El Capitán Veneno

Por Camilo Fernández Vergara

El “Capitán Veneno” y su máquina “leco” de fumigación protagonizaron algunas experiencias hermosas en mi vida. Recuerdo dos viajes, de aproximadamente 15 días cada uno, que realicé con él como aprendiz de fumigador en dos ocasiones distintas, cuando aún era un adolescente de colegio entre los años 1999 y 2001: el primer viaje fue a Guayabal y a una vereda bastante pobre y escondidísima llamada Arbeláez que quedaba a una hora y media de ruta por montaña desde Guayabal; el otro viaje fue a Flandes y aledaños, en donde nos tocó alojarnos durante varias noches en un motel que no era de los moteles de Estados Unidos sino de los de Colombia, mejor dicho, de los moteles de Flandes – Tolima.

En esos viajes aprendí no solo a fumigar contra el “dengue clásico y hemorrágico”, cómo decía una y otra vez la grabación de la camioneta Chevrolet o Mazda con platón en la que íbamos a medida que avanzaba por cada barrio de esos pueblos, sino que también aprendí cómo vive la gente en algunas de esas zonas del norte del Tolima, con mucha pobreza y mucho calor. Tal vez el calor a veces hace que uno exagere las observaciones etnocéntricas que a primera vista hace a las viviendas en zonas rurales hechas de bahareque, pero lo cierto era que allí no contaban con servicio de acueducto, los perros estaban cundidos de garrapatas y eso me carcomía la sensibilidad, no se apreciaba la higiene suficiente en los niños ni se veía que fueran a estudiar, y el sustento diario venía del jornal que tampoco realizaban diariamente.

Primero hacíamos una ronda en la camioneta por los barrios programados para ese día con la máquina apagada instalada en el platón de la camioneta. Mientras tanto, yo le avisaba a la gente que íbamos a pasar fumigando con la máquina “leco” y que debían abrir las ventanas y las puertas de las casas para eliminar los mosquitos, por medio de un megáfono que también estaba instalado en el vehículo, pero encima de la cabina. Álvaro, más conocido como el Capi o Capitán Veneno, me decía que solamente había dos de esas máquinas en el Tolima y que costaba como 60 millones de pesos. Luego, empezaba la ronda de fumigación y tocaba dejar de hablar por el megáfono y poner una grabación que decía una y otra vez lo mismo: “La alcaldía de Guayabal informa que estamos fumigando contra el dengue clásico y hemorrágico, por favor abran sus puertas y ventanas, tapen todas las frutas y alimentos, cubran su nariz y boca, saquen los bebés, niños y mascotas fuera de la casa. Este es un mensaje de la alcaldía de Guayabal”. 

Me tomó poco tiempo entrar en confianza y aprendí a disfrutar ese trabajo. Lo tomé como una oportunidad para explorar la vida de la gente en los pueblos de mi departamento; me encantaba observar cómo hablaban, cómo se vestían, qué música escuchaban, en qué trabajaban, en una palabra, su idiosincrasia. Lo increíble para mí era que al mismo tiempo ganaba dinero gracias al Capitán Veneno, quien era el jocoso esposo de una de mis tías.

El Capitán Veneno hablaba rápido y a veces hasta enredado, era entrador, empático, entusiasta y soñador. Algo que me llamaba poderosamente la atención de él era su iniciativa, pues era un emprendedor innato. Los emprendedores en esencia no son profesores que te expliquen cosas, no son artistas que te conmueven con su arte, no son científicos que amplíen las fronteras del conocimiento. Los emprendedores simplemente hacen, sueñan cosas y ponen toda la carne en el asador para lograrlas. Es cierto que todos tenemos un poco de todo, somos una mezcla de muchas cosas, pero esa esencia estaba muy marcada en él. Álvaro era un ser al que no le faltaba visión, tal vez sí estructura y formación para ejecutar bien lo que imaginaba cuando miraba al horizonte en una conversación y describía lo que se pensaba, pero, como se dice popularmente, “las personas no nos las sabemos todas” y hasta aprender a conocerse a uno mismo y lo que se necesita de otros para alcanzar ciertos objetivos, toma tiempo de vida. A algunos más que a otros.

Después de fumigar con la máquina leco, hacíamos ronda a pie a las casas de difícil acceso en la camioneta para fumigar con “cacorros” y dejar unos pececitos en las albercas de las casas para que se comieran las larvas del zancudo que transmite el “dengue clásico y hemorrágico”. El Capitán Veneno llamaba con frecuencia a Toloncho, su trabajador de confianza, para ver cómo íbamos, y para ponerlo al tanto de si tenía que ir a la alcaldía a realizar alguna gestión.

A los tres o cuatro días de iniciar el primer trabajo, el Capitán Veneno vino para supervisarnos, y llegó en el Mazda 6 gris que había comprado hace poco (una nave para la época). Venía con Carlos, su conductor con chivera. Fue solamente hasta ese momento en que mi cerebro por fin hizo clic y pude empezar a sacar mis propias conclusiones sobre de dónde había salido lo de “Capitán” (¡Álvaro tenía conductor!) y lo de “Veneno” (¡su poderosa arma leco de 60 millones!).

En esos pueblos había gente muy agradecida, como efectivamente la hay en la vida, pero también había gente “quejona” por una cosa o por la otra: porque no habíamos avisado la fumigación con suficiente anticipación, o porque dizque eso no servía para nada, etc. Con el tiempo aprendí que algunos de ellos tenían intereses políticos que motivaban sus quejas, habían perdido la licitación o algo por el estilo y uno los podía ver constantemente en la alcaldía “lagarteando”.

En aquella época adolescente, pensaba ingenuamente que la vida era en blanco y negro, de buenos y malos, pero pude, gracias a esas observaciones y experiencias que me dio el Capitán Veneno, empezar a apreciar que hay intereses de todo tipo, de todos los talantes, y zonas muy grises en la realidad social e individual del ser humano que hacen la vida más compleja de lo que uno pensaba ingenuamente. Para nosotros, el equipo que fumigaba (Miller, Toloncho y otro señor acuerpado, moreno, muy buena gente de quien no recuerdo su nombre, pero sí su cara de nobleza y humildad), la mejor recompensa al finalizar el día era llegar al hotel del pueblo donde nos quedábamos y meternos en la piscina hasta tarde. El día terminaba después de comer, ver tv, leer un poco y dormir con un buen ventilador.

Después de los dos viajes, Álvaro me citaba en su oficina con vista al Combeima de la carrera primera en Ibagué, para que su asistente me pagara más de 250.000 pesos, con los cuales podía ir a Bogotá y comprarme unos tenis en San Andresito y algo de ropa. ¡Me sentía muy bien pago! Álvaro me preguntó en ambas ocasiones qué iba a hacer con la plata, y yo simplemente le dije que iba a comprar ropa y le tomaba una foto mental al cheque que había recibido para irme pensando en él en la buseta número 41, número 1 o número 9 de regreso a Arkalena, el barrio donde vivía. Me imaginaba comprando unos tenis de moda skater de esa época, unos pantalones anchos y alguna que otra prenda que reforzara mi(s) identidad(es) de adolescente mutante.

Con el tiempo, Álvaro y yo empezamos a compartir otras facetas de la vida, como este día de karaoke y alegría que quedó registrado en fotografías familiares. Ese día nos reunimos en la casa de Juanis, mi primita querida, y cantamos canciones para todos los gustos, los de él y los de todos. Recuerdo que bailamos reggaetón mientras cantábamos canciones como travesuras de Nicky Jam y mi siempre favorita danza kuduro. Comimos ceviche peruano que había preparado Jaime, el esposo de Juanis, nos tomamos unos tragos en familia, no podían faltar nunca en sus reuniones, llamamos al primo Lucho en USA para cantarle y el Capi hacía sus gestos, mímicas y coreografías de siempre (en la primera foto se aprecia una de ellas), nos abrazamos y nos hacíamos los melancólicos cantando canciones románticas junto con el tío Roberto, quien también lo amó profundamente, así como todo el resto de la familia por su carisma y picardía.

Hoy que falleciste vuelvo a ser consciente una vez más de que la muerte es el mejor invento del mundo para mantenernos despiertos viviendo la vida de verdad. ¡Gracias Capitán Veneno por tu máquina leco, por regalar maravillosas experiencias y por ser un ejemplo de emprendedor!

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