Abril, Bogotá o el futuro visto desde marzo…

Para mi tía Edith.

Súbitamente Bogotá se sumerge en una espesa nube gravitación al gris y helada que devora la vida entera de una ciudad ciertamente difícil de casi 10 millones de habitantes. 10 millones de personas que habitan un territorio ciertamente difícil, no obstante el insistente intento del clima por intentar sabotear lo que no es posible de sabotear aún más.

Es como si de un momento a otro una fuerza informe e irresistible nos arrastrara a todos desde el brillante enero de las caminatas por entre las montañas que esconden el mar salvaje, hacia un febrero que contiene sus pasos para huirle al futuro y terminar por agarrarle el cuello a marzo que va cayendo asustado, que va girando sobre su propio eje, rabioso, en dirección hacia el oscuro vórtice del mes de abril, ahogándonos en metros y metros cúbicos de agua que caen con la fuerza más endemoniada posible, como si quisieran hundirnos con toda la rabia de las venenosas mareas cósmicas que nos deben estar acechando desde el mismísimo junio, para hacernos pagar por la osadía efímera de la piel al sol de hace apenas dos meses.

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La visión de las montañas de la ciudad, acá desde donde me siento a trabajar diariamente, es como un sueño en el que no se quiere acabar de caer, una especie de visión lejanamente verdosa, hipnótica, de los mismos colores de las esquivas imágenes que se van diluyendo como una acuarela que sustituye la solidez de las formas en medio de la angustiosa caída hacia una especie de estado anestésico como el que ocurre justo antes de una cirugía, con la zozobra que implica el acto de desvanecerse llegando a la última frontera nebulosa de la consciencia y abandonar el control, sin querer, a lo desconocido.

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Quisiera pensar que nada pasa durante esta época, que todo va a seguir su curso ordinariamente, pero es difícil porque los abriles siempre han sido, desde mi supersticioso punto de vista, meses de traumatismos. El temido abril, mes de quiebres, rupturas, caídas libres, dolores ciegos. En una patria en donde la capacidad de asombro se fue letrina abajo hace tanto tiempo se me hace difícil pensar en el futuro durante estos meses en los que, el redoble marcial de tambores que la lluvia evoca al bombardear furiosamente mi ventana, aturde cualquier intento de procesar los pasados abriles, como quien se obliga a intentar tragar un purgante amargo que lleva minutos en una boca insubordinada.

Es la vieja y conocida ansiedad de marzo que me guiña el ojo como queriendo decirme que no tengo salida pero que me conoce bien, y que me va a dar el chance de abrirle la puerta antes de que ella decida arrancarla, como un tornado que se lleva todo, repetida como una tortuosa prueba espiritual de año en año. Una progresiva danza masiva de sombras, bajas intensidades, proyecciones cautas, andares apretados, manos heladas, humedades profundas, respiraciones congestionadas que me hace pensar en que, después de todo, abril trae consigo la purgativa facultad de la rendición.

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Rendición y futuro tienen sentidos entrelazados. La rendición ante la incertidumbre propia y la ajena, la espera sin plan en un bunker, metros bajo la tierra, mientras las acuosas tropas climáticas enemigas atacan sin misericordia todo aquello que se mueva hacia la luz. Es el tiempo del silencio antes de una batalla contra la que no hay estrategia posible, el tiempo del repliegue. La humedad agrietará todo aquello que no haya previsto la inminencia del ataque, corroerá los muros y se colará por donde no se espera, proferirá la maldición de los anfibios a nosotros, relamidos seres de la montaña que nos acorralamos por necesidad en la capital. Todo ello hasta que la última gota caiga y nuestros cuerpos somnolientos y enmarañados de sustancias primitivas, cansados de sudar en la profundidad viscosa de los buses urbanos repletos, terminen por emerger magnéticamente hacia la superficie de la conciencia y, finalmente, se revelen de nuevo, entumidos desde la profundidad de abril, buscando la tibieza de un sol al que somos indiferentes a pesar de nuestra suplicante y fiel ansiedad de calor. Y sin embargo, por estos días dejo la ventana levemente abierta para que el viento helado de estos primeros días me encuentre, para mostrarle los dientes un año más al maldito abril.

Astrid Cañas. Marzo de 2019.

Fotografías: Astrid Cañas. Bogotá Calle 63, y entrando a la ciudad por el occidente hacia la calle 13.

Un comentario en “Abril, Bogotá o el futuro visto desde marzo…

  1. “April is the cruelest month, breeding lilacs out of the dead land, mixing memory and desire, stirring dull roots with spring rain”. T.S. Elliot.

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