Iván

No se requería ser un experto para saber que esa casa no era más que una tumba prematura. Mal ideada desde sus inicios, cimentada en un acantilado de piedra volcánica, levantada en una estructura de ladrillos de cemento de esos burdos a la vista, una cubierta de asbesto, una letrina, un cuarto y poco más.

Este fue el infame lugar que el destino reservó para la muerte del mejor pescador con arpón a pulmón libre de la Vieja Providencia.

En medio de sus temblores, de su síndrome de abstinencia, de sus viajes, Iván revivió el día en que con el paña[1] Pizano enfrentó a un tiburón tigre con La Bañera a las afueras del arrecife. Estaban ya cerca de los sitios de caza cuando emergió un tiburón inmenso. El animal se perdió por un instante hasta que de pronto sobresalió nuevamente la gran aleta dorsal. Segundos después un golpe fortísimo estremeció la lancha y abrió un inmenso boquete que la condenó a la zozobra.

Entre viajes, temblores, espasmos y sacudidas, Iván vuelve brevemente al mundo de la cordura, le da un vistazo al terreno que una vez fue suyo y no deja de pensar en que en cierto momento la vida le había sonreído en ese paradisiaco rincón del Caribe llamado Black Bay.

Esa mañana de 1987 Iván parecía tener todo lo que hubiese podido desear, unas cabañas exitosas, un restaurante reconocido, una familia a su lado, y numerosos turistas que querían pagarle para que los llevase a vivir una experiencia única en el arrecife.

Recuerda, rodeado de fantasmas, que en ese momento, en medio del mar de los siete colores, no tuvo más remedio que, sin saber si el tiburón seguía al acecho, ponerse careta y aletas, y emprender un largo trayecto hasta la playa de Suroeste. Pizano intentó ir con él, pero reconoció a tiempo que la distancia que tenían por delante era superior a sus capacidades de nadador. Así que no tuvo más opción que permanecer adentro de un bote a media agua, a unas 3 millas náuticas de la playa más cercana, esperando que Iván llegara a Providencia sano y salvo y volviera a rescatarlo.

Pizano lo vio partir, al nado, desde el lugar en que tiraron ancla, motor, y todo aquello que le generaba peso a La Bañera, y por tres horas flotó adentro del pequeño casco de tablones destrozados que era la única protección que tendría en caso de que el dientón volviera.

La lancha era nueva, Pizano la había comprado para poder salir a cortejar a la famosa barracuda de los ojos verdes y lágrimas azules, pero ahora no era nada más que una frágil barrera que lo separaba de un tiburón tigre que, como ya había demostrado, podía hacer lo que quisiera con su trinchera de madera. Ya era tarde para pensar en el karma de los sobrenombres.

A eso de las once de la mañana el sol brillaba de manera intensa como lo hace normalmente en las épocas de Semana Santa y, sin embargo, Pizano no dejaba de temblar. Las vibraciones son las que llaman a los tiburones, se repetía, anticipando que los sacudones de su cuerpo terminarían por atraer a su ya conocido e indeseable amigo.

Iván fue un hombre jovial hasta el final de su vida, aún en su tenebroso ocaso logró mantener un particular sentido del humor. Probablemente una vida de niño explotado como buzo por su padre tuvo todo que ver en lo que fue el devenir de su vida. Obligado a buscar el elusivo coral negro, a ir cada vez más hondo, a ir hacia el abismo sin tener más línea de vida que sus incipientes pulmones. Quizás así se acostumbró a jugarse la vida siempre, y terminó perdiéndola poco a poco como quien se adentra en la profundidad del mar en busca de un fondo inexistente.

Fue en medio de los temblores incontrolables que tuvo esa mañana, en la cual el cuerpo le dijo no más, que se le vino a la memoria cómo se sacudían Pizano y La Bañera, a quien, mientras se les acercaban bajo un inclemente sol de verano, preocupados le preguntaron a qué se debían sus temblores.  Pizano contestó: “¡Pues será a este frío tan hijueputa!”.

Por: Santiago Ángel Jaramillo.

[1] Término de las islas para llamar a los colombianos del continente.