Cuentos de una especie perdida

Por María del Carmen Perrier | @mariadcperrier


De los creadores de “No puedo ser tu amigo porque no me diste like” y “Te quería más cuando no eras feminista” llega una nueva actitud para avisarnos que esta era no hace más que consumir nuestro sentido común y convertirnos en presa del diablo sentado en el hombro que espera una oportunidad perfecta como esta. Les presento: “Perdón por olvidarme de ti cuando estabas en otro grupo de WhatsApp”. 

Me disculpan si esto sale un poco abrupto. A fin de cuentas, estamos en plena revolución lunar y soy un extraño caso de cúspide entre Capricornio y Sagitario del 21 de diciembre de 1988. 

La cuestión que no logro entender es en qué momento nos volvimos tan básicos, tan fríos. Hablamos del concepto del ghosting y lo estudiamos como si la explicación no fuese tan sencilla como que nos volvimos unos verdaderos cobardes faltos de palabras y medios de expresión real. 

El ghosting es el despiadado acto de ignorar a un ser querido, cita o persona con quien comúnmente se tiene una relación de comunicación activa en los diferentes medios y acto seguido darse a la fuga después de una relación que aparentemente era importante. 

Se trata una actitud pasivo-agresiva que sufre aproximadamente el 50% de las personas y que tiene consecuencias emocionales gigantes que pueden ser devastadoras. Es una pócima maldita que vive entre el rechazo y el dolor, y que puede ser tan dañina como un intenso y persistente dolor físico.

Créanme, estuve de ambos lados. Y de cuando no fui lo suficientemente valiente para explicar qué era lo que me dolía y por qué me quise alejar, me arrepiento. No es como si alguien se hubiera acercado del otro lado a preguntar: “¿Qué pasa? ¿Estás bien? Podés confiar en mí”.  

Eso hubiese sido lo más fácil. La incapacidad emocional cuando viene de ambos lados es peor.

Pero cuando me tocó a mí preguntarlo después de dos años de recibir un trato despiadado (jamás explicado ni comprendido) lo pregunté. Busqué la respuesta, me armé de coraje. Temblé. Estaba negada a ser de nuevo víctima de semejante pavada fruto de una construcción de errores invisibles. Pero una de las respuestas fue: “Es que estamos en diferente zona horaria”. Si el ghosting es cobarde, esta respuesta es maléfica. 

Me gusta la gente que actúa en la vida con dignidad, empatía y completa ignorancia de que esto existe. Me gusta en especial porque, afortunadamente, cuento con personas en mi familia de una talla tan especial y única que son capaces de vivir así, sin esta parte ridícula. Ellos no planifican en modo “redes” o WhatsApp, planifican en modo “realidad”. Lo único que les importa es tener en cuenta a todos, no solo cuando necesitan un favor, y algo adicional muy básico: hacer algo por alguien muchas veces por el simple hecho de ayudar o hacerlos felices (y porque no cuesta nada ser un buen/a tipo/a). Fin de la historia. 

¿Que “no se me ocurrió tenerte en cuenta porque estás en otro grupo de WhatsApp”?. Gracias a que crecí con la magia del ejemplo de personas que están completamente por encima de una contestación semejante, es que algo así directamente no se le cruza a mi cabeza. No las comprendo, me es imposible pronunciarlo. 

¿Que qué me pasa? Me pasa que me enferma ver a la gente justificar malas actitudes o desconsideraciones que podían muy fácilmente ser una actitud amable para con otra persona con “leyes” invisibles que nos creemos válidas porque los medios en los que nos comunicamos ahora lo “habilitan”. Pero no, somos nosotros los que lo creamos y normalizamos. 

Me pasa que me niego a considerar válido que alguien está tratando de pasar un mensaje por no dar un me gusta o dejar de seguirte en una red social. Me pasa que vernos convertidos en humanos efímeros, débiles, superficiales y desconsiderados porque creemos que un “clic” en el mundo digital de alguna forma reemplaza las palabras me suena más a rebajar a nuestra especie a piedras, que evolución.

Me pasa que me cada vez me doy más cuenta de que nos estamos esforzando cada día para ser menos considerados, amables, sencillos y honestos ocultos en nuestras debilidades o en una pantalla que no nos da nada a cambio. Me pasa que escucho a la gente temerle al 2050 y a los robots, pero los robots ya están acá señores, somos nosotros. 

Me pasa que cada día más tengo la desagradable sensación de que somos, de hecho, una especie perdida. 

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