Días de clínica

Por Gabriel Santamaría

Los textos que escribí sobre mi paso por las clínicas son un retrato del viaje que hice hacia las profundidades de mi propia mente. Para recorrer este camino angustioso, el único equipaje que llevé fue la soledad. Todavía hoy, después de tres años de estar en mis cabales, sigo teniendo el interrogante de si en realidad estoy loco o si siempre he vivido dos vidas: la de la cordura y la de la locura.

1

Acabo de leer diez páginas de El Coronel no tiene quien le escriba, uno de mis libros favoritos de Gabriel García Márquez. El libro me lo robé de la clínica de Facatativá, cuando estuve dos meses allá por sugerencia y dictamen de quien hoy es mi psiquiatra.

También interno allí, leí El olor de la guayaba, una magnífica entrevista a García Márquez hecha por Plinio Apuleyo Mendoza. Lo extraño del cuento es que me quería robar más este libro que el otro, pero Santiago, un hombre de unos 72 años, cabeza y barba canas, me sorprendió leyéndolo en el comedor y, desde entonces, se acercó impetuoso a suplicarme que le diera el libro. Como mi plan era llevármelo cuando me dejaran salir, le negué a Santiago el libro durante más de un mes.

Pero una tarde mientras esperábamos la comida, Santiago dijo, de repente, rompiendo el silencio amargo de clínica: “¡Llevó once años interno en clínicas, tres en la Paz, seis en la Inmaculada, y dos aquí!”.

Un hombre que lleva tantos años interno sufriendo el yugo de un hospital, pensé, debería obtener cualquier cosa que quisiera. Enseguida saqué El olor de la guayaba del bolsillo grande de mi chaqueta y se lo entregué con afán. Santiago ni siquiera me dio las gracias por el libro. Simplemente hojeó todas sus páginas y repitió en cada una: “¡Por fin! ¡Lo tengo!”.

2

Una noche en la clínica de Facatativá discutí con la psiquiatra de turno, porque le pedí que me diera el medicamento que tomo desde hace 15 años, en vez de las gotas de Levomepromazina. Estas gotas me mantenían sedado y me generaban mucha dificultad para dormir.

La doctora le alegó al enfermero del turno de la noche que yo estaba muy agresivo y que era necesario que me inyectaran y me ataran de pies y manos a la cama, en un pabellón en donde están los enfermos agresivos y no se tiene contacto con nadie.

Fue una noche dura, la inyección me causó náuseas, y me tenía miedo de vomitar durante la noche sin tener la posibilidad de inclinarme hacia un lado, pues las cuerdas en las manos no me permitían moverme. Al día siguiente, a eso del mediodía, me soltaron porque supliqué ir al baño una sola vez.

Ese resto del día no pude leer nada: me habían quitado el privilegio de tener dos libros en mi habitación, por dictamen de la psiquiatra con quien discutí el día anterior. A la hora de la comida no me permitieron ir al comedor con el resto de los pacientes; en cambio, me llevaron un plato de sopa fría a la habitación y, como advertencia, me dijeron que, si volvía a quejarme por algo, pasaría una semana entera amarrado a la cama en el pabellón de los agresivos.

3

Corrí a encontrarme con mi visita de domingo. Era un día claro, ni una nube en el cielo, que veía por esa pequeña puerta metálica con tres cerraduras. Vino mi tía Amparo, quien me visitaba con frecuencia y siempre me traía algo de comer, por lo general brownies o galletas. Hablábamos un poco y se despidió con un abrazo.

En ese entonces, yo tenía la cabeza rapada y siempre vestía sudaderas. Había una capilla y esos domingos a las seis de la mañana un sacerdote venía a celebrarnos la misa. Yo siempre asistía, pero sufría mucho porque aún pensaba que Dios estaba bravo conmigo por dejar el preseminario. Afortunadamente, la clínica era de unas monjitas y la directora me repetía, cada vez que me la encontraba, que Dios me quería mucho y que mi tormento iba a terminar pronto.

Las constantes angustias sobre Dios se veían aliviadas por la amabilidad con que las enfermeras me trataban. Un día entré en crisis y pedí que me llevarán a la enfermería para calmar la terrible ansiedad que me generaba la oscuridad de mi habitación. El psiquiatra me dio 200 miligramos de Clozapina y me hizo tres preguntas: ¿Por qué tenía miedo? ¿Por qué sentía que iba a morir? Y ¿Por qué preguntaba todo el tiempo si la estatua de San Benito Menni que había en el patio era yo mismo en otro tiempo y en otro mundo?

Era reconfortante pensar que yo era el Santo, y que la clínica era mía, y que la Madre superiora entendía todo esto y me decía que me sentará cerca a la estatua y rezara mientras ellas se encargaban de todo lo que requería el lugar.

Nada me cobijó tanto como la idea de que el hombre de la estatua era yo mismo, porque significaba que mi terrible obsesión no era otra que la de ser Santo.

El próximo miércoles espera una nueva entrega de Días de clínica, por Gabriel Santamaría. Si te gusta lo que hacemos en Peces, comparte nuestros trabajos con tus amigos y síguenos en FacebookInstagram y Twitter.

Imagen de Andreas Lischka en Pixabay 

2 comentarios en “Días de clínica

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