De la Giardia a la Luna

El tipo de la charla de TED que escucho hoy dice que solo se necesitan veintiún días para cambiar un hábito. Él mismo escribió una novela en ese tiempo para probarlo. Se inscribió en una comunidad de internet donde personas de todo el mundo suben cincuenta mil palabras durante el mes de noviembre.

«No importa la calidad sino la cantidad, luego encontrarás un editor que la corrija, y si no lo haces, qué  importa, puedes presentarte como un escritor, pues tienes una novela, subida en la nube… Las neuronas tardan entre veintiún y sesenta y seis días en renovarse, por eso debes repetir la tarea por lo menos tres semanas y crearás el hábito que desees. El truco es seguirlo haciendo, después de ese tiempo».

¡Pues claro que ese es el truco!

De vez en cuando las estrellas se alinean, llega una nueva peste y un cambio de orden social. Mi generación y la de mis padres habíamos vivido un período de tregua y creíamos que eso de las pestes y las guerras mundiales era cosa del pasado, que esta civilización había evolucionado, que, con el descubrimiento de los antibióticos y las vacunas, éramos invencibles. En palabras de Juego de Tronos: habíamos vivido un largo verano, pero el invierno se aproxima, o más bien llegó, y las plagas y desastres se dibujan como monstruos en el tejido de las cortinas que bajamos en medio de nuestro encierro.

Hace cinco meses estoy aislada en mi casa, con dos gatos y una perra. Esperando a que pase el primer pico de la pandemia, cada vez más lejano, pues cada tanto,  el virus antropófago se alimenta con más víctimas que deben salir a activar la economía, en lo que parece ser una estrategia de buscar la inmunidad del rebaño.

Mi turno aún no llega, sigo en mi casa, aguantando, creando hábitos cada veintiún días.

El primer hábito que aprendí fue a guardar la comida de forma que no se dañe y no tener que tirar nada para llegar con víveres al punto de re abastecimiento. Hay que hacerla rendir lo más que se pueda, cualquier contacto con el exterior es una situación de riesgo.

Cada tres semanas, sé que llegó el mercado antes de que suene el citófono, porque Bekaa empieza a ladrar. Levanto la bocina y, sin poder oír a mi interlocutor, digo de forma mecánica que ya voy.

Me desnudo y me pongo mi traje postapocalíptico, que consiste en unos pantalones anchos de colores que compré en una tienda Hindú, una chaqueta morada que ya iba a tirar, pero que salvó la peste porque es liviana y tiene una capucha que cubre mi pelo, un tapabocas con sonrisa de catrina macabra que impide la entrada o salida del virus, una gorra con una pantalla de plástico que cubre mi rostro, unos guantes que tiro a la lavadora a mi regreso, medias negras que pongo por encima de los pantalones para que no se arrastren y zapatos blancos de quitar y poner fácilmente. Mi pinta me hubiera causado problemas hace unos meses, cuando el debate consistía en permitir o no a los jóvenes cubrir sus rostros en las protestas de noviembre. Salir sin tapabocas en cambio, me causaría problemas ahora, cuando hay policías por todas las calles linchando a gordos y viejos por ser población de alto riesgo y a desenmascarados por poner en riesgo la salud pública.

Afuera me espera el hombre que trae el domicilio. Ya no le permiten entrar, pues es considerado agente altamente transmisor. Lleva solo un tapabocas y me saluda con una sonrisa que puedo ver a través de sus ojos, como si hubiera obtenido inmunidad del rebaño contra el miedo. Su despreocupación me hace pensar que pertenece al universo paralelo en el que habité hasta hace cinco meses. No lo saludo. Estoy concentrada en hacer todo el procedimiento de recepción sin infectarme. Mi universo se rige por la ley de la fobia al contagio.

Tal vez los hábitos que se quedarán cuando pase la pandemia son esos que hacemos de forma inconsciente, como dejar de saludar, y no los que llevamos cinco meses esforzándonos en adquirir y publicando en Instagram.

…un tapabocas con sonrisa de catrina macabra que impide la entrada o salida del virus, una gorra con una pantalla de plástico que cubre mi rostro…

Al volver a la casa me desnudo, me baño y procedo a desinfectar cada superficie que ha tenido contacto con el exterior. Luego guardo la comida, siguiendo las instrucciones de varios Youtubers.

 Las cebollas se guardan en bolsas de tela, y separadas una de la otra por gomas de las que usamos las mujeres en el pelo. Las fresas se secan y guardan en un envase de vidrio, la albahaca y la espinaca se secan hoja por hoja, se guardan en la nevera en un recipiente sin tapa con papel absorbente que separa cada una de las hojas y cuando ha pasado una hora, que es el tiempo suficiente para que el vapor se condense, se secan de nuevo y se cierra el recipiente, para así evitar que la humedad dañe las hojas.

Cada alimento, tiene un método diferente y la tarea de almacenarlos todos me ocupa un poco más de cuatro horas.

Doña Rosa nunca limpió muy bien mi casa y nunca me importó. Seguía trabajando para mí porque cumplía dos requisitos básicos: era honrada y cuidaba de mis gatos cuando me iba de vacaciones. Pero eso fue hace mucho tiempo, en esta dimensión que habito, las palabras viajar y empleada doméstica están archivadas en un diccionario. Solo se usan en el universo del hombre que me trae el domicilio. En mi universo, el oficio de la casa lo hago yo.

La falta de mantenimiento de mi apartamento se ha hecho evidente ahora que llevo cinco meses encerrada en él. Al principio fue novedoso, sentí que había recuperado mi territorio, que podía cambiar los cubiertos de cajón  y tener autonomía para adquirir mis propios detergentes. Incluso me sentí liberada cuando compré una escoba, pues doña Rosa había cortado la que había, para acomodarla a su corta estatura.

Dejé de ver series en Netflix y reemplacé esta actividad por el hábito de la limpieza.

Me di cuenta que el aparato que impide que las cosas se vayan por el lavamanos no se había tocado en los diez años que he vivido aquí, y me divertí sacando el moho y los pelos pegados a él. Limpié vidrios, muebles, aspiré, brillé ollas y terminé con un dolor en una rodilla y en un brazo que me incapacitaron por dos semanas y cuando me sentí bien, me di cuenta que todo estaba sucio de nuevo y que debía repetir toda la faena.

Entonces decidí asignarme tareas diarias, en lugar de hacer todo el aseo en un solo día a la semana, pero todos los días hallaba nuevos quehaceres, y me encontré atrapada en un laberinto de limpieza, un círculo vicioso, como si por la noche llegaran seres diminutos a deshacer todo mi trabajo y tuviera que repetirlo de nuevo al día siguiente.

Me pregunté si esto sería el final,  si nunca encontraríamos un tratamiento o una vacuna, o que si lo hacíamos no llegaría a Colombia y nuestra única esperanza sería enfrentar el virus, pero los más débiles o viejos morirían, y  yo nunca podría viajar a ver a mis padres para evitar contagiarlos. Pensé que moriría sola como el tío Castor, que Bekaa muerta de hambre se comería a mis gatos y que el olor a descomposición alertaría a los vecinos.

Entonces me entregué al mugre porque mi nuevo hábito me estaba deprimiendo, pero al día siguiente de tomar la decisión, a Jaguar, uno de mis gatos, le dio diarrea.

Un Rappi recogió la muestra del examen coprológico y en la teleconsulta, la tele veterinaria me dijo que le encontraron huevos de giardias y taenias. Por lo tanto, los cuatro debíamos desparasitarnos, y limpiar todas las superficies de la casa diaria y rigurosamente para impedir la reproducción de los huevos y así evitar re infectarnos. Esa noche, sin el entusiasmo de los primeros días, retomé mi hábito de la limpieza, restregué el piso arrodillada ante el dios giardia, en penitencia por haberme entregado al señor del mugre.

El día ochenta y siete de la cuarentena, el gobierno celebró un día sin IVA para que centenares de personas salieran a reactivar la economía. Desde mi encierro observé las hordas de gente comprando televisores nuevos y pensé en cómo el hábito de austeridad que ellos proclamaban haber cultivado en estos meses, se desvanecía, junto con el hábito del distanciamiento social.

El tipo de la charla de TED tenía razón: se necesitan veintiún días para adquirir un hábito, pero el truco es seguir practicándolo.

En mi universo aséptico, no necesito un día sin IVA. Todos los días selecciono en la red muebles, electrodomésticos, postres, libros, cursos, productos de belleza, apartamentos en las lomas, casas de campo y una casa en la playa, que dejo guardados en el ícono del carrito, sin finalizar la compra. Lo hago solo por satisfacer el deseo de gastar. Adquirir es un placer efímero, una adicción que solo se sacia comprando más. Solo me diferencio de las personas que salieron en manada el día sin IVA en que mi satisfacción la alcanzo sola, con un clic, evitando el contacto humano.

Bekaa, Pandora y Jaguar en el patio de mi apartamento.

Cuando pensé que lo peor había pasado, que el apocalipsis era vivir todos los días en un mismo día, encerrada en un laberinto de artículos de aseo y de compras virtuales, un astrólogo en YouTube habló de la llegada de la luna llena en Leo, una alineación de estrellas  para que la sombra saliera a la luz, para que cayera el arquetipo del rey que representa Leo.

Entonces, empezaron a circular noticias de un rey emérito huyendo antes de ser condenado, de manifestaciones en un país que puede ser cualquiera, en contra de un gobierno corrupto, de un presidente emérito con medida de aseguramiento, de un jefe de estado tratando de posponer      las votaciones, con la esperanza de encontrar una vacuna que asegure su reelección,  y de un estallido en Líbano causado por explosivos mal almacenados por más de seis años, como si hubiera una forma de bien almacenar explosivos.

Las fotos del desastre, parecen versiones zombi de las fotos que colgué en Facebook dos años atrás, cuando al lado de mi padre, en el puerto de Beirut, imaginábamos a su abuelo abordar un barco rumbo a América. En ese entonces no podía adivinar que, mientras las estrellas se alineaban en cuadratura perfecta, detrás nuestro se cocinaba sin afán cada molécula del nitrato de amonio, para explotar en el momento indicado y no cuando nos paseábamos por sus calles, mientras deshacíamos los pasos que el viejo Salo no pudo hacer, en un pasado que pertenece al universo donde no se guarda la distancia con un adulto mayor.

Entonces le creo a los astrólogos que pronosticaron el fin del sistema como lo conocemos de acuerdo con  los movimientos estelares de 2020, que la pandemia sí trae un nuevo orden social, pero que nada tiene que ver con los hábitos que nos estamos forzando en construir cada veintiún días. Al final será un organismo de 0,12 micras o una gran estrella los que impondrán nuestras nuevas costumbres y  descubro que solo soy un títere a merced de una giardia, un virus o un planeta.

Papi y yo en Anjar, Líbano, en un pasado que pertenece al universo en donde no se guarda distancia con un adulto mayor.

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