Lobos, parte I

Texto por Ana Joaquina Pérez

Collage de la artista Catalina Sierra, La reina de las pájaras 

Estoy convencida de que existen pocos lugares en el mundo en donde no hayamos escuchado o leído historias sobre lobos. Les compartiré la mía y, de entrada, quiero aclarar que lo que les cuento tiene como único propósito expresar algo digno de comunicarse. Escribo, como dice Schopenhauer, “para escribir”, nunca para engañar. Escribo para ser leída. 

Conocí el sexo y al primer lobo a los 6 o 7 años. En ese momento, por supuesto, no tenía ningún tipo de conciencia sobre lo qué era el sexo o lo que implicaba: ¿Quién a sus 6 años, hombre o mujer, piensa, conoce o habla sobre sexo? A esa edad realmente y hasta pasados los 15, a mí lo único que me interesaba eran las muñecas, las historias que inventaba mi papá todos los días para hacernos reír o enseñarnos cosas; los días de juegos con mis vecinos y las canciones que mi viejo siempre me cantaba. 

Él no tengo idea en que PUTO mundo vivía. ¿Qué le pasaba o cómo eran sus padres y su vida familiar? De hecho, hoy pienso que no debió ser para nada lindo lo que le rodeaba. El lobo es mayor que yo, 3 o 4 años. No lo tengo claro. Jugaba con mi hermano y los chicos del pueblo porque eran su manada. Sin embargo, un día común, uno de esos de soles resplandecientes, temperaturas de 30 grados y tierra con olor a café, humo y ceniza; con un descuido de mi mamá, el lobo llegó a mi casa solo (es decir, sin mi hermano ni los otros de la manada). 

Recuerdo todo. Y pensar que tenía 6 años (esta sin duda es una de las afectaciones innegables de las violaciones sexuales). El lobo con sus ojos rojos. Tenía un aspecto de susto que, hasta hoy, reconozco, pero también, se movía sin control. Como un adicto que necesita su droga: manos y piernas temblorosas. Yo jugaba cerca a la “batea” donde mi mami, los fines de semana, lavaba a mano la ropa de todos: la de mi papá, Jorge y Julio (mis hermanos), la de ella y la mía. Sin más el lobo comenzó a hablar, al igual que en el cuento: “¡Qué ojos tan lindos tienes! Acompáñame a hacer algo. No te voy a demorar. Es solo un segundo”.

Yo jugaba y no le prestaba atención, estaba en mi casita de muñecas imaginarías, pero el lobo me tomó de la mano y me llevó a un garaje cercano a la casa de mi abuela. A pocos metros de la “batea” y si, para no andar con rodeos, me comió: me quito mis calzoncitos, me puso de espaldas, empezó y terminó. Sufrí de abuso sexual a mis 6 años. Es la primera vez que lo digo públicamente. Y no me importa si se convierte en un escándalo porque de esa niña que fui ya no queda mucho. He podido aprender a vivir con eso, aunque a veces tengo pesadillas. 

Esto que les cuento es solo el comienzo. Tristemente, me ha tocado conocer a más de un lobo y aquí, después de mucho meditar, pelear con el tema; después de noches de insomnio pensando en si escribir o no, me di la oportunidad de hacerlo.  

Del abuso, en cualquiera de sus formas, he hablado pocas veces con mi familia (en donde por supuesto encontré lobos de los cuales les contaré más adelante). No lo hago porque para ellos esto que cuento JAMÁS lo hubieran aceptado o si quiera validado, cuando lo viví y quise contarlo. Mi familia, al mínimo pedido de auxilio, me hubieran tratado de mentirosa o, lo peor, de loca (como he visto que le pasa a la mayoría de niños atendidos en consultas psicológicas, su miedo y su negación a contarlo porque sus padres o familiares son los primeros protectores de los lobos).  Pero, de lo que sí estoy convencida hoy, es que existen dos formas que representan la cúspide de la crueldad para mí: el asesinato y la violación. La primera, acaba con la vida, la cual sabemos es un milagro. La segunda, mata el alma. Y es peor vivir, habitar en un cuerpo, con el alma muerta. Por eso, mi momento de callar acabó, porque somos pocas las personas (niños, adolescentes, adultos o mayores), que logramos llevar una vida en paz luego de una violación. Y lo digo no desde la “especulación”, sino desde la certeza, por el trabajo que he tenido con víctimas y por mi experiencia personal. 

No esperen encontrarse en mis escritos relatos tristes porque este especial de lobos, habla sobre otra cosa: sobre el verdadero valor. El valor, ante todo, para sí mismos. Tal vez nos falte mucho para ver un sistema familiar, legal y social que nos apoye. Que pase de la habladuría al entendimiento y, sobre todo, a la acción. Pero nos tenemos los unos a los otros. 

Entre nosotros nos entendemos y sabemos que no estamos solos. Que la violencia sexual, psicológica o de cualquier tipo es el “pan de cada día”. Y yo, contándoles sobre los lobos que me han atacado, tal vez, puedo dar ideas a otros sobre cómo deben protegerse, cómo pueden lidiar o convivir con sus experiencias y, sobre todo, emito un llamado al cuidado de los niños y niñas que son frágiles y los más expuestos. Mis entradas son para decirle “NO al miedo” y reconocer que podemos sanar en la medida en que nos curamos las heridas y decidimos, ante todo, vivir. 

Collage de la artista Catalina Sierra, La reina de las pájaras

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