Días de clínica. Segunda entrega

Por Gabriel Santamaría.

Los textos que escribí sobre mi paso por las clínicas son un retrato del viaje que hice hacia las profundidades de mi propia mente. Para recorrer este camino angustioso, el único equipaje que llevé fue la soledad. Todavía hoy, después de tres años de estar en mis cabales, sigo teniendo el interrogante de si en realidad estoy loco o si siempre he vivido dos vidas: la de la cordura y la de la locura (Si no has leído la primera entrega de Días de clínica, te recomendamos empezar por aquí).

1

Serían las 4:30 de la mañana cuando entró un enfermero a la habitación para suministrarme las gotas. Todo es oscuro cuando se siente tanta ansiedad de estar encerrado a causa de la propia locura, más el yugo que implica el encierro en sí mismo. 

Desayuné en el comedor pequeño con siete pacientes más, y enseguida me retiré a la silla en donde me sentaba a releer mis escritos, uno por uno. Siempre imaginaba páginas y páginas, sin poder plasmarlo todo, porque sólo se me permitía tener diez hojas, y ya las había llenado todas por ambos lados.

Un compañero me miró allí absorto en mi cuento, y me mencionó a Julio Cortázar. Me dijo que, si yo estaba loco, albergaría sosiego leyéndolo a él. Yo le dije que ese nombre me sonaba, pero que hasta entonces no había leído nada de él. El nombre del escritor retumbó en mi mente más fuerte que la primera vez que lo escuché.

La tarde cayó con su abismal peso sobre mí, y me vi en la necesidad de pedir una dosis más de Lorazepan, para poder soportar la inminente oscuridad de mi habitación solitaria y llena de sopor. Solo me abrigó el pensamiento de que cuando saliera de allí debía leer algo de Cortázar, y resolver de una vez por todas el dilema de si en verdad estaba loco o solo le tenía miedo a la verdad de creerlo cuando oscurecía.

2

Recuerdo con claridad esa noche que llegué a San Ignacio a la unidad mental de la Javeriana. No dormí en toda la noche y al día siguiente me dieron un medicamento que me hizo sentir bastante mal. Esa mañana entré al baño y la luz que se filtró por la ventana me hizo sentir que aún debía vivir, aunque no lo quisiera.

Mi tío Hernando es psiquiatra y años después me preguntó qué había sentido cuando estuve en esa primera hospitalización; yo le contesté que era un tormento el hecho de despertar vivo cada día, pues así me sentí durante esos siete días en San Ignacio.

A mitad de semana, llamó mi atención una paciente muy delgada que, aunque lo deseaba con mucho empeño, no conseguía comer. Hablé con ella un par de veces y siempre sonreía, pero es imposible recordar su nombre, a pesar de que fuimos amigos por tres días.

Pasó casi la semana completa, mi mamá me visitaba siempre y estaba pendiente de mí, y ya estaba acostumbrándome al efecto de la Olanzapina. Uno de los últimos días recibí una grata visita: la de mi primo William. Vino vestido de corbata y me dio un fuerte abrazo al despedirse.

Casi no recuerdo el día de la salida; creo haber estado ansioso, pero no siento que fuera un buen día: en esas circunstancias volver a empezar una vida normal es duro, se siente como haber viajado a un planeta en donde todo se detiene y sólo quedan vivos tú y tu mente. Y mi mente –se los aseguró– procede con tanta violencia que estar a su lado no es para nada placentero.

3

Serían las 5 am; ya había tomado esa ducha fría que me calaba en los huesos y me despercudía el cerebro. Hacía mi recorrido por los pasillos del Pabellón 2 de la clínica. Siempre observaba a un paciente jugar con dos carritos muy pequeños por los corredores. Jaime tenía al menos 36 años, pero su edad mental era la de un niño de 4 años.

En el comedor, le preguntaba a Jaime: “¿De quién son los carritos?”. Y él me respondía: “Míos, míos”. Disfrutaba verlo jugar con sus carritos, y dos meses después de hacerle la misma pregunta todos los días, le dije: “Jaime, ¿me prestas los carritos?”. “Bueno”, respondió, y lanzó un carrito por la mesa del comedor en mi dirección. Con mucha atención, Jaime observó cómo yo cogía el carrito y lo movía por la mesa. Después de tanta medicación en mi cerebro, opté por realizar este tipo de catarsis y establecer un vínculo con pacientes como Jaime, para sobrellevar mi ansiedad.

El día que me fui de la clínica, traté de despedirme de él, pero además de su retardo mental, Jaime era autista, y difícilmente me miraba a los ojos. Al no lograr al menos darle un abrazo, le dije, por última vez: “Jaime, ¿de quién son los carritos?”. Y él me respondió sonriente: “Tuyos, tuyos”.

El próximo miércoles espera una nueva entrega de Días de clínica, por Gabriel Santamaría. Si te gusta lo que hacemos en Peces, comparte nuestros trabajos con tus amigos y síguenos en FacebookInstagram y Twitter.

Imagen de Devanath en Pixabay.

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