personas de la empresa de trasteo para cargar el camión y llevar mis pertenencias al apartamento que mi papá acaba de abrir en Mosquera. Salvo el mobiliario del estudio, el cuarto y la cocina, todos los enseres permanecerán empacados a la espera de que yo vuelva por ellos en un futuro incierto. Pilas de bolsas negras y cajas selladas se amontonan desordenadamente junto a la puerta de entrada.

Algo se desgarra en mí al ver las paredes blancas con manchas geométricas y puntillas expuestas, en vez de cuadros y fotos con recuerdos vivos de los viajes realizados; los estantes de la biblioteca vacíos y los libros presos en cajas con rótulos genéricos como “Historia”, “Fotografía” o “Periodismo”; el escritorio de madera que me acompaña desde que estudiaba en la universidad, ahora sin libros, ni cuadernos, ni esferos, ni resaltadores, ni el portátil encima. El lugar que antes me acogía, hoy me expulsa. 

Pospuse el trasteo lo que más pude. Quería levantarme en las mañanas y ver el apartamento luciendo de la misma forma en que lo hizo, con ligeros cambios, durante los casi seis años que lo habité. Con la inmobiliaria acordé que hoy, primero de febrero de 2021, sacaré mis cosas y mañana martes les haré la entrega oficial del inmueble. Myriam, quien se ha encargado del aseo del apartamento desde el momento mismo en que llegué aquí, me ayudó a desmontar y empacar las cosas el jueves y sábado pasados. Ella se ocupó de la cocina y el cuarto; yo de la biblioteca.

Quizás lo que más vaya a extrañar de lo que tengo sea precisamente la biblioteca que empecé a construir cuando estaba haciendo el pregrado. Me gusta –como dice mi mamá– “manosear los libros”, es decir, cogerlos, hojearlos, cambiarlos de lugar, pasar revista a los libros que tengo y a los que me faltan. También me gusta sacar ejemplares ya leídos y revisar las frases que he resaltado en verde y las notas que he escrito en los márgenes con esfero negro, así como tomar libros que no he leído y recorrer frases y párrafos al azar que disparan el antojo por devorarlos pronto y aumentan la angustia generada por el listado creciente de libros por leer.

Las bibliotecas son radiografías de los intereses intelectuales de quienes las poseen. Hoy, la biblioteca revela mi formación de base –economista–, pues calculo que una tercera parte de mis cerca de 800 libros le pertenecen. La biblioteca también muestra las áreas en las que he trabajado como docente o investigador –conflicto armado, sostenibilidad, metodología– y las que he ido cultivando en los años recientes –fotografía, periodismo, viajes–. La literatura ha estado conmigo desde que me inicié como lector en el bachillerato, aunque últimamente la lectura de textos de no ficción le ha robado tiempo y espacio a la de ficción.

Los tres trabajadores encargados del trasteo ya están llevando las cosas al camión. Han empezado por bajar las cajas de la cocina y después seguirán con los libros. Llegaron más de una hora tarde con tapabocas y trajes de protección que cubren todo su cuerpo. Alcancé a pensar que no vendrían, pues no avisaron que no veían a tiempo ni contestaron mis llamadas. La administradora del edificio les ha dicho que pueden usar el ascensor para subir los siete pisos que se eleva el apartamento, pero que deben bajar el trasteo por las escaleras. “Son restricciones tomadas en respuesta al coronavirus”, ha dicho. En realidad, aún sin pandemia, ella hubiera ordenado lo mismo: nunca se ha caracterizado por su amabilidad.

“¿Qué llevar en el viaje?” ha sido una de las preguntas que me acosan desde que formalicé la decisión de empezar la vida nómada, el 31 de diciembre pasado, con un correo electrónico enviado a la inmobiliaria. De tener espacio suficiente en este apartamento para albergar todo lo que quería pasaré a tener un espacio bastante limitado de carga: una mochila grande en la espalda y un morral mediano en el pecho.

Sin haber iniciado el viaje, el morral ya está ocupado: allí irá todo lo de valor, que es, en últimas, la tecnología con que me moveré por Colombia: cámara, lentes, dron, celular, grabadora de voz, computador, cargadores. Hace diez años, cuando me convertí en viajero, andaba solo con una cámara compacta y un iPod. La tecnología, que antes necesitaba un solo bolsillo, ahora requiere una maleta entera. Una maleta además pesada y demandante, pues te esclaviza y estresa. Como el reloj de Cortázar, la maleta de tecnología no te pertenece: tú le perteneces a ella.   

El dilema con la mochila de la espalda es doble: qué llevar es tan importante como qué no llevar. Todo lo que necesito debe estar en la mochila y nada que no necesite debe estar ahí. Debo ser práctico y eficiente. Los libros físicos los sustituiré –con dolor– por un Kindle que compré hace meses y que nunca he usado regularmente. Para caminar, llevaré unos tenis, unas botas de montaña y unas sandalias. No tengo claro cuántas camisas, camisetas, medias e interiores debería llevar. ¿Deben ser suficientes para una semana o para diez días? Los blogueros de viaje recomiendan llevar cantidades de cada uno que no lleguen a los dos dígitos. Además, debería llevar la bolsa de aseo y el botiquín. ¿Vale la pena llevar almohada de viaje y bolsa de dormir? Tampoco lo sé.

El primer piso del apartamento ha quedado prácticamente vacío. Ya no hay cajas ni bolsas. Solo quedan el mueble de la biblioteca y el escritorio. Los trabajadores están bajando en este momento lo que tenía en el segundo piso: la cama y el mueble del televisor. El televisor lo venderé y el teatro en casa lo conservaré. Hace unos días averigüé cuánto ofrecen por el reproductor de video y me sorprendió la respuesta que me dieron en algunas compraventas: “No estamos interesados en él”. Deduzco que las plataformas de streaming –Netflix, Amazon Prime, Disney + y demás– están acabando con el negocio legal e ilegal de películas en DVD.

Cerrar el apartamento para iniciar una vida nómada me ha llevado a cuestionarme cuántas cosas necesito realmente para vivir “bien”. En estos días he botado una cantidad impresionante de papeles y objetos inútiles que he guardado por años y que ni siquiera sabía que aún conservaba. También he regalado algunas cosas que tenía en exceso, como CDs de música, películas en DVD, camisas, camisetas, pantalones y zapatos. No haberlos usado en meses o incluso en años es prueba suficiente de que no los necesito. Que son redundantes. Que yo ya no debo ser su dueño. Que alguien más le puede dar un mejor uso.

Con los libros siento que el asunto es diferente, aunque soy consciente de que me puede estar engañando a mí mismo para evitar salir de ellos. Si sigo el criterio del uso regular, claramente muchos libros sobran: no los he leído ni “manoseado” en años. Pero, me pregunto, ¿la consulta continua es el único uso de los libros? En mi caso, los libros son también objetos decorativos de la sala, el escritorio y las escaleras, además de memoria de mi recorrido intelectual y, en ese sentido, registro de los Óscar que he sido –y anticipación de algunos de los que seré–. Desprenderme de ellos sería como borrar, de tajo –por ejemplo–, la memoria del Óscar apasionado por la historia del pensamiento económico que vivió durante los años del pregrado, la maestría y el inicio laboral. Hoy me arrepiento de haber regalado, cuando estaba en el último año del bachillerato y porque sentí que ya había “crecido”, la colección de libros de terror de Escalofríos. Con ello, eliminé la memoria física de mi primera faceta de lector autónomo.     

En dos horas largas los trabajadores han bajado todo el trasteo. Al final, también usaron el ascensor para cargar las cosas y han dañado uno de sus botones. El mueble de la biblioteca les iba mamando gallo. Pensé que bajaría por las escaleras con facilidad, pero no fue así. Los rayones en los costados lo evidencian. “En el próximo trasteo debo desarmar la biblioteca”, dice la nota mental que escribo.

La tristeza y la nostalgia profunda que he sentido estos últimos días –y que no vi venir antes– se alimenta no solo de la entrega del apartamento en que viví experiencias maravillosas y también lamentables, sino del hecho de que no estoy realmente en medio de un trasteo. No me iré de aquí a otra residencia fija. No cambiaré un apartamento por otro. No: pasaré de tener un espacio “propio” –aunque alquilado– a no tener alguno. A carecer de un lugar al cual llamar “hogar”. De hecho, no solo estoy entregando un apartamento, sino cerrando una etapa de vida que había pensado que duraría por siempre. Dejé el trabajo estable y rutinario de la academia por una vida incierta y cambiante como nómada digital. La idea me emociona y angustia por igual.

El apartamento ya está completamente vacío. La gente del trasteo me espera abajo para iniciar el viaje a Mosquera. Doy una ronda final por el piso de arriba y el de abajo para verificar que nada se quede. Solo las marcas en las paredes evidencian, como cicatrices, que yo habité este lugar. Sin embargo, en cuestión de días, la pintura borrará el rastro de mi paso por aquí. Pero no podrá eliminar la memoria que queda plasmada en este texto ni mucho menos la que vive en mí.  

Lee Volver a la vida sencilla, el primer post de la serie Vida nómada de Óscar Iván Pérez H.

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