Dolores de verdad

Pasé la víspera de mi cumpleaños número 33 en la sala de espera de un hospital. Ese día me había empezado a doler el estómago de manera descomunal. Tuve que parar de trabajar porque el dolor no me dejaba concentrar ni permanecer sentada. Fui a tumbarme en la cama suplicando a los dioses de la digestión que terminaran lo que fuera que me estaba pasando. Súplicas inútiles. Tuve que volcar mi fe a los médicos y me dirigí, con el desaliento que me da saber que voy al hospital, a mi destino. “Seguro tengo apendicitis y me muero”, pensé. Lo que menos quisiera es causarle el dolor de mi muerte a mi familia el día antes de cumplir 33 años. Así que me resigné, y fui a parar a esa sala tan ordenada y silenciosa del Hospital de la Luz.

Vomité dos veces antes de salir de casa, una vez negro, porque, haciendo uso de mi sabiduría veterianaria, me tomé una cápsula de carbón activado en caso de que estuviera intoxicada. El día anterior había almorzado con una amiga. Le escribí para preguntarle si estaba bien. “Perfecta”, me dijo. ¿No le estaría haciendo digestión al momento en el que le conté que el hombre por el que nos conocemos intentó violarme unas navidades atrás?

Cuando llegué al hospital, me costó no vomitar a la gente que estaba sentada entre la recepción y la puerta del baño. Vomité verde. Verde como si hubiera comido una sopa de espinaca minutos antes. No había comido nada en todo el día, así que pensé que era la vesícula biliar recordándome que solo (o que ya) tengo 33 años. Nunca he estado hospitalizada, y me da miedo entrar a una cirugía y no volver a salir. Me hicieron exámenes de sangre, me pusieron un catéter por el que me inyectaron suero, un antiespasmódico y un fármaco para no vomitar más. Vomité. De nuevo sopa de espinaca. Después de tocarme la barriga, de hundirme los dedos por debajo de las costillas, y de darme golpes en la parte inferior de mi ombligo, la médica me mandó a hacer una ecografía. 

La ecografista era una mujer de la edad de las mamás de mis amigas, que olía delicioso, y que cuando me pasó el escáner por la barriga me pidió sostener el aire en los pulmones, como si respirar fuera simple. “¿Nunca se había hecho este examen?”, me preguntó. “Nunca”, le dije. “Tampoco nunca había sentido este dolor, así que supongo que una cosa lleva a la otra”. Se rio, y me dijo que no había nada preocupante. “Qué bueno, no me voy a morir en una cirugía en la que me van a sacar el apéndice”, pensé. Los glóbulos blancos, disparados, corriéndome por el sistema circulatorio como ambulancias en un incendio. La médica me explicó que el estrés y la ansiedad son causas de esa subida de glóbulos blancos. “¿No estará más ansiosa que de costumbre?”. Estoy. “Soy colombiana, señora. He visto cinco mil videos de la policía matando gente en las calles”.

¿Será eso lo que tengo? ¿Exceso de realidad? ¿Qué debería hacer, cerrar los ojos como si no pasara nada, desconectarme de las redes sociales, vivir el aquí y el ahora, mientras al otro lado del mundo se está muriendo un jurgo de gente? 

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