Mi tía Neyla

De niño cuando revisaba los álbumes familiares que mi mamá organizaba por eventos, grupos o lugares, encontré una fotografía que me traía mil recuerdos. Recordaba el momento en el que fue tomada, yo tendría 5 años, un instante de emoción porque estábamos en el centro de la ciudad, caminábamos con mi hermano, mi primo, mi tía y éramos felices. En la foto aparecemos los tres niños de pie, en orden de estatura, comiendo sandía y custodiados por mi tía en la parte de atrás. Así era ella, protectora, sigilosa y llena de amor.

Mi tía era hermana de mi papá, personas serias que tuvieron que trasegar por los embates que, en un país rural y violento, les hizo desplazarse, armar viajes inesperados e inventarse nuevas vidas cada tanto. Su nombre era Neyla. Una mujer que, según cuenta mi madre, su amiga incondicional, era tan solidaria que siempre tenía un pedacito de lo que fuera para ofrecer a los demás. Amaba a sus sobrinos, a su hijo, a sus hermanos y aunque la vida le hizo ser fuerte y aguerrida, nunca dejó de velar por los otros, así fuera con lo poco que siempre tuvo.

En la foto que me llamó siempre la atención, aparecemos en el centro de Ibagué, vestidos de campesinos, en plenas fiestas del folclor. Ese día mi tía decidió llevarnos a dar una vuelta para que viéramos los bailes, los disfraces y esas expresiones del campo que tanto le gustaban. En su mirada reflejaba la nostalgia que los años le trajeron y que fue acumulando a lo largo de su vida. 

Ella llegó a la ciudad desde la finca de su padre, luego de una aventura que le costó y de la cual tendría que hacerse responsable. Ya en casa de una prima, pasó por múltiples trabajos como ayudante de almacén, encargada de ventas, mesera y cuidadora de niños.

Una mujer joven, sola, llegada del campo a una ciudad en la que conocía a muy pocas personas, llena de angustia y de cierto desespero, decidió trabajar en lo que le ofrecieron o le salió con tal de no morir de hambre y poder sobrevivir, esa fue la situación de mi tía Neyla a su llegada a Ibagué. Una ciudad que, aunque no era muy grande, sí tenía, para la década de los 70´s, vestigios de la violencia que le hacían dar un poco de miedo, un monstruo que siempre debió enfrentar.

Después de múltiples trabajos, cuidar niños, asistir abuelos, limpiar casas, vender cosas, mi tía llegó a un hospital para hacer oficios varios, esta sería la oportunidad para estabilizarse, poder ahorrar y comprar un pequeño lote en un barrio nuevo y en el que, poco a poco y con mucho esfuerzo, edificaría la que más tarde sería la casa de toda la familia.

Neyla siempre fue delgada como se ve en la foto, pero cuenta mi madre que durante la construcción de la vivienda adelgazó muchos kilos más. Ella iba y ayudaba a levantar los muros de su nuevo hogar, pegaba ladrillos, limpiaba los escombros, pintaba, ayudaba a diseñar sin saber del tema y cuidaba cada detalle para que los maestros no hicieran algo que no había planeado. La casa tendría sala comedor, cuatro habitaciones y un patio grande. La había pensado para darle posada a sus hermanos, como efectivamente sucedió con mis tíos, mi papá y su familia, cuando decidieron también migrar a Ibagué.

La casa de mi tía fue la casa familiar durante mucho tiempo, incluso después de irnos a la nuestra, a mi hermana mayor decidieron celebrarle su fiesta de primera comunión allí, lugar de encuentro y punto de ebullición emocional como las casonas matronales, a las que siempre llegan todos porque está una tía o una abuela que les congrega.

Después de un tiempo de trabajo, de ayudar a sus hermanos, de levantar una vida en la ciudad, la tía Neyla quedó embarazada. Nunca fue protagonista de una bella historia de amor, ni mucho menos de romances que la llevaron a las estrellas. Su hijo sería resultado de una relación poco importante que solo le dejaría a ella el premio de ser mamá. Ser madre soltera y asumir que en medio de una sociedad conservadora ese no era el camino ideal, le costó muchas discusiones entre sus hermanos y también con sus jefes o demás personas que le juzgaron. Ella tuvo su hijo en 1983, y este se convirtió en su nuevo proyecto de vida. Camilo, lo llamó, como mi abuelo, como mi padre, como mi hermano.

Camilo Andrés, el hijo de mi tía, sería su nueva motivación. Levantar a un niño como madre soltera, trabajar, ser hermana, compañera y mujer, era para esa época un reto que se le presentaba como su estilo de vida. Neyla logró lo que muchas personas venidas del campo anhelan en la ciudad: tener una casa, un trabajo y una familia junto a su hijo.

Ya para 1985, como ayudante en el hospital, la tía tuvo que atender a los damnificados de la tragedia de Armero, ver cómo se sumía en llamas el Palacio de Justicia en Bogotá y proyectar la vida de su hijo para el cual ahorraba, porque lo quería médico, piloto, ingeniero, abogado o cualquier profesión que le permitiera salir adelante y no tener que pasar por los lugares que ella tuvo que recorrer.  Ese miedo suyo con el que siempre luchó, ahora lo depositaba en el futuro de su hijo.

Como se ve en la foto, mi tía siempre estaba seria y con una mirada profunda, ese fue el último día que estuvo con nosotros y la última foto que se tomó. Por sus múltiples labores, lo pesado del trabajo, el estrés acumulado y, por qué no, el peso de una vida llena de lucha y dolor, la tía Neyla sufrió una embolia cerebral y para 1986, murió.

Esta historia siempre me la contaba mi mamá cuando nos sentábamos a ver de nuevo las fotos y las imágenes de la familia, cuando llegábamos a este retrato de la tía con su hijo y sus sobrinos, mi madre siempre me la volvía a contar. “Lloré mucho el día de su partida”, me decía, “porque como Neyla, nunca antes ni después volví a conocer una persona que entregara todo por los otros y diera, hasta el último momento, la vida y el amor por lo que más quiso: salir adelante en un mundo lleno de adversidades y edificar lo mejor para su hijo y para los suyos”.

Esta historia me recuerda mi pasado. Hace que, en cierta medida, le dé sentido a lo que he vivido y entienda de dónde vinimos y cómo hoy, mis padres, mi familia y yo, somos gracias a una tía, a una historia, a una vida.   

Camilo Andrés, llevado de la mano por mi tía Neyla (derecha) y Flor María, mi madre (izquierda).

Otras publicaciones sobre el especial del Pasado:

Curandera, por María Alejandra Acosta.

4 comentarios en “Mi tía Neyla

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