Donostia / San Sebastián, la joya del Cantábrico

Inmersa en mis ansias por conocer siempre nuevos lugares, hace un tiempo, un buen amigo me dijo unas palabras que ahora tengo en mente (gracias, Juan) siempre que salgo unas semanas, incluso unos pocos días, de casa. “La parte más especial de irse es tener un lugar al que volver”.

Uno no elige el lugar en el que nace, por lo que tenemos creatividad absoluta en la relación que construimos con el pedazo de tierra sobre el que aterrizamos en el mundo; podemos crear tantas teorías al respecto como seres humanos habitamos el globo terráqueo. Uno puede pensar que fue puro azar, otro, lamentar durante toda su vida el hecho de haber nacido aquí y no allí y, otros pocos, sentirse eternamente agradecidos por haber dados sus primeros pasos en un lugar del mundo señalado en sus corazones.

En mi caso, he tenido la inmensa fortuna de haber nacido y crecido en una pequeña ciudad ubicada a orillas del mar Cantábrico, en el norte de España, a escasos kilómetros de la frontera francesa y a apenas un par de horas de viaje a las montañas de los Pirineos. Esta ciudad se llama Donostia / San Sebastián (su nombre en los dos idiomas oficiales de la región, euskera y español) y, además de ser el lugar en el que he vivido la mayor parte de mi vida, es la que sé dejará una huella imborrable en mi carácter y forma de pensar.

La mayoría de donostiarras sentimos un orgullo único, digno de estudio y que aún no he conocido en otros lugares que he visitado, por el mero y nada meritorio hecho de ser de San Sebastián, y podemos ser pelmas hasta la saciedad poniendo en valor lo “maravilloso que es vivir y ser de aquí (a pesar de lo mucho que llueva)”.

Con apenas 190.000 habitantes, 3 playas urbanas (Ondarreta, La Concha y Zurriola) enmarcadas por 3 icónicos montículos (Igeldo, Urgull y Ulia), la isla Santa Clara oteando el horizonte de la Bahía de la Concha, el río Urumea, tiendas (por desgracia, desapareciendo) que marcaron una época, joyas arquitectónicas de la Belle Epoque (el Ayuntamiento y antiguo casino, el Teatro Victoria Eugenia, el balneario de La Perla, el hotel María Cristina, la Diputación Foral de Gipuzkoa, la biblioteca Koldo Mitxelena o el edificio del funicular de Igeldo), fruto de la congregación durante décadas de la más suntuosa aristocracia gracias a la elección de la reina María Cristina de la ciudad perla como lugar de veraneo para su corte, un equipo de fútbol centenario de élite (la Real Sociedad), infinitos montes, pueblos pesqueros y kilómetros de acantilados a los que llegar en un abrir y cerrar de ojos, apasionante historia y cultura de hace muchos siglos y un panorama gastronómico sin parangón, la ciudad reúne una materia prima extraordinaria para tentar tanto al local como al visitante con un sinfín de experiencias celestiales.

El anuncio, en octubre de 2011, del cese de la actividad del grupo terrorista ETA, que durante décadas se dedicó a asesinar, sembrar el miedo y dividir a las familias en el País Vasco y en España, fue el pistoletazo de salida para el auge del turismo que está viviendo hoy en día la ciudad, y que corre el riesgo de acabar estrellándose de no tomarse las medidas necesarias para la sana convivencia entre la calidad de vida de quienes aquí habitamos y los siempre bienvenidos viajeros y turistas respetuosos.

Además de los numerosos miradores que ofrecen material para infinidad de postureo digital con impresionantes panorámicas de vivos colores azules y verdes como protagonistas, uno de los mayores reclamos internacionales de la ciudad son las 17 estrellas Michelin repartidas en varios restaurantes de Donostia y la provincia de Gipuzkoa. San Sebastián es, de hecho, la región del mundo, solamente por detrás de Kyoto, con mayor densidad de estrellas Michelin por metro cuadrado. Muestra de ello es que, en la actualidad, de los 7 restaurantes con 3 estrellas que hay en España, 3 se encuentran en Donostia.

No obstante, lo que a mi parecer es realmente interesante del arte gastronómico en la ciudad no son tanto estos aclamados restaurantes, sino la estrecha relación que guardamos guipuzcoanos y donostiarras con la gastronomía. Ésta corre por nuestras venas prácticamente desde que nacemos y, a diferencia de otros lugares de occidente, en los que se ha perdido casi por completo la cocina de verdad, la de puchero de nuestras abuelas, aquí la cocina de toda la vida sigue reinando en la mayoría de hogares, bares a pie de calle y sociedades gastronómicas.

En esta tierra somos conscientes de que tenemos el mar, los campos y las montañas para obtener los mejores ingredientes, así como el conocimiento, que pasa de generación en generación, acerca de cómo tratar con cariño y rendir homenaje a estos alimentos alrededor de una mesa. Una clara muestra de ello es la cultura de las sociedades gastronómicas, pequeños clubes privados en los que cada miembro paga una generosa cuota por ocupar una plaza, con derecho a una enorme cocina con fogones y mesas para reunir a amigos y familiares para cocinar juntos y disfrutar de los placeres sencillos de la vida. Para poder comer o cenar en una sociedad (la Soci, como decimos coloquialmente), es necesario que al menos uno de los integrantes del grupo sea miembro de la misma. El grupo se encarga de elegir el menú y hacer la compra, se cocina en la sociedad, la bebida, en general, se consume de la bodega de la propia sociedad, y se divide la cuenta entre todos los comensales. A pesar de que la cultura de las sociedades fue en su concepción, a mediados del siglo XIX, solamente para hombres, hoy en día las mujeres pueden comer en las mismas, así como acceder a la cocina de un buen puñado de ellas.

No podría terminar esta pequeña oda a la ciudad de San Sebastián sin hacer mención a la gran protagonista de su día grande, la Tamborrada. Cada gélida medianoche del 20 de enero, casi todos los habitantes de la ciudad se visten de soldados napoleónicos y cocineros y se lanzan a las calles a desfilar, haciendo sonar tambores y barriles durante 24 horas, para rendir homenaje al patrón de la ciudad, San Sebastián. Aunque los orígenes de la célebre fiesta no terminen de poner de acuerdo a los historiadores, parece ser que aquellos que se visten de cocinero y tocan el barril representan a los donostiarras, y aquellos que van de soldado y tocan el tambor, representan a quienes hacían sonar las marchas militares de las tropas inglesas que habitaron la ciudad siglos atrás.

Sea como fuere, no deja de ser gracioso que la tan señalada fiesta se celebre en lo más crudo del invierno europeo y que ese día del año, con las calles a reventar de locos aporreando barriles y tambores día y noche, sea el que nos ponga de acuerdo a todos, haciendo aflorar sentimientos, alguna que otra lágrima y, absolutamente todos los presentes clamemos en alto o en silencio aquello de ”¡Qué suerte tenemos de ser donostiarras!”.

Tamborrada 2018

2 comentarios en “Donostia / San Sebastián, la joya del Cantábrico

Los comentarios están cerrados.