El neo-ego

Hace unos días comencé a trabajar con el Método del Bullet Journal, desarrollado por Ryder Carroll como respuesta a su déficit de atención. Aunque nunca he sido diagnosticada con un trastorno de este tipo, sé que soy muy dispersa, y que no termino de hacer las cosas que me propongo porque me distraigo fácilmente. Desde las tareas más simples y mecánicas, hasta las que requieren más atención. O sea, si estoy tendiendo la cama, y en ese momento cruza por mi mente el pensamiento de “la ropa sucia”, dejo la cama a medio camino para ir a meter la ropa en la lavadora. Esto me pasa constantemente, con casi todo en la vida diaria, aunque ahora tengo una mayor consciencia de estas cosas, porque con los años empecé a notar que era muy distraída,  y que me emocionaba con todos los proyectos nuevos, cuando aún tenía otros andando sin terminar. Así que después de escuchar y leer publicaciones sobre el método que estoy siguiendo, me propuse aprender a organizar mis pensamientos sobre el papel. Sin embargo, el hecho de registrar las cosas que hago a diario me trajo una preocupación que no había contemplado con tanto detenimiento: el uso del teléfono celular, es decir, de las aplicaciones de las redes sociales que utilizo. 

Mi intención, al inicio de la convocatoria, era hablar sobre las narrativas personales que se crean para conquistar y conocer personas. En estos tiempos, en los que socializar es tan difícil, las aplicaciones de citas me atraían quizá por ese elemento que implica narrarse a sí mismo para ligar, qué cosas son importantes de decir, y cuáles no, y cuánta de esa información es verdadera. Intenté sin éxito que mis amigos y amigas que usan estas aplicaciones me enviaran pantallazos de los perfiles de diferentes personas para extraer información que fuera importante para mí. Así que, sin objeto de estudio, me quedé sin tema para escribir, aunque me planteé la posibilidad de crear una cuenta y explorar lo que quería. Pero me detuve a tiempo, y decidí no descargar ninguna aplicación más en mi teléfono. Aziz Ansari, mi amor platónico número cinco, había acertado muy bien en retratar esa realidad de las citas acordadas con una aplicación en su serie Master of None, y en su libro Modern Romance, ¿para qué me iba yo a meter en ese campo del que no sabía nada? Mi curiosidad seguía siendo qué tipo de discursos autobiográficos utilizan las personas para conseguir pareja ¿una lista de atributos, cualidades, logros y gustos? Alguno utilizará sus defectos como carta de presentación, por supuesto. Y alguno googleará “frases llamativas para el perfil de Tinder”, y copiará alguna. No sé, pero ya leí que hay un porcentaje mayor de posibilidades de conseguir un match cuando se incluyen esos textos.

Descartado el asunto de aplicaciones como Tinder, decidí reflexionar sobre otra cosa que está muy relacionada con las narrativas individuales. De un lado, la creación y recreación de un perfil en cualquier aplicación. Esa información que registramos, que compartimos, que criticamos y que aprobamos habla de cada uno de nosotros. Quizá no haya ningún registro escrito igual en los tiempos anteriores a la internet. Facebook, por ejemplo, funcionaba en sus inicios como una galería de fotos y comentarios en las fotos de amigos, videos y canciones compartidas. Ahora, con solo explorar un perfil de cualquier persona ahí, ya podemos hacernos una idea sobre el dueño de esa información. Ya sabemos qué música escucha, a qué partido político le vota, y si cree o no en las fake news. No sé si alguien usaría la misma información que tiene y comparte en Facebook para ligar,  porque lo que parece que ocurre es que la narrativa de Facebook se mantiene para ser aprobada en un círculo social, mientras que la narrativa de Tinder se crea con el único fin de agradar a los demás. Como sea que ocurra, estos dos contrastes, por muy evidente que parezca, corresponden en la realidad con una sola persona, porque  así somos. 

Hasta mi perro sabe cómo usar su imagen en las redes sociales

En esas, recordé que en Twitter, la aplicación a la que más tiempo le gasto, había una denuncia del gabinete presidencial en la que se aseguraba que algunos influenciadores habían recibido pagos para ridiculizar a Duque, el presidente de Colombia. El señor de los memes, como le dicen de Costa Rica. Bueno, señor presidente, no sea ridículo. El único al que le han pagado es a su jefe de prensa. Quizá sea hora de cambiarlo. En todo caso, su denuncia sí me dejó muchas cosas en qué pensar. Porque así como cada uno de nosotros construye una narrativa individual sobre quién es (utilizando videos, likes, unlikes, caras tristes, corazones, retuits, compartiendo cuanta cosa nos parece importante, etc.), usted, que es el presidente, ha definido unas prioridades muy absurdas para un gobernante, y quizá se deba a su exceso de juventud y su falta de experiencia, porque dedica más  tiempo y presupuesto a sus estrategias de redes sociales que a las realidades a las que se enfrenta el país, donde ni siquiera hay conexión a Internet. De esa misma forma como usted ha priorizado en escenario virtual sobre el análogo, muchos de nosotros también lo hemos hecho, y hemos abandonado la calle, para lanzarnos en twitteratons para llamar la atención sobre los temas que nos preocupan. Aunque ha mantenido la atención en esos espacios, porque su gobierno ha dado mucho de qué hablar, un par de veces las acciones de hecho lo han sacado de su pantalla para alzar la cabeza y ver el país incendiado.

Con esto quiero decir que el método de Bullet Journal ha sido como darme cachetadas frente al espejo, mientras me pregunto si ese universo del debate, del “te quiero conocer” y “te quiero bloquear” para siempre de mi vida (sí, presi), vale la pena, porque parece que todos los demás esfuerzos que deberíamos estar haciendo están siendo consumidos y reemplazados por mantenernos al tanto de los otros y de lo otro con el único propósito de envejecer sin darnos cuenta.  

Espera más entradas del especial la próxima semana.

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