¡A mí que la muerte me pille bailando!

Por Stephanie Quijano Plata

Si hay algo que me caracteriza es que siempre tengo una sonrisa en la cara.

Siempre que las amigas de mi tía me ven, me dicen: “¡Niña como estás de bonita! Recuerdo cuando estabas pequeña, ¡siempre sonriente!”. Lo que ellas no saben es que entre mis 8 y 12 años, era dentona, tanto que mis dientes sobresalían cuando cerraba la boca, por lo cual mis primos me apodaron Bugs Bunny. Ser dentona hacía que mi sonrisa fuera inevitable –aunque por lo general estaba feliz por dentro–.

En las fiestas de cumpleaños, solía ganar los concursos de baile. La verdad es que tengo exceso de sabor bailando –no vayan a creer que soy creída, pero es así–. Cuando bailo, mi cara de goce se parece a la de Celia Cruz diciendo “Azucaaaaar”. Para las coreografías no tengo mucha coordinación. Lo mío es el baile en pareja.

Mi infancia en medio de todo fue muy feliz. Y digo “en medio de todo”, porque entre mis 10 y 12 años perdí a mis dos papás. En ese entonces no era consciente de esa pérdida ni de todo lo que me iba a traer el acumular tanto por dentro, el esconderme en esa cara de alegría y no permitirme sentir dolor.

Las horas más largas de mi vida

En las vacaciones de mitad de año de 2011, una prima –a quien tenía mucho tiempo sin ver– me llamó para invitarme a ir a la Isla Barú, junto con otro primo y sus hijas. Me encantó la idea, porque yo amo la playa, así que emprendimos carretera hacia Cartagena, un viaje de solo hora y media desde Barranquilla, en donde tomaríamos un ferri que nos llevaría a Barú.

En el viaje en lancha se veía un mar azul, puro, y yo no dejaba de mirarlo. Se me erizaba la piel de tanta emoción. Escuché que el lanchero le decía a mi primo que él era instructor de buceo, que si quería al día siguiente le daba unas clases y yo quede con la idea en la mente: “De aquí no me voy hasta que bucee”, me dije.

Llegamos a una cabaña privada donde sólo estábamos nosotros. Esa noche llovió a cántaros y yo tenía miedo porque en esos tiempos le tenía pavor a las tormentas eléctricas. Al final logré dormir, y bien temprano en la mañana del 7 de julio, me levanté, vi pasar a mi primo con el equipo de buceo y le dije: “¡Llévame!”, él me respondió: “¡No, quédate aquí!”, pero le supliqué que me llevara hasta que él dijo que sí.

El mar estaba bastante picao’ y revuelto por la lluvia de la noche anterior. Cuando paró la lancha, me puse el equipo de buceo y entré al mar. Tenía mucho miedo, pues era mi primera vez buceando. El instructor de buceo le dijo al conductor de la lancha que acelerara un poco para buscar un lugar donde estuviese menos revuelta el agua, sin darse cuenta de que yo estaba agarrada del borde. En el momento en que aceleró la lancha, sentí que algo pasó por mis pies y me empujó al fondo del mar. Con esfuerzo logré flotar y gritar muy fuerte.

Cuando me sacaron del agua, me di cuenta de que el miedo que tenía se quedaba corto frente a lo que me había sucedido: mi pie izquierdo colgaba de la pierna y mi pie derecho estaba bastante lastimado, pues la hélice de la lancha pasó por ambos pies. Salimos de inmediato para Cartagena, y en las tres horas de trayecto nunca perdí el conocimiento. En ese momento pensaba mucho en mi futuro, en qué iba a ser de mí, pensaba en qué me iban a decir en mi casa. Dejé de sentir dolor físico, pero lo que más sentía era miedo. Me sentía tan vulnerable que pensé que allí se me había acabado la vida.

Barú, más allá de tener un mar precioso, es un pueblo en donde hay demasiada pobreza. Las calles están sin pavimentar, las casas son en material de barro y bahareque, y sus habitantes viven del rebusque, día a día. En ese momento, en el centro médico solo estaba el médico rural que me realizó los primeros auxilios –sin los cuales quizá no podría estar contándoles esta historia– y una enfermera a quien le pedía me dopara, porque yo no aguantaba más el dolor. Ella me decía que ya me había inyectado analgésicos y que tenía que ser paciente.

La hora que pasé en el centro de salud fue eterna. Fui el centro de atracción del pueblo, la gente entraba a mirarme y veía en sus caras la magnitud de mi tragedia. A todos les preguntaba si me iban a salvar el pie, pero nadie respondía, nadie sabía. Una parte de mí me decía que él iba a seguir allí pero otra empezaba a imaginar cómo sería la vida sin un pie. No sabía nada de ese mundo que me esperaría, y la incertidumbre era mi gran credo en ese momento.

Tras otras 3 horas, mi primo y la policía del pueblo lograron trasladarme en lancha a Cartagena. El dolor era cada vez más fuerte. Yo solo cerré los ojos y le pedí mucho a Dios que pudiera seguir con mis dos pies. Cuando llegué al hospital de Boca Grande, lo primero que escuché fue: “¡Debemos amputar!”. Mi corazón empezó a latir cada vez más rápido, la verdad se acercaba y yo solo quería escuchar: “Sigues con tus dos pies”.

Cuando desperté de la operación, pregunté: “¿En dónde está mi pie?”, pero nadie me respondió. Muy adentro de mí sabía que ya no estaba, lo veía en las caras de mis tías, de mis amistades, y yo, llena de cobardía, no era capaz de levantar la sábana y mirar, hasta que el siquiatra llegó y me dijo lo que yo no quería escuchar: “Amputación de tercio distal izquierdo”. De manera que mi pie ya no estaba, ya no me pertenecía.

Una que otra lágrima cayó por mi mejilla. Por dentro sentía mi orgullo pisoteado, ¿cómo iba a ser que Stephanie Quijano iba a andar como una “mocha” por el mundo? ¿Cómo me iba a mirar la gente? ¿Con desprecio? ¿Con lástima? ¿Adónde iban a quedar mis sueños de viajar por el mundo? ¿De ser grande? ¿De ser una diplomática? La vida de repente se me desmoronó…

Sí, como me faltaba un pie, creía que iba a ser menos en este mundo. Que ya no podría volver a sonreír.

En la cumbre mundial de voluntariado, después de 3 meses de haberme accidentado, me choqué con la realidad, las miradas, las preguntas incómodas, pero en este lugar conocí gente maravillosa que me animó con su experiencia.

Vestí de negro a la vida

Los primeros días después del accidente fueron muy tranquilos. Mis amigos estaban todos los días conmigo, pues eran vacaciones de mitad de año. Pero pronto llegó el momento de enfrentar la realidad, de sentir soledad y cuestionarme acerca de qué iba ser de mí.

Siendo sincera, me eché a la petaca. Ese semestre seguí mis estudios en casa, porque no quería que nadie me viera con el jean colgando, y me rehusé a ir a la universidad. Convertí mi vida en un conflicto: terminé la relación que tenía, no quería salir de la casa, todo me fastidiaba, me adelgacé, me culpé muchas veces por lo que pasó y, en fin, vestí de negro la vida, por decisión propia.

A finales del 2011, pude recibir mi primera prótesis y, aunque no era la más bonita, no me creerían si les dijera que duré dos horas mirándome en el espejo: ¡me sentía en la gloria!

Tuve que aprender a caminar otra vez porque mi pie derecho tuvo fractura de peroné, así que usé sillas de ruedas y muletas por un tiempo. Hoy en día, recuerdo algo muy sabio que un amigo me dijo: “Quijanito, haz de cuenta que eres como un bebé que está aprendiendo a caminar”. Y así fue: primero fue aprender a ponerme de pie apoyada en mi pie derecho, que dolía mucho y me hacía sentir que nunca iba a volver a caminar. Aprendí a ser muy hábil con las muletas, a moverme muy bien con ellas.

Después de 6 meses con las muletas, vino el primer proceso de la prótesis, un proceso doloroso porque el muñón (parte que queda después de la amputación) duele –y mucho–, por lo que hay personas que prefieren no usar la prótesis. Al principio usaba la mía con las muletas porque sentía dolor, pero un día me armé de valor y acomodé la prótesis con varias almohaditas pequeñas, de manera que me sirvieran de colchón y logré caminar sin muletas. Hoy en día la gente no nota casi que tengo una prótesis, obvio que sí tengo un caminado “extraño”, pero cuando crees que te vas a quedar toda la vida caminando en muletas y de repente logras caminar sin ayuda de absolutamente nada, te sientes en la gloria, a pesar que el caminado no sea perfecto. 

En las fiestas, sentada en una silla, veía a mis amigos bailar y me moría de ganas por estar con ellos. ¡Qué frustración tan grande! Así que me dije: “Si vuelvo a ponerme en dos pies, prometo que nunca me quedaré sentada en una fiesta”. Y para que vean cómo es de grande la vida, en el año 2013 fui a un retiro espiritual sobre meditación, y adivinen qué, ¡bailé! Sí, ¡bailé! Fue mi primera vez bailando con una pata. Ese momento lleno de magia y felicidad pura quedó plasmado en este video:

Cada día me soy fiel a mi promesa de nunca quedarme sentada cuando haya música, porque nunca se sabe cuándo será la última vez, y ¡a mí que la muerte me pille bailando!

Al mes de haberme accidentado, viajé a Bogotá para una convención de una organización que se llama Kiwanis International y me llevé la gran sorpresa de que Nelson Cardona, un alpinista amputado, era el conferencista. Ese día por fin pude hablar con alguien, de TU A TU, sobre el ser mochos . No paré de llorar.

No se imaginan cuánto he ganado

Ante esta situación, tenía dos opciones, nada más: lamentarme por lo que había sucedido o seguir adelante con lo que tenía. Opté por la segunda. Primero tuve que sanarme, explotar, llorar, sacar todo lo que estaba dentro, aquello que no me permitía cerrar el capítulo y continuar. Mi familia y amigos me decían: “Stephanie, puedes tirar la toalla, pero eso sí, la recoges enseguida”. Y eso hacía.

Tenía días oscuros en los que la canción de Pablo Milanés se asomaba: “El breve espacio en que no estás”, le cantaba a mi pie ausente, a ese que nunca será reemplazado. Hoy en día tengo a “Paqui” –la pata de Qui, como le dice mi esposo de cariño–, que, aunque “no es perfecta, más se acerca a lo que yo simplemente soñé”, como canta Pablo.

Había otros días en que Rosana me cantaba: “Se cae primero el que se ve vencido, el que no arriesga más de lo debido”, y me quedé con esta canción como himno de vida para recordarme que, por más que la situación difícil parezca gigante, uno decide qué color le pone.

¿Fracasé en el intento? ¡No! No se imaginan cuánto he ganado, sobre todo en paciencia, esa que en estos 8 años ha ido creciendo porque en el sexto proceso que llevo haciendo prótesis, se nota la diferencia entre la Stephanie que llegó a su primera cita de prótesis, con su carita cabizbaja y su actitud conflictiva, y la Stephanie de ahora llena de optimismo y paciencia, quien reconoce que las cosas toman tiempo y que simplemente suceden cuando tienen que suceder.

Hoy en día, tengo una razón para hablar y una historia qué contar. Pero lo que me llena de más satisfacción es servir de ejemplo para las personas que me rodean, mostrarles que nada nos tiene que quedar grande y que todos tenemos una vida difícil.

¿La gente me mira con lástima? ¡Jamás! La gente me mira con admiración y si algo de lástima se asoma, pues yo misma me encargo de tumbarla con una sonrisa.

Ahora les estoy contando esta historia, pero seguramente hay miles de historias y situaciones de otras personas mucho más duras que esta y, ¿saben qué?, sobrevivimos y seguimos sonriéndole a la vida con lo que tenemos y con lo que nos falta.

Ahora me encargo de ser muy feliz y de dar esa felicidad desde que me levanto hasta que me acuesto. Yo “parezco chapa en vitrina”, cómo decía una profesora en el colegio, pues todo el día estoy sonriendo. A pesar de que a veces el mundo no me corresponde con una sonrisa, yo sigo regalándole una, porque muchas veces no sabes a quién le estás alegrando el día. Ese es mi mayor voluntariado.

Con el accidente, cambió mi manera de ver la vida. Ya no me veo como una diplomática, ni vistiéndome elegante con tacones. Hoy en día, sueño con dar mi vida por los Derechos Humanos, estar con la gente, sentir a la gente y dar más de mí, con cada palabra y acto. Ya no me preocupa hacer menos visible a “Paqui”, no: ¡todo lo contrario!: ella tiene que sobresalir, porque gracias a ella yo volví a nacer, más pura, más humana, más feliz.

“Paqui” es mi compañera, ella es mi aliada y es la que me ha permitido atravesar continentes, hacer crossfit, trabajar y, obviamente, bailar, bailar, bailar. Bailar hasta más no poder.

Hoy vivo en Francia y estoy haciendo mi sexto proceso de prótesis, ya conocerán a “Paqui hawaiana”

10 comentarios en “¡A mí que la muerte me pille bailando!

    1. Stephanie que historia tan linda .Con gran poder de superación. Felicidades y siempre con la fe intacta. Y siempre mirando polaca adelante.Eres una súper guerrera digna de admirar.

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  1. La mejor. Recuerdo tanto llevarte en el trencito en la silla de rurdas bailandooooo ….. como siempre hemos sido desordenadosss

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  2. Me encantó tu generosa escritura, ojalá un día te pueda conocer. Cuando estés en Bogotá te invito a bailar mi Pez!

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    1. Stephanie que historia tan linda .Con gran poder de superación. Felicidades y siempre con la fe intacta. Y siempre mirando polaca adelante.Eres una súper guerrera digna de admirar.

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  3. Stephy Gracia’s por contarnos tu historia de Vida,; te felicito eres un gran ejemplo de vida, un gran ser humano, guerra, luchadora, adelante sigue bailando y sigue contagiandonos de tu hermosa sonrisa,Dios te continúe bendiciendo, y seguirás volando por el mundo, te quiero mucho

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  4. Wow hasta hoy pude leer
    Que fuerte la historia pero muy buena lecciin de vida.
    Hermosa eres un angel y estas en esta tierra con un hermoso fin, cuidate mucho me alegra verte asi de contenta.

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  5. Realmente eres un ser admirable, es que Dios solo da lo que puedas soportar, seguramente el es quien sabe de qué estás hecha y el propósito que tenía para tu vida. la vida es muy corta con o sin pie. Disfruta, sigue bailando, sigue sonriendo y sigue cumpliendo tu propósito de vida. Sigue inspirándonos y enseñándonos que somos más que un pie , un brazo , en fin. Realmente somos lo que llevamos por dentro. Te quiero mucho mamita.

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