Lobos en casa, parte II

Texto por Ana Joaquina Pérez

Collage por la artista Catalina Sierra, La reina de las pájaras

Colombia tiene nombre de mujer, y yo no creo en las coincidencias. Históricamente la mujer ha sido víctima en múltiples formas de violencia y aún, no vencemos la situación. Como este especial no es sobre tragedia, la historia de hoy se la dedico con amor a las mujeres de mi familia. 

Mis abuelas, Aura María de 98 años y Carmen Alicia, de unos 80 pasaditos, al igual que sus hijas -un enjambre de chicas-, son mujeres de campo. No soy la excepción y, amo oler a tierra, a río y a flores. Según el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC) el 99,6% del país está conformado por zonas rurales. Según el DANE Colombia tiene una población total de 48’258.494 personas de las cuales más del 50% son mujeres, y más de 11 millones viven en las zonas rurales (podría incluso ser más de 30% con las disminuciones alertadas por la FAO u otras organizaciones en los últimos años).  Por tanto, quienes somos de campo, somos el país. 

Así mismo, vivir en el campo me ha hecho mirar con lupa las realidades de las mujeres rurales con respecto a temas como la vulneración de sus derechos fundamentales, en especial, el derecho a la vida. Mi mamá fue el tercer parto de mi abuela que tuvo 9 hijos. A mi abuela la casaron obligada a los 16 y su esposo (el abuelo), la embarazó casi que a punta de violaciones. 

Cuando me cuenta su historia, mi adorada Alicia, se compara con un animal y exclama: “¡yo no sé cómo estoy viva! Todos los hijos los parí en casa, ¡Hasta las mellas! (se refiere a mi mamá y su hermana, que son gemelas idénticas). No sé cómo pude ser capaz de tenerlas a las dos completamente sola, pariendo como un animal. En más de una ocasión, me di por muerta”. Más adelante mi mamá me cuenta cómo ellos, escondidos entre las camas, veían a mi abuelo llegar borracho y entre malas palabras, y rudezas, procedía a abusar de Alicia. Por tanto, con lobos en casa hay más víctimas. 

Me fui a vivir a casa de mi abuela Alicia a los 9 años. Salí del pueblo donde vivía a estudiar a la ciudad porque mis padres querían mejores oportunidades para mí (bastante comunes en las migraciones del campo a la ciudad). Llegué a Cereté, Córdoba, y la adaptación no fue fácil; no porque el cole no fuese agradable sino porque en casa de la abuela había dos lobos. 

Viví 5 años o más donde mi abuelita.  Recuerdo lo bonito de haberle aprendido a ella el amor por Dios, la espiritualidad, el respeto y perdón por todo. De mi colegio, que era de carácter militar, aprendí disciplina y desarrollé fuerza. Siento que, si no es porque allí aprendí a entrenar, a ser enérgica y valiente, me hubieran comido los lobos de nuevo. Pero esta vez NO. 

Nunca me desnudé para asearme mientras estuve en casa de mi abuela, me bañaba vestida. El primer lobo (un tío),  mucho mayor que yo, de 25 años o más, me espiaba todo el tiempo por las rendijas del baño y se masturbaba. Pude encararlo a pesar de ser una niña porque me di cuenta y como él sabía que yo sabía, no me tocó. Pienso que en el fondo, me tenía miedo. 

En las noches cuando mi abuela y mi tía me enviaban a dormir, el lobo entraba al cuarto del lado, se volaba la pared (que separaba ambos cuartos) y, se acercaba con intenciones de tocarme. Yo no dormía, me mantenía en guardia.  Recogía mis piernas y me sentaba en la cama a columpiarme, con los brazos pegados a las rodillas y cantando despacio (sin causar tanto ruido). De inmediato, él sabía que no podía tocarme y se regresaba saltando una vez más la pared con su plan frustrado. 

Un día, la novia de otro de mis tíos, que se había quedado viviendo un tiempo en la casa, de madrugada sorprendió al lobo observarme (por la rendija del baño) y de inmediato puso la alerta. Ya tenía yo unos 14 años cuando gracias a ella, pude contarles a mis padres lo que me había sucedido por tanto tiempo. Y no señores, no era el único lobo. También mi abuelo con su costumbre de abusador intentó tocarme más de una vez. Este con una táctica distinta. Me ofrecía dinero, me decía que le aceptara y que le dejara tocarme. Jamás lo hice.  

Muchos niños y niñas no denuncian a sus lobos por la forma en que son tratados en casa.  Lo sé porque cuando me pasó no tuve la confianza de acusar a mis Lobos ya que, a la fecha, tengo la certeza de que en el momento en que denunciara lo que me estaba sucediendo, dirían que era un invento, un producto de mi imaginación.  Aunque en el fondo mi mamá, mi abuela y mis tías, supieran que no había nada más cercano a la realidad. 

Tantas noches sin poder dormir bien por el lobo. Tantos fines de semana llorando a mares y rogando a mi mamá para regresar a casa con ella. Pasaron años y siento que, aparte de mi fuerza espiritual, Dios me cuidó y es un milagro que mi tío o abuelo no me hayan violado. Como un golpe de suerte. 

No soy amante del olvido y pienso que nadie debería serlo. Serlo es un peligro. No culpo a mi familia por los lobos que hay en ella; pero sí los responsabilizo de actuar como si no existieran y me enoja ver cómo en muchos de los casos de violación sexual o emocional que he conocido, incluido el mío, la familia es el primer cómplice. 

Aún me asombro al notar que mis papás no hicieron nada. De hecho, mi mamá jamás le habló a mi tío, su hermano (mi lobo) o a la familia sobre lo que él me hizo. Simplemente lo dejó así. Y creo que conté con suerte porque sé que, si el lobo me hubiera comido, estaría muerta. 

Siento que los viajes son pruebas para la sabiduría. Me fui de casa pequeña y, aprendí, no solo a defenderme, sino a encontrar en mi entorno -colegio, casa, amigos-, la fuerza necesaria para enfrentar situaciones que no son normales. Aún soy así, y es lo bonito de sobrevivir. Lo cierto es que la gente como mi tío o mi abuelo, deberían ser tratados; y todos deberíamos cuestionarnos sobre cómo ayudar, apoyar o hacer visible, los casos de otros que no han contado con mi suerte. 

Definitivamente tengo una pelea casada con la gente que, aunque habla de los problemas, termina prostituyéndolos. Hay más gente abusada de lo que dicen las estadísticas. Muchos sufren en silencio y no son capaces de reconocerse como víctimas o victimarios porque huyen de sí mismas, de su dolor o de sentimientos de inseguridad y de la exposición pública. Por tanto, deseo permitirnos pasar de este optimismo barato, de cliché, de palabrerías, redes sociales y demás, a actos concretos de protección y respaldo hacia los otros.  

Escribo para no victimizarnos más y a los que han sufrido esto, a ellos los ánimos a que se atrevan a verse en el espejo y reconocer lo que sienten. A llamar a los lobos por sus nombres y con eso, empezar a sanar y soltar la culpa. 

2 comentarios en “Lobos en casa, parte II

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