Viajar distinto

Texto y fotos por Óscar Iván Pérez H. / Instagram: @oscarivanperezh.

Santa Marta-Ciénaga, Magdalena

El turismo invita a sumar sellos de inmigración en los pasaportes, a acumular selfies en lugares icónicos, a vivir “las 10 mejores experiencias” de cada destino, a viajar, en fin, siguiendo un manual que otros han escrito para uno. Para nosotros. Para todos. Viajar distinto es encontrar un estilo propio de andar por el mundo, uno que se ajuste a lo que cada uno es y le apasiona. En este post te cuento cómo estoy viajando por Colombia en la Vida nómada.

Viajar lento

Viajar es como leer un libro. Se puede hacer rápido o lento. De corrido o con pausas. Volviendo a lo que más nos gustó o incluso saltando lo que no nos interesa. Enfrentando retos cortos o largos. En soledad o en compañía. Cada viajero es un lector con hábitos y costumbres propias que lee –y experimenta– el libro del mundo. De la vida. De la naturaleza y la humanidad.

En mi viaje de iniciación por Sudamérica viajé como un lector voraz. Fue como leer un libro de mil páginas a toda velocidad, de un tirón, sin tiempo suficiente para entenderlo, saborearlo o repasar sus frases, mapas e ilustraciones. Lo hice con la ansiedad de quien se enfrenta por primera vez a lo desconocido, la energía de la juventud temprana y la premura que impone la escasez. En solo 100 días de 2011 recorrí territorios de siete países: Brasil, Paraguay, Uruguay, Argentina, Chile, Perú y Bolivia. Dos semanas por país, aunque a algunos les dediqué un mes y a otros una semana. La emoción por lo vivido era casi tan profunda como el sinsabor que sentía por dejar atrás aquello que empezaba a amar y el cansancio acumulado por caminar tantas horas al día y dormir tan pocas en las noches.        

En esta vida nómada por Colombia estoy viajando como un lector moderado. He cambiado el libro de mil páginas por uno de ciento ochenta que además tiene letra y márgenes grandes. Leo un par de capítulos por semana. Algunos días no leo ni una sola página. Ahora viajo como un lector que raya y anota en las márgenes, que relee lo que más le gusta y se salta lo que le aburre, que a veces lee en silencio, para sí mismo, y otras en voz alta, para otros. En los más de 200 días de este viaje he recorrido principalmente la costa Caribe y me he concentrado en territorios de dos departamentos: Córdoba y Magdalena. Cundinamarca, Tolima, Sucre, Bolívar y Atlántico apenas los visité. Fue como leer sus títulos y subtítulos, revisar aleatoriamente frases de distintos párrafos y pasar al capítulo siguiente. Estoy viajando sin agotar el destino. Dejo razones y excusas y pendientes para volver a él. Ahora recargo la energía suficiente para seguir avanzando y me voy de un lugar cuando ya no quiero estar más en él. Ando sin prisas innecesarias. Intento viajar más pausado. Estar más presente. Disfrutar más. Sentir. Vivir.  

Epicentros de la vida nómada por Colombia
Lugares visitados en la Costa Caribe

Viajar cerca

En mi primera etapa de viajero preferí los países extranjeros en vez del propio. Las vacaciones largas las pasé en Centroamérica, Norteamérica o Asia Oriental. Viví un poco más de un año en Australia y, antes de volver a Colombia, recorrí el Sudeste Asiático. Tenía sed de mundo. Quería dejar de ser tan local. Me dejé llevar por lo exótico. Subvaloré lo que tenía al frente. Fui como esos lectores que solo leen literatura francesa, anglosajona o japonesa y lo hacen, en lo posible, en el idioma original. Lectores exquisitos que no saben disfrutar los autores que comparten su lengua y su cultura.

Fueron los extranjeros quienes me hicieron caer en la cuenta de que el país en el que nací es maravilloso. Estando en diferentes viajes por fuera, entre 2011 y 2017, encontré dos versiones acerca de Colombia: una de temor y otra de amor. La primera era de quienes no habían venido al país y tenían en la cabeza los estereotipos oscuros y simplificadores que la prensa había socializado; la segunda era la versión de quienes ya habían visitado o vivido aquí. “Colombia is my favorite country in South America” (Colombia es mi país favorito en Sudamérica), me dijeron algunas veces. Al principio me sorprendió esta mirada –quizás porque era demasiado consciente de nuestras carencias y no de nuestras virtudes–, pero después los entendí perfectamente.

¿Colombia es un país más genial para viajar que Brasil, Argentina o Perú? No lo sé. La respuesta siempre será debatible y variará entre personas. Lo cierto es que Colombia, se le mire por donde se le mire, es maravillosa y ofrece una síntesis del continente. Tenemos todo lo que un viajero puede desear: ríos y montañas, sol y mar, bosques y desiertos, playas en dos costas, diversidad en flora y fauna, ciudades modernas y pueblos antiguos, comida rica y gente hospitalaria. Colombia es un micro universo del viaje. Es como una enciclopedia compacta del viaje a cuya lectura me he entregado –cuando he tenido tiempo– desde enero de 2017, fecha en que volví de mi último viaje al exterior (estoy seguro de que esta admiración que siento por Colombia toda persona la puede tener por el país en donde nació o creció. Los viajes me han enseñado que todo territorio tiene su encanto. Depende de nosotros aprender a apreciarlo y disfrutarlo).

En esta vida nómada me he propuesto recorrer Colombia región por región. Todavía no termino la primera y tampoco tengo que visitarlas todas de una vez (quizá nunca lo haga). Colombia es un libro que leo por partes. Un libro que se puede disfrutar en el orden en que uno quiera. Me muevo por lo general por tierra entre destinos que quedan a unas pocas horas de viaje. Vuelo solo cuando los trayectos son de más de 12 horas en bus. Invento cualquier excusa para montar en canoa, lancha, bicitaxi o motocarro. Trato de visitar los destinos “imprescindibles” –como el parque Tayrona, Ciudad Perdida y Minca–, pero también me gusta “descubrir” lugares que están por fuera de la ruta turística, como Murillo, Cotocá Arriba y Rincón del Mar. Allí es donde suelo sentirme más feliz y más viajero.

Monumento en honor a María Varilla, Montería (Córdoba)

Viajar abierto

Las guías para mochileros de Lonely Planet –la editorial de viajes más conocida en el mundo– orientaron mis primeras andanzas. En las publicaciones buscaba respuestas a las preguntas logísticas a las que se enfrenta un viajero: a dónde ir, qué hacer, cómo llegar, cuánto cuesta, en dónde dormir, etc. Con sus ejemplares voluminosos viajé por Sudamérica, en 2011, y por el Sudeste Asiático, en 2013, unos años en los que no abundaban los blogs de viaje ni era común viajar por el extranjero con un smartphone con acceso a internet. En sus páginas en blanco y negro primero y a color después marqué los lugares a los que quería ir y, una vez recorridos, los subrayé. Era un coleccionista de lugares, monumentos y experiencias “infaltables”. Viajar era como recorrer en campo las páginas de un libro escrito por otros. Dar vida a las palabras. Vivirlas en carne propia.

Ni antes ni ahora me ha gustado viajar con itinerarios completos. No acostumbro a reservar con anticipación habitaciones en hoteles ni a comprar previamente tiquetes de transportes para recorrer el interior de los países. Me gusta partir solo con la compra del tiquete de ida y con una idea vaga de los sitios que quiero visitar. Nunca con un plan acabado. Ya en terreno, consultando al staff de los sitios en donde me hospedaba y hablando con viajeros y locales que conocí en el camino, defino el trayecto definitivo y lo que quiero hacer en cada destino. Así he viajado estando solo o acompañado.

Disfruto diseñar las rutas de viaje. Lo asumo como uno de esos juegos en los que debemos unir los puntos marcados en un papel sin levantar el lápiz ni repetir el trazado. Fallar en el reto implica más horas de viaje y más plata gastada en transporte, algo que no quieres que pase cuando tienes pocos días para recorrer un lugar y un presupuesto ajustado. El juego de optimización se complica cuando tienes que agregar o eliminar puntos –destinos– del trazado original. Suele ocurrir que viajeros te digan que aquel lugar sobre el que leíste historias increíbles no es tal cosa o que un sitio del que nunca oíste hablar resulte ser un destino especial al que decides ir. Nunca podrás planear un viaje desde casa con información completa, ya que los destinos nacen, crecen y mueren. Se transforman y mutan. Todo está en permanente cambio. Sobre todo nosotros. Afortunadamente, las guías de viaje siempre serán incompletas y desactualizadas, así que habrá margen para alguna sorpresa que surja en el camino.

La vida nómada ha traído algo que nunca antes tuve al viajar: tiempo indeterminado. Mis viajes de antes tenían fechas de inicio y de regreso más o menos fijas e inamovibles. Por lo general viajaba en vacaciones de Semana Santa y de fin de año. Ahora, como nómada digital, viajo cuando quiero sin importar qué día es o en qué mes estamos. El calendario laboral ya no me limita. Quizás por eso he descuidado el trazado de la ruta al ir y volver más de una vez a algunos destinos, como Montería, Santa Marta y Minca.

El tiempo indeterminado es, sin embargo, un sofisma de tiempo infinito. Una ilusión pura: los días que pase de más en un lugar son, en últimas, días de menos para el resto del mundo. El tiempo es limitado. Toda decisión implica la renuncia a sus opciones contrarias. Lo mismo ocurre al leer un libro: sacrificamos la lectura de los otros que han sido publicados.

El viaje de manual en el exterior –de coleccionista de lugares, monumentos y experiencias dictadas por otros– lo he modificado por un viaje en Colombia orientado hacia el encuentro con la gente (me gusta encontrarme con personas que conozco en los lugares que visito o incluso visitar lugares en donde conozco gente), la fotografía (la búsqueda de ambientes y experiencias fotogénicas me mueve como pocas cosas) y la naturaleza (una de mis pasiones más recientes y arraigadas). Me mueve sobre todo la inmersión en la naturaleza. La flora y la fauna. La vida en su estado puro. Original.

Rincón del Mar, Sucre

Viajar por la naturaleza

A los viajes le debo el despertar de mi interés por la naturaleza. No salí siendo el mismo después de escuchar el rugido de las Cataratas de Iguazú, observar el horizonte infinito del Salar de Uyuni, flotar en las lagunas de sal del desierto de San Pedro de Atacama o navegar en barco por las aguas del Río Amazonas, por mencionar algunas de las maravillas que visité en mi viaje iniciático. Antes de convertirme en viajero era un citadino cuyo espíritu y sentidos no eran estimulados por la vida natural, sino por las creaciones de la humanidad, sobre todo las artes, las humanidades y las ciencias sociales. La fotografía y el cine documental han reforzado este proceso al enseñarme a observar y apreciar las formas, texturas, combinaciones de colores y diversidad que existe en la naturaleza. Me han enseñado a leer, si se quiere, el libro verde.

Los meses de encierro que provocó la pandemia agudizaron mi deseo de salir de las ciudades y buscar ambientes naturales. Estando encerrado en el apartamento en donde vivía en Bogotá veía al frente los Cerros Orientales y me imaginaba caminando por sus páramos proveedores de vida, tocando sus frailejones suculentos y observando sus aves volar en libertad. Disfruto especialmente estar en las montañas, los ríos y los ecosistemas de bajas temperaturas. Me gusta caminar por carreteras secundarias o senderos destapados en medio de la selva; escuchar el sonido que produce el agua al correr por un río, golpear la playa o caer del cielo; ser arrullado por el canto de insectos y anfibios al dormir; ver el atardecer y descubrir, atónito, que todos los días es distinto, único, aunque lo observemos desde el mismo lugar. En este viaje he aprendido a disfrutar más de la playa, el mar y el calor de la costa. De su comida, su música y su gente. Todo viaje te enseña algo nuevo e inesperado. ¿Habrá un mejor maestro que el viaje?

Ciénaga, Magdalena

Viajar a la medida

Diseñar la ruta de un viaje es como armar un plan de lecturas. En él podemos incluir libros de distintos géneros o concentrarnos en uno solo. Podemos armarlo desde el principio para cubrir –digamos– un mes, un semestre o un año o, en cambio, arrancar con un único libro e ir sumando otros a medida que vamos terminando los anteriores. También podemos no tener un plan de lectura y saltar de un libro a otro de acuerdo con nuestros antojos, las recomendaciones que otros nos hagan o lo que se nos cruce en el camino. Podemos leer –viajar– como mejor nos venga en gana. Depende de cada uno.

En los viajes estilo Lonely Planet, el viajero selecciona los destinos que va a visitar con base en los highlights –lo mejor de lo mejor– que establece la guía. Viajar por el Caribe colombiano se convierte en conocer Barranquilla, Cartagena, Ciudad Perdida y el Parque Tayrona. Todo lo demás es subsidiario y prescindible. Fuiste al Caribe si hiciste parte de una comparsa en el Carnaval, comiste en los restaurantes de la ciudad amurallada, caminaste por las terrazas ancestrales de los Tayrona y dormiste en las playas del Cabo San Juan. Y la gente, al volver a casa o al compartir la experiencia en redes sociales, te lo va a preguntar. Te lo va a exigir. Y te va a decir: “¿Qué? ¿No fuiste a la Quinta de San Pedro Alejandrino? ¡Devuélvete a Santa Marta!”. Por mucho tiempo me sentí mal, incómodo, incluso avergonzado, cuando alguien me preguntaba por una experiencia “top” que pasé por alto en un viaje. Era como si descubrieran que me había saltado la escena central del libro que acababa de leer. Algo imperdonable. Un pecado mortal. Una página que quedó incompleta en el álbum que ellos sí llenaron.

Quisiera decir que hoy no me importan en absoluto los listados de lugares y planes “imprescindibles”, pero mentiría si lo hiciera. Aún los sigo tomando como referencia e incluyo algunas de sus recomendaciones en la ruta de viaje. Pero intento ir más allá; intento diseñar un viaje a la medida, uno que se ajuste a mis intereses y búsquedas personales. De ahí que me salga con frecuencia del circuito turístico. Que vaya en zigzag entre lo que está dentro y lo que está fuera. Que intente ampliar la visión acotada de un destino que presenta una guía.

Al iniciar la vida nómada me imaginé que en la ruta iban a predominar destinos y proyectos de ecoturismo, turismo comunitario y turismo cultural; me imaginaba estando la mayor parte del tiempo nutriéndome de estas formas alternativas de relación con la naturaleza, organización social y orgullo de lo que somos. Pero ha habido mucho más que eso. Como viajero me mueven muchas búsquedas al mismo tiempo. Una es la del conocimiento y el aprendizaje; otras son las del goce, la libertad y la autonomía. Y he intentado dar gusto a cada una de ellas. Destino a destino. Paso a paso. Día a día. Viajar es satisfacer nuestras múltiples naturalezas.

Conservación de tortugas de río, Río Sinú en Cotocá Arriba

Lee los otros posts de la serie Vida nómada de Óscar Iván Pérez H.

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Ciénaga de Bañó, Cotocá Arriba (Córdoba)

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