Días de clínica. Tercera entrega

Por Gabriel Santamaría C.

Los textos que escribí sobre mi paso por las clínicas son un retrato del viaje que hice hacia las profundidades de mi propia mente. Para recorrer este camino angustioso, el único equipaje que llevé fue la soledad. Todavía hoy, después de tres años de estar en mis cabales, sigo teniendo el interrogante de si en realidad estoy loco o si siempre he vivido dos vidas: la de la cordura y la de la locura (Si no has leído la primera entrega de Días de clínica, te recomendamos empezar por aquí).

1

Una noche, cuando me llamó por última vez la enfermera Martha, muy joven ella y quien me trataba muy bien, le contesté de repente: “Yo no me llamo Gabriel: yo me llamó Elías”. La sorpresa fue peor para mí que para ella, porque sentí que lo dije con una naturalidad pasmosa, como si nunca en la vida me hubiera llamado Gabriel.

¿De dónde salió ese nombre? Sólo podría entrar a escarbar en mi propia psique y añadir que cuando quería ser fraile, tres años atrás, me habría gustado llamarme Elías. Los frailes franciscanos se suelen cambiar el nombre cuando se consagran. Esto me resulta extraño sólo si lo trato de analizar con mi mente, porque en mi corazón siempre querré ser Elías, y la locura de cambiarme el nombre tiene un matiz más de orden espiritual que psicológico.

Ese Elías en mi interior es un alter ego positivo, no es nocivo, no me perturba ni ensucia la identidad y no me representa un motivo de confusión ni perdida del carácter. Ese Elías es y será un misterio que tal vez nunca comprenda, porque el nombre que me han dado o como me conocen desde lo exterior no define la realidad intrínseca en mi alma.

Algún día, en este mundo o en el otro, seré un fraile franciscano y me llamaré Elías.

2

Me bastó con observar por la ventana para comprobar que, tanto al interior de mi habitación como por afuera, mi locura y yo estábamos totalmente a solas.

La ansiedad me tenía agotado. Me senté a comer en ese comedor oscuro pero agradable con mis tres compañeros de pabellón. Uno que era alto, moreno y de ademanes costeños, me dijo: “Esta sopa está fea”. Enseguida otro de los tres, que era mayor que todos, le preguntó apurado: “¿Me la regala?”. Todos nos miramos, y el moreno se sintió mal y se tomó la sopa muy rápido. En la clínica a veces nos dejaban repetir, pero solo sopa: el seco era exacto para todos.

Al día siguiente todos recibíamos visita porque era una jornada familiar. Venían parientes de pacientes e iban a estar los directivos de la clínica. Fue un día bonito, llovió en la mañana, y en la tarde convencimos a la madre superiora para que nos permitiera poner música y comer en la noche mientras veíamos televisión.

Un amigo caleño, mi compañero de cuarto, me preguntó esa mañana: “Señorito, ¿lo vienen a visitar hoy?”. “Sé que viene mi hermano, pero no sé cuánto tiempo nos dejen tener visita hoy”, le respondí. Mi hermano estuvo dos horas ese día; me trajo cosas de comer y recuerdo que una muchacha internada como yo, que tenía trastorno bipolar, se le acercó a coquetearle.

En las clínicas uno aprende a ver lo bueno de las cosas sencillas: uno se retira dentro de sí y observa el mundo exterior con una cautela que le permite reconocer que, de toda situación mala, al final surge algún bien.

3

Esa noche quería salir corriendo de la clínica. Intenté abrir la ventana de mi habitación, hasta que lo logré, sin despertar a mi compañero. Salí apurado al patio. El muro era de unos cuatro metros de altura y la única forma de subirme al borde era trepando el árbol que estaba junto a él. Cuando ya estaba en una parte más alta, sentí miedo de caer. Por muy poco no alcancé a tocar el borde del muro, así que la fuga se vio frustrada.

La clínica estaba en completo silencio y el miedo me ganó, a pesar de que era posible escapar.

Me bajé del árbol, volví a la habitación. Me había embargado la angustia, porque temí caerme del árbol, y al final también me sentí frustrado porque no podía soportar el miedo intrínseco que me invadía, ese miedo básico, ese mismo miedo que me afanó a querer volarme.

Aunque nadie se dio cuenta de mi intento de fuga, dormí absorto en mi pesadumbre nerviosa, apretando con angustia esa almohada blanca que olía a hospital.

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Foto por Óscar Iván Pérez H.

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