Futuristas

Texto por María Alejandra Acosta J

Collage de Danilo Guio, (aquí pueden ver más)

Hoy salimos a comprar un regalo. Se lo daremos a su madre y a su padre, y ellos a su vez se lo entregarán a ella, que no ha nacido, y que no tiene preocupación por saber qué regalos le han traído ni quién lo ha hecho: por ahora, sólo conoce a su madre y reconoce la voz de su padre. Todos los demás seremos sonidos blancos en su memoria. No sabe que en el mundo en el que nacerá existen esos hábitos de regalar cosas, y que a medida que crezca los regalos se irán haciendo escasos. 

Visitamos muchas tiendas tratando de escoger un buen regalo, uno que fuera lindo y útil, conceptos que no entiende, pero entenderá. Tengo un armario en el que voy acumulando regalos para mi mamá, mis hermanos, mi papá, mis abuelas, mis tías… es una lista extensa porque soy de las que sienten placer en dar regalos, mucho más que en recibirlos. No sé si esto tiene una explicación astrológica, aunque supongo que los astros nada tienen que ver con mi obsesión por dar regalos, y que daría lo mismo ser piscis, libra o tauro. Lo mío es una cuestión más psicológica que mágica. 

Mientras veía una serie en la que la protagonista escondía un regalo en las maletas de sus sobrinas, que explícitamente su hermano le había pedido no dar, pensé en cuántas veces he infringido la ley del objeto innecesario. A veces me sorprendo viendo el armario de los regalos no entregados, que ocuparán en mi próximo viaje la mitad del espacio del equipaje permitido. Y, como dar regalos me satisface más que llevar la maleta llena con las cosas que puedo necesitar, mi equipaje es mínimo. 

Podría decirse que viajo ligera de equipaje, pero en realidad, no. Viajo con la maleta llena de cosas que voy a entregarles a otros, tratando de llenar el vacío que produce mi ausencia en su vida diaria, como si los objetos que llevo pudieran llenar espacios físicos que he ido abandonando. Como el peso de mi ausencia tiene un orden jerárquico, siempre hay más regalos para los que me extrañan más. De unos años para acá, he empezado a encontrar por temporadas (casi siempre vacacionales) mensajes en redes sociales en las que quien escribe pide “normalizar” ir a algún lugar y no traer nada para nadie. Me pregunto si lo mío es terquedad, o si me estoy liberando del peso de saber que no estuve ahí cuando alguien me necesitó. Somatizo en mi cuerpo la ausencia que produzco en otros, e imagino que poniendo en una torrecita los regalos, voy delineando la forma de mi cuerpo para hacerlo aparecer en el pensamiento de los demás en algún momento del día. En eso soy un poco gato: voy cazando objetos que dejo en las camas de los otros como muestra de agradecimiento. 

Nací, además, en una familia generosa, dadora, desprendida. Dar es parte de mi herencia familiar: la coherencia genética: la ironía. Pero mi desprendimiento del dinero, que es con el que se compran regalos, tiene también una explicación más problemática: pienso comúnmente que muero. No en mi muerte en sí, si no en la posibilidad de morir. Es decir, soy incrédula del futuro y, sobre todo, descreo de la mala suerte, o sea que, si por azar llego a vieja, no necesitaré del dinero gastado en los regalos que he dado. 

En el futuro a veces proyecto algún descendiente, no siempre propio ni directo sino también los de alguna de las mujeres que me rodean, y entonces me prometo bañarme corto, no comprar verduras ni frutas empacadas en plástico o icopor, no usar jabones agresivos con las criaturas marinas, no usar blanqueadores ni desinfectantes con cloro, usar ropa de algodón en lo posible orgánico, no acrílicos, no poliéster, no lycras, no prendas fabricadas en lugares donde la explotación laboral es ley.

El tema del futuro me daría para escribir una lista de cosas que se pueden hacer para evitar que el fin llegue pronto, y que quienes lo van a vivir, sufran. Así como hay miles de listados en Internet, también hay una proporción escéptica de seres humanos que desconfían de que sus pequeñas acciones vayan a cambiar el rumbo del futuro. En ese grupo también estamos algunas que hacemos: las entusiastas fatalistas. Aunque es un regalo difícil, intentaré todos los días ser consciente de que habitas el mismo mundo que yo. Mi regalo también es ponerte en el lugar de las demás personas que no han nacido. Decirles a los que viven que vendrán otros, otras, otres: puedes ser tú, puede ser alguien.

Nota adicional: Aquí le escribo a quien puede leerme: alguien que comparte conmigo la lengua, la cultura, quizá el territorio, una idea de bienestar más bien occidental. Alguien que tiene luz eléctrica, un computador o un teléfono inteligente, acceso a internet, tiempo. Alguien que sabe leer. En últimas, trato de escribir esto siendo consciente del privilegio, sobre todo, de poder elegir. Me conflictúa listar bienes y servicios a los que pocos tienen acceso, y prácticas "ecológicas" o "amables con el medio ambiente" como si fuera una simple cuestión de opción, porque sé que no. Sin embargo, si usted es de las que puede, el regalo lo podríamos dar juntas.
Danilo Guio es el autor de este collage, que se aprecia mejor aquí que arriba, y que me prestó para ilustrar este texto. El futuro, a veces, es como mirar por esa puerta.

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