Lobos entre amigos, parte III

Texto por Ana Joaquina Pérez

Collage por Catalina Sierra, la reina de las pájaras

Sabana Nueva, de donde soy, es un pueblo del Valle del Sinú en la Costa Caribe colombiana en donde abunda el arte: la poesía (tradicional y moderna), la música, la pintura y la escultura. El pueblo se distingue, además, por su composición fenotípica (genes y medio). Mujeres y hombres blancos, de ojos azules o verdes, de estatura alta y cuerpos esbeltos, e inteligentes. Aún hoy, en las noticias locales, hablan de la belleza que existe por doquier en Sabana Nueva, producto de la colonización española y su interés en quedarse en ese pedazo de tierra. Ahí crecí.

Recuerdo a mis abuelos cantar boleros y rancheras, escribir y recitar poemas. Crecí arrullada por mi padre que me enseñó el gusto por el vallenato, la literatura y la poesía. He sido, de grande, lo que soñé de niña, pero “no hay peor pesadilla”, dijo Deleuze, “que ser prisioneros de los sueños de otro» y eso es lo que somos para los lobos. 

María era mi amiga de infancia. Crecí con ella amando lo mismo: cantar, bailar, leer, escribir, soñar, y, sobre todo, vivir. No era extraño que desde pequeña mis papás me enviaran a Montería (casi un mes) a pasar las vacaciones del colegio al lado de su casa. Un día, ya mayores, nos encontramos. Me presentó a su novio y a ambos les conté que me acababa de graduar del pregrado y que no había hecho nada para celebrar porque en casa las condiciones no eran las mejores, en todo sentido. 

María y el lobo (su novio, aunque no sé si ella sabía que el tipo era un violador), me dieron las felicitaciones y me invitaron a celebrar. Insistieron en que debíamos viajar el fin de semana a la finca de él para que fuera feliz. No tuve dudas sobre la invitación. ¿Cómo decirle que no a mi mejor amiga? Así que emprendí el camino al bosque, como cuando caperucita va a visitar a la abuelita enferma, solo que yo de caperucita estaba en un plan distinto, el de festejo. 

Llegamos a la finca y todo bien (dentro de lo normal). En el lugar estaba el cuidador, el lobo, mi amiga Mari y yo. Nadie más. Pronto, el lobo sacó vino para empezar el día. Mari trajo marihuana natural y papeles para ellos armar su parche, aparte de la sorpresa no me escandalizó (yo nunca la había visto, ni sabía nada del tema), a fin de cuentas, eran sus gustos y yo nunca he servido para juzgar a nadie. 

Entre vinos vimos caer la tarde, conversamos de todo: de nuestras historias de niñas, cuando lideramos un equipo de más de 35 pequeñitas bailando villancicos por las calles de Montería y llevando alegría a la navidad de los barrios, nuestras travesías de patinaje, los primeros besos con los chicos del barrio, en fin… El lobo solo se reía y se portaba como un galán. Yo sentí que Mari era amada y eso era motivo de felicidad para mí. 

La noche llegó y con ella, las ganas de seguir la fiesta. El lobo nos invitó a rumbear. Nos contó que había preparado todo para irnos a un lugar en la ciudad y que teníamos un conductor contratado, nos dijo que nos pusiéramos más lindas y ¡a seguir divirtiéndonos! Así que ellos a su habitación, yo a la mía. En media hora estábamos listos y el chofer nos esperaba en la puerta, para llevarnos a la disco. 

Allí estábamos. Riéndonos, bailando y disfrutando. Sin embargo, en cuestión de dos horas, como siempre me pasa, me sentí aburrida, con cansancio y decidí decirle a Mari que le dijera a él que nos regresáramos a casa. Mari estaba borracha, yo no. Tengo en mi memoria las pocas veces de borracheras porque mi único exceso es amar. El lobo apareció con una cerveza en la mano y me dijo: “No te preocupes, ya llegaron a recogernos”. Mientras íbamos en el carro me ofreció algo para tomar y no sospeché nada, señores, pero el lobo, me drogó. 

Empecé a sentirme mal en cuestión de segundos, aunque mi reacción no fue la que él esperaba. La droga que me introdujo en la bebida es utilizada normalmente para dopar animales (caballos, vacas, etc.) y, según la revisión médica y mis exámenes de sangre, mi organismo la había combatido demasiado bien. Salí a mi habitación corriendo y él, al verme mareada y alerta, se abalanzó sobre mí para tocarme. Estábamos en la sala de la casa y en mi lucha porque él no lograra su cometido, veía cómo el cuidador de la finca metía a mi amiga Mari cargada al cuarto. No sé si solo borracha o drogada también. 

Corrí como pude y me encerré en la habitación a llorar a mares y a rogarle a Dios que pronto amaneciera. Entré también al baño de la habitación y allí también me encerré. Incluso, tomé una silla y como si fuese una película, la puse entre la chapa de la puerta por si el lobo volvía. Abrí la regadera y tomé toda el agua del mundo rogando que me sirviera para mantenerme despierta y que el mareo pasara. Allí amanecí, mojada y golpeada en el cuerpo y el alma. Pero me defendí. 

De las cosas que le agradezco a la vida es haberme hecho valiente y el haber crecido entre cosas que aparentemente son para hombres, como haber estudiado en un colegio militar y tener una personalidad rebelde: tiene muchos beneficios. La pelea con el lobo fue tan dura, que terminé con la boca partida de un golpe. 

Apenas fueron las 6:30 a.m., salí del cuarto sigilosamente, con mi morral y en puntillas, escapé de ese lugar que quedaba a unos metros de la carretera. El cuidador no me vio. El lobo no estaba allí. Tomé el primer bus que pasó directo a Montería y, en el camino, llamé a un amigo que trabajaba en una división de antinarcóticos del país y le conté lo que me pasaba. Él no dudó un segundo y me transfirió a un amigo en la Fiscalía de la ciudad, quien me recogió. Luego pudieron hacerme una valoración física y psicológica y me explicaron todo el proceso para denunciar. Pero ese es otro cuento que merece un escrito completo. 

Uno tiene dos opciones en la vida: perderse o recobrar su identidad a través de todo lo que le acontece. Yo escogí la segunda. En mi vida, estos han sido algunos de los casos de violencia a los que me he enfrentado y en una misma modalidad: sexual. Es la primera vez que cuento esto de manera abierta, porque pude hacerlo de a poco y, este especial de lobos no hace una apología a mi fuerza, a las veces que me salvé, o a la capacidad que he tenido para aprender a comprender las situaciones y vivir con esto. Todo lo contrario: sigo sanando y siendo quien soy a pesar de los daños. 

Verdaderamente no me asombra que los casos de violencia sean tan comunes. Creo que las víctimas superan cifras como las citadas por el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses que indicó que, entre enero y mayo de 2020, se practicaron 7.544 exámenes médicos legales por presunto delito sexual, de los cuales 6.479 fueron realizados a menores de edad. 

La vergüenza es la peor forma de hablarse así mismo y, creo que muchas personas al leerme, seguirán descubriendo cosas sobre mí que jamás imaginaron. Otras se escandalizarán y no sé qué más podrá pasar en sus corazones al escucharme entre letras. Pero, de lo que sí estoy segura, es que todos deberíamos estar alerta protegiendo a los que amamos.

Me siento libre al haber compartido un poco de mi vida aquí. Quienes me aman no han de hacerle mofa a mi preocupación por los problemas sociales. Escribir hoy, que tengo sobrinos (Vale, Uchi y Jero), es empezar a actuar por ellos. Mantenerme con la ilusión de que mi proceso de sanar sirva para que a ellos nunca les suceda lo que a mí me pasó.

Escribo con la esperanza de que aquellos que han sufrido, pasando por esto, entiendan que no es su culpa y que puedan alzar sus voces para seguir adelante viviendo, superando, perdonando. Y finalmente, escribo con la ilusión de que nuestro sistema social y legal se fortalezca y que los casos sean tratados con la importancia que merecen las víctimas. 

Lee las otras dos entregas del Especial de Lobos escrito por Ana Joaquina aquí:

Lobos, parte I

Collage de la artista Catalina Sierra, La reina de las pájaras

Lobos en casa, parte II

Collage de la artista Catalina Sierra, La reina de las pájaras

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