La vida en la tierra

Recibí dinero como regalo de primera comunión. No sé bien cuánto, pero para que se hagan una idea, compré como 7 libros de la editorial Barco de Vapor, que publicaba libros para niños y jóvenes, y una caja de 36 colores de Prismacolor. Tengo un recuerdo de estar en la librería, en la Panamericana de Bulevar Niza, con mi mamá. Compramos lo que fue para mí “un montón de libros”. Uno se llamaba “Patatita”, que era una historia súper triste de un niño que tal vez era huérfano. Puede ser que esto sea una invención mía, pero era un cuento más bien trágico en el que Patatita huía por calles oscuras en busca de, creo yo, su familia. También tuve uno que se llamaba “La fuerza de la gacela”, que era una historia de moralejas que decía más o menos que no hay que subestimar a la gacela por su falta de dientes. Es uno de los animales más rápidos de la sabana africana. Imagina. Todo esto lo aprendí (o me lo inventé) con el dinero de la primera comunión. También aprendí que hay duendes de colores, pero hay uno que tiene TODOS los colores, se llamaba “Un duende a rayas”, y como tenía muchos colores nadie sabía si era un duende bueno, malo, travieso, serio, imaginario, o qué clase de duende. O sea, con la plata de la primera comunión, aprendí que hay duendes de colores. Y que hay una bruja a la que todo le sale mal porque es buena, que se llamaba “Mon”. O “Moon”. A los 9 años uno cree muchas cosas, pero, además, cree fielmente en lo que dicen los libros. A mí, claro, me tocó oír que eran ficción muchas de esas cosas que yo decía y creía que pasaban. Incluidas las sagradas escrituras, pero no vamos a hablar de esto.  

A mi imaginación infantil se sumaba además el ingenio de mis progenitores que se inventaron que los loros cambiaban de color para no decirme que Casimepica, mi lorito azul, se había muerto mientras yo estaba de vacaciones con mis abuelos, y me compraron otro, pero verde. Así que ahora tenía un loro que cambiaba de color por temporadas, mira tú, qué curioso, pero es cierto, lo vi yo con estos ojos y te lo digo en serio, los loros son increíblemente parecidos a los camaleones, pero más lentos. Hasta casi los 16 años creí en eso, hasta que en una comida mi papá contó la anécdota de mi mágico Casimepica. Lloré por dentro, aunque me reí y pensé que qué estúpida haber caído en esa mentira, justamente en esa.

En el repertorio de historias infantiles tengo también un recuerdo de una navidad, en la que le pedí al Niñodios una tacita de té, esos perritos diminutos que son como una mini bola de pelos blancos. El Niñodios me trajo un juego de pocillos. Y mis papás me dijeron que era que el Niñodios no había entendido qué era lo que yo quería. Me daba rabia pensar que dios no supiera qué era lo que uno estaba pensando cuando su omnipresencia y su omnisciencia lo hacían el ser más poderoso del universo. Pero, claro, yo le había pedido al Niñodios, cuando era niño, que cuando uno es niño aún no sabe nada, te perdono, niño, el próximo año me traes no una, sino dos tacitas de té. Pero esta vez, de las que se rompen, que ya tengo un perro y no puedo tener más, así quisiera. A no ser que me trajeras los perros, una casa con jardín y comida para, al menos, un año. Con eso el año que viene puedo pedirte sólo comida para perros. 

Y ahí estaba el problema. Yo hice la primera comunión y no volví a misa. Me excomulgué yo solita. Empecé a ver con mucha desconfianza a las instituciones. No sólo a la iglesia, sino a otras también. Me parecía que el dios con el que yo hablaba no necesitaba representantes en la tierra. O sea, dios era omnipresente, ¿para qué quería un representante? Un día, durante una confesión, le dije al cura que no tenía nada que confesar. No había hecho nada fuera de la norma. Me dijo que pensara bien, que todos pecábamos. Me inventé que había robado un borrador. Me puso a rezar como quinientas avemarías. Tiene mucho huevo. Por supuesto, salí al jardín y le dije a dios que podía quedarse esperando mis avemarías porque no me había robado nada. Tu representante en la tierra es un tirano. Cómo es eso que todos pecamos. O sea, mi presunción de inocencia no existe porque soy humana. Come mucha caca, representante. Yo me arreglo con el Niñodios que no sabrá todo, pero sabe mucho más que tú. ¿No ves que es dios mismo? Bueno, pues sin rezar las avemarías me quedé siempre en la silla en señal de rebeldía (y de obediencia, también) porque no había cumplido la penitencia. Tenía una deuda sin saldar, que nunca saldé, con la iglesia. No me hizo falta volver a comulgar. Pero le agradezco al Niñodios lo de la primera comunión porque me dio para leer muchas cosas increíbles. Después de eso, me imaginaba yo que sería escritora, tendría un escritorio lindo, de madera, mirando a una ventana que daría a un jardín o a un balcón. Mira cómo son las cosas, Niñodios. Ni escritora ni escritorio ni jardín. Cuando vengas en navidad te cuento cómo es esto de vivir en la tierra de tus post-sucesores. 

Por ahora te agradezco que no me hayas traído la tacita de té que quise, porque la habría tenido que enterrar junto con los perros que ya enterré en mi vida, que son muchos y junto al loro camaleón, y quizá junto a la gacela que se salvó de las garras de los leones, pero no del camuflado cocodrilo debajo del río. Y esto también te lo debo a ti, Niñodios, que una navidad nos trajiste a mi hermano y a mí un VHS con dos películas que nos aprendimos casi que de memoria. Luego alquilamos películas con mi mamá y de vez en cuando compramos revistas de la National Geographic que venían con documentales de animales. Mi mamá nos compró el de cocodrilos. Nunca vimos tanta sangre en la pantalla del televisor, ni siquiera cuando alquilamos Kill Bill, años después y ya no teníamos VHS sino DVD. A ti, Niñodios, te debo toda la felicidad del mundo y la adrenalina de gritarle a los animales que van a beber agua al río que se vayan, que no crucen, que cuidado con los bebés… Ay, dios mío, qué difícil es la vida en la tierra. Te lo dije. Pero mejor hablamos en navidad, que me estoy poniendo densa. 

  

 

Fotografía tomada por mi papá, Juan Carlos Acosta, y prestada por mi mamá, Adriana Jiménez, a quienes les debo los créditos de estas y más historias.

 

  

 

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