Hace 11 años, día de Cerbaleón

Hace exactamente 11 años yo tomé la mejor decisión de mi vida gracias a Cerbaleón, la historia que escribí dos días antes de la primera cirugía de cerebro de Alejandro, mi mejor amigo. Le escribí una carta fantasiosa con la intensión de que él me sintiera cerca, sin imaginar que incluso estando físicamente lejos, ambos viviríamos una de las experiencias más mágicas de nuestras vidas, marcando gran parte de nuestra unión y nuestra historia como pareja.

Gracias a Cerbaleón, esa historia que sucedió el sábado 22 de agosto de 2009, yo no solo terminé de aceptar que amaba profundamente a mi mejor amigo, sino que estaba enamorada de él y que tenía todas las ganas y la disposición de devolverme a Colombia, dejar mi vida londinense, “arriesgar” nuestra amistad para tirarme de clavado con los salvavidas encima de una amistad sólida, a un océano desconocido pero a la vez conocido, en el que ambos podríamos aprender a nadar en el agua, quizás turbulenta de la relación de pareja,  pero con las hermosas bases de haber aprendido juntos a flotar en la cálida agua de mejores amigos. Yo estaba dispuesta y con todas las ganas de decirle que estaba enamorada de él y que quería que nuestra relación siguiera siendo la misma, pero diferente: La de dos mejores amigos que se convierten en pareja.

Alejo y yo ya habíamos sido mejores amigos por más de nueve años, así que nos conocíamos bastante bien, yo sabía lo suficiente del amor de mi vida mucho tiempo antes de aceptar que lo era. Sin embargo, por aquel entonces las cosas eran diferentes, no solo por ese amor tan inmenso que yo estaba sintiendo de manera inexplicable e intangible, sino porque yo vivía en Londres y Alejo acababa de ser diagnosticado de un tumor cerebral. La vida nos había cambiado bastante, cada uno con perspectivas, emociones y vivencias diferentes, pero tan unidos como de costumbre, a pesar de la distancia. Éramos los mismos, pero muy diferentes. Yo ya me estaba amoldando a vivir en la incertidumbre de un mundo nuevo, me sentía cada vez más segura con los cambios que implicaban vivir entre mis 23 y 25 años de edad en una ciudad multicultural que me daba las posibilidades de viajar con mucha frecuencia a diferentes lugares del mundo, sin grandes dificultades económicas, con la responsabilidad de mí misma y con una madurez interesante que estaba aprendiendo a reconocer en mí. Alejo ya tenía una vida profesional estable, pero estaba pasando y afrontando, aunque fuera como él mismo decía, “de efecto retardado”, por la situación más difícil de su existencia,  pues a los dos días de su cumpleaños número 27, estaba hospitalizado y recibiendo la noticia que lo llevaría a mirar de frente la incertidumbre de la vida y su transitar con sapiencia el camino hacia la muerte: tenía un tumor cerebral maligno.

Al ser tan tangible la muerte, al respirarle en la nuca, Alejo se entregó desde ese primer día a la vida, a los brazos de la vida, a vivir su Eterno presente y yo me convertí en la mujer privilegiada de acompañar y compartir los últimos nueves años de su vida.

La historia de Cerbaleón empezó el jueves 20 de agosto de 2009, cuando yo le escribí a Alejo una carta fantasiosa luego de oírlo llorar por teléfono, mientras me contaba acerca de sus miedos, sus deseos, sus vacíos, sus sueños, sus dolores, sus emociones. Una de las frases que más recuerdo de ese día fue, “Carola quiero seguir viviendo, quiero enamorarme de una mujer maravillosa”. Me la dijo llorando desconsolado, pero de forma tan tranquila, que no puedo describir más allá de la esencia misma de Alejo: la calma. Esa frase se me instaló en el cerebro y en el corazón, tanto que así empiezan mis votos matrimoniales que titulé con la frase que yo solía decirle: Desde antes de los tiempos. ¿Qué podía decirle yo en aquel momento? ¿Que él iba a seguir viviendo y que además yo quería ser esa mujer de la que él se podía enamorar? ¿Cómo podía yo acompañarlo estando tan lejos? ¿Cómo podía darle un abrazo a mi mejor amigo si un océano nos separaba? Yo solo lo escuché atentamente, como tantas veces él lo hizo conmigo, guardé silenció para que el ser más silencioso que yo había conocido, se desahogara conmigo. Cuando colgamos me fui al río Támesis a llorar, como de costumbre estaba una combi marca Volkswagen en frente de mi casa, pasé la calle y le tomé una foto con mi celular. Sentada en frente del río vi patos, los conté y también conté cuántos aviones pasaron sobre mi cabeza. Imaginé mi vida sin Alejo, pero sobre todo imaginé una vida junto a él, recreé en unos segundos nuestra vida juntos y me sentí enamorada de mi mejor amigo. Sentí que Alejo iba a sobrevivir a esa cirugía tan riesgosa y supe que yo quería ser la mujer de la que él se podía enamorar, así que no tuve duda, quería enamorarlo y por supuesto acompañarlo.

Me fui corriendo a mi casa, abrí mi correo electrónico y le escribí una carta fantasiosa en la que le adjunté la foto de la combi Volkswagen y algunas de los patos en el río. Le di enviar sin leerla y lo llamé acelerada, emocionada e intensa, con esa voz que solo él conocía de mí a plenitud. Le dije que se consiguiera un computador y revisara su correo, que yo lo llamaría en media hora. Con esa manera de ser tan encantadora y arrolladora, Alejo convenció a las enfermeras y le consiguieron un computador. Leyó mi carta y lloró más, pero esta vez con sonrisas de por medio. Lo llamé y su tono de voz era diferente, desde que me contestó él sabía que yo ya no sería Carolina Serrano Duque, su mejor amiga, sino Carolina, Carola, su Carola, la chica “desconocida” que lo amaba y con quien se iba a encontrar el 22 de agosto de 2009 a las 7 a.m., en Cerbaleón.

Durante dos días yo lo llamé siendo aquel personaje que él aparentemente no conocía en persona, pero que conocía desde el alma. Tuvimos dos días para hablar de nosotros dos; para inventarnos lo que quisiéramos; para él contarme sus historias y yo las mías; para recrear muchos mundos en medio del mundo que nos separaba físicamente y no me permitía estar con él en la clínica. Alejo me hablaba coqueto, como queriendo conocerme y conquistarme, y yo hacía algo similar, pero más nerviosa, más enamorada, más fantasiosa, era un juego mágico que nos estaba permitiendo sentirnos cerca, a pasar de la distancia física, de la incertidumbre, de los miedos y de los dolores del alma. Yo no solo quería conquistarlo sino enamorarlo, pero sobre todo quería que sonriera, soñara y llorara, que soltara en un par de días sus emociones conmigo, pero también sus sueños, yo estaba dispuesta a recibirlo todo y darle lo que podía desde la distancia.

Cuando él guardaba silencio, yo le recreaba mis emociones, mis ensoñaciones, se las narraba verbalmente o se las escribía. Imaginé un mundo paralelo para que Alejo se sintiera acompañado de su mejor amiga; para que viera a través de mis ojos y mi imaginación lo que yo percibía de una ciudad desconocida para él y una pizca conocida para mí; para que sintiera la ansiedad no solo de la cirugía que se le aproximaba, sino esa bonita ansiedad que se siente cuando dos desconocidos que se gustan se van a conocer, pero con el toque de que eso sucedería en un mundo que yo había inventado para los dos. Alejo sin titubar entró inmediatamente en mi imaginación, su alma le daba para estar en una clínica a un par de días de una craneotomía y meterse en mi cabeza, en mi imaginación y en mi corazón, se metió en todo mi ser como ningún otro humano lo ha hecho. Su ser silencioso, precavido, encantador, calmado, serio, sigiloso, sarcástico y cuidadoso le dieron para constituirme completamente desde ese momento, tanto así que veía a través de mis ojos, de mi alma. Fue entonces cuando él se convirtió en el Héroe y yo en la Hechicera y desde ese instante seguimos construyendo un mundo paralelo solo para los dos.

Esos días en la clínica, cuando Alejo hablaba conmigo no solo podía llorar como con nadie más, sino que también podía dejar de pensar las 24 horas en que le abrirían la cabeza. Hice todo lo que pude con lo que tuve para que me sintiera lo más cerca posible, no solo lo llamaba a la clínica muchas veces al día, sino que mandaba a mí mamá para que lo visitara y le llevara la comida que él pidiera, ella atravesaba la ciudad y le llevaba los antojos que él quisiera. Desde la distancia yo lo único que podía era comunicarle mi amor a través de esos detalles, pero sobre todo a través de eso de mí que él tanto amaba y respetaba: mi imaginación y mi escritura. Lo sumergí en un mundo paralelo que de repente inventé, me salía tan natural que yo realmente sentía que existía, pues hasta empecé a contarle nuestra historia, esa que salía de mi alma sin mente. No se trataba de esa historia que él y yo ya conocíamos, la de dos mejores amigos que se conocieron en la universidad, no, era una historia de dos desconocidos que se amaban desde antes de los tiempos y que se encontrarían el 22 de agosto de 2009 en un mundo llamado Cerbaleón.

Aunque yo soy de detalles, no entraré en los detalles de aquella historia, aún no me siento capaz de escribir acerca de ese día, solo puedo decir que muchas de las cosas que yo le escribí a Alejo, ese día se volvieron realidad; que ese mundo paralelo existió aquel 22 de agosto de 2009; que Alejo y yo lo sentimos y lo vivimos; que ambos nos encontramos en Cerbaleón, estuvimos ahí, uno al lado del otro, estando separados físicamente por un océano y estando él en plena craneotomía. Ambos vimos lo mismo, él vivió lo que se llama resonancia límbica o telepatía, pues en medio de su cirugía estuvo conmigo, atravesó el océano y recorrió a mi lado lo que yo estaba viendo en una playa ubicada en Swanage, un pueblo bellísimo a unas horas de Londres, lugar al que llegué un día antes en compañía de dos amigos, José y Mary, quienes, por supuesto y sin imaginarlo vivieron con nosotros parte de esa historia. Mary, mi gran amiga de Londres, quien conoció a Alejo años después en Nueva York, quien nos convenció de viajar para que ellos dos se conocieran y para que Alejo conociera la nieve, no solo es un ser bellísimo, sino que es el único ser que me llama “Angel” desde que me conoció. Ella estuvo conmigo, con nosotros ese día y es una de las protagonistas de esa historia, para ella, la más increíble y mágica de la que ha hecho parte.

Mary NY

Cerbaleón es precisamente la historia que me motivó y marcó mi decisión de regresar a Colombia para decirle a Alejo lo que él ya sabía y yo no reconocía a plenitud, que estaba enamorada de él y que quería, si él quería, ser su compañera de vida. Desde que Alejo partió le he contado esa historia a muy pocas personas, porque es que la contábamos juntos y hacerlo sin él me cuesta mucho, pero me cuesta mucho más escribirla. Además, es de esas historias difíciles de creer, así que soy cuidadosa al contarla, no muchos tienen el privilegio de conocerla, pero sobre todo no muchos tuvieron el privilegio de oírla de la voz de nosotros dos.

Gracias a que Alejo era muy cuidadoso con sus objetos personales, ahora yo tengo escrita con mi puño y letra la carta fantasiosa pues él la guardó. Está a mano porque cuando salió de cirugía, mi catarsis y mi manera de acercarme a él fue enviarle en una caja llena de regalos, no solo lo que yo le había conseguido en cada uno de mis viajes, sino todo lo que implicaba Cerbaleón: fotos y diferentes objetos que representaban algún recorrido o vivencia de aquel día. Entre esos objetos está una combi Volkswagen amarilla con blanco que es el personaje principal de la historia y la carta transcrita a mano. Recuerdo que en medio de una cantidad de regalos que estaban en esa caja, esas dos cosas, junto con un libro de fotos que le hice de Cerbaleón, Alejo debía sacarlos de últimas, ya que yo enumeré los paquetes y le di las indicaciones por escrito de cómo debía sacar cada objeto, el cual venía acompañado de un papelito que describía su significado, su simbolismo. A Alejo le llegó esa caja como un mes después de su cirugía, así que nos encontramos por Skype y ninguno de los dos paró de llorar y de reír; Alejo tan él, cual niño chiquito emocionado abriendo regalos, iba sacando cada una de las cosas de la caja, mientras sonreía, abría sus ojos y ponía las manos sobre sus mejillas.

Este es un pequeño resumen de la carta de Cerbaleón, que por segunda vez en 11 años la transcribo:

Querido Alejirris: 

Debido a los eventos acontecidos la última semana, siento la necesidad de que nos pongamos una cita lo más pronto posible. Siempre he tenido la sensación que detrás de tu vida y por tanto de la mía hay algo misterioso y maravilloso.

Llegaré a Cerbaleón el sábado 22 de agosto a las 7 de la mañana, viajo en tren, pero éste no es cualquier tren, dentro de él hay un busecito, una combi amarilla con blanco, que verás en las fotos que te envío con esa carta […] el viaje es largo, impaciente y un tanto miedoso.

Tengo la dirección exacta del lugar en el que te encuentras ahora, el problema es que siempre me pierdo (soy muy desubicada), por lo tanto, buscaré los objetos que me permitan imaginar el camino indicado para que por fin nos encontremos. Aunque pensándolo bien, creo que la cita debe ser en un lugar cercano a la estación de tren, eso facilitará mi llegada al lugar, esta vez no me quiero perder. ¿Te parece bien en una de las escaleras de la estación? Exactamente las que se encuentran cerca de la librería, es que me encanta leer. Creo que no debería darte pistas acerca de mí, la espera a pesar de ser tediosa y muchas veces odiosa, es interesante y emocionante, más aún en estos casos, en donde los sentimientos son tan fuertes […]

¿Crees que nunca nos hemos visto? ¿Crees que esta será una cita entre dos desconocidos?

Debo confesarte que me siento muy tentada a decirte muchas cosas en esta carta, pero debo contenerme. Imagino el momento que estés en frente mío y lloro de emoción. Estoy segura que entenderás mis mensajes cifrados, solo tú tienes la clave, solo tú tienes la llave.

No te conozco, pero ya siento que TE AMO.

Alejo partió de este mundo nueve años, un mes y un día después de Cerbaleón; luego de haber vivido juntos la experiencia mística más sobre natural y mágica de nuestra existencia; luego de haber vivido el amor pleno e incondicional, a pesar de las dificultades que se presentaron como parte de la vida. Alejo se fue de este mundo terrenal conmigo al lado, en nuestra cama, en nuestra casa, el domingo 23 de septiembre de 2018 a las 12:31 p.m., nueve años después de ser operado por primera vez, aquel sábado 22 de agosto de 2009, misma fecha en la que ambos comprobamos la existencia de Cerbaleón, nuestro mundo.

Alejo fue operado por segunda vez el 12 de mayo de 2015 y por tercera vez el 25 de mayo de 2017, en todas sus cirugías Cerbaleón estuvo presente. Además de las tres craneotomías, Alejo tuvo un infarto cerebral en 2015; pasó por más de 100 quimioterapias y 60 radioterapias; tuvo prácticamente que volver aprender a escribir; perdió la visión lateral de su ojo izquierdo; le cambió el metabolismo por la cantidad de corticoides que le inyectaron para desinflamar el edema cerebral como consecuencia del tumor; perdió casi que todas sus venas por tanto medicamento; durante sus recaídas y tratamientos más fuertes (2015 y 2018) todo su cuerpo le dolía, se sentía según él “muy cabezón”, pero no se quejaba, no se daba permiso de quejarse; él respiraba profundo, me sonreía, guardaba silencio y en sus peores días solo quería dormir y despertar a mi lado para seguir durmiendo.

Durante nueve años que estuve con Alejo como su pareja, pude acompañarlo de la mano a vivir su Eterno presente, siempre amoroso, alegre, sarcástico, sabio, tranquilo y muy agradecido. Durante los últimos tres años y medio siguió con las quimioterapias por cinco días cada 28 días; iba siempre al trabajo y cada nuevo trabajo traía una mayor responsabilidad y a él sí que le gustaban “los chicharrones”; siguió amando cada día más a su Hechicera; siguió enamorándola como ella jamás pensó que alguien podía enamorarla; se casó con ella a pesar de ella misma; recibió todo el amor de su Hechicera y juntos siguieron viviendo Cerbaléon, esa historia paralela que inició el sábado 22 de agosto de 2009, la experiencia mística más maravillosa de todas, como solía decir.

Gracias a nuestro amor y por supuesto a Cerbaleón, Alejo y yo superamos todas las pruebas de vida posibles, todos los obstáculos, incluyendo la enfermedad y otras dificultades que prefiero no tocar. Superamos incluso la muerte, porque el amor sigue vivo.

Alejo se fue de este mundo el único día que yo finalmente “entendí”, no sé si con el corazón o con la razón, que Alejo iba a partir, que ya era el momento de que las raíces de su frondoso árbol abrieran sus alas para volar. Ese día yo supe que su dolor físico y emocional terminaría, porque dimensioné que su alma era tan inmensa que ya no le cabía en ese guapísimo cuerpo que la vida y la genética le habían regalado. Ese día, fue el único que le dije que se fuera, que se fuera tranquilo para nuestro mundo, para Cerbaleón, aquel mundo que yo un día como hoy hace 11 años inventé para él, para los dos, mundo que ambos afianzamos de la mano y al que tarde o temprano yo finalmente llegaré, porque afortunadamente esta vida no es eterna y para nosotros dos no es la única.

No recuerdo mucho de aquel domingo 23 de septiembre de 2018, no recuerdo mucho ese día que cambió mi vida y las estructuras que en ella había, incluso no recuerdo casi los meses siguientes. El día que más he llorado en mi vida ha sido ese 23, lloré tanto que mis lágrimas ahogaron gran parte de mis recuerdos; lloré tanto que mi cerebro se inundó y no entendía que Alejo había partido y no iba a volver como yo creía y quería; lloré tanto que después de eso solo me salen algunas lágrimas, pero muy pocos llantos. Y aunque mis lágrimas inundaron mis recuerdos, recuerdo que yo ese día me puse mi camiseta de la combi Volskwagen porque era el símbolo de Cerbaleón, también recuerdo que mientras le daba besos a la panza de mi esposo, a su cara (no tanto a su boca porque la máscara de oxígeno me lo impedía) y también a su mano derecha, ya muy inflamada por la retención de líquidos y con un color morado pálido, como parte de esa “palidez aristocrática” de la que Alejo tanto se enaltecía, le prometí que honraría su vida y por tanto la mía de la mejor manera posible, que buscaría la calma de la que él tanto me hablaba y que me permitiría a mí misma parar para no hacer mucho, pero sí para hacer lo necesario para sobrevivir sin él y con toditito de él, con todo lo que su amor y su esencia me dejaron.

Manos 23 septiembre

Cerbaleón es la historia que Alejo y yo queríamos escribir a cuatro manos, no solo porque es mágica sino porque es el inicio de nuestra historia como pareja. “Ya tienes el don de la escritura mi Suspi, ahora tenemos la historia, nuestra historia, no tienes excusa para no escribir ese libro que tendrá la portada que yo me soñé cuando estábamos en la universidad”, solía decirme Alejo para motivarme a escribir, a compartir, a publicar. Aún no me he sentado a escribir ese intento de libro, ni siquiera lo he intentado, no sólo porque me cuesta mucho hacerlo sin él, sino porque siento que la historia la sigo viviendo, aunque de manera diferente. Ahí voy, como en mi un día a la vez, ahí voy escribiendo la historia, a través de mis historias compartidas y no compartidas, ahí voy recreando la historia mientras intento vivir/la, mientras sigo transitando este camino de vida, de duelo, de muerte, pero sobre todo de amor.

Cada 22 de agosto Alejo lo contaba como el día de su renacimiento. El 13 de agosto es el día de su nacimiento y entonces el 22 el día de su renacimiento. A eso yo le sumo que el 23 de septiembre es el día de su regreso a Cerbaleón.

Cada año, durante nueve años yo intentaba llevarlo el 13 o el 22 de agosto a una playa que nos permitiera revivir de la mano nuestra historia, nuestro mundo. En este instante recuerdo que el 22 de agosto de 2010 estábamos en el pacifico viendo ballenas jorobadas, en el 2014 estábamos en Curazao (nuestro primer viaje internacional romántico) y en el 2015  en San Andrés. Hoy no estoy en la playa ni Alejo me sonríe entusiasmado mientras ve el mar y agradece por estar vivo, hoy lo siento a él como todos los días de mi vida y agradezco, aunque muchas veces cueste, estar viva y tener la posibilidad de vivir por los dos. Ahora soy yo la que me maravillo con lo simple, especialmente con la naturaleza, esa que antes veía con simpleza y respeto, pero ahora la vivo y la siento con un constante descreste. Por supuesto, cierro los ojos e imagino el mundo que invité y ambos construimos día a día; imagino a Alejo, su sonrisa de niño, sus cejas hechas ave, sus manos aplaudiendo con emoción cuando me veía y abriendo los brazos para darme un abrazo silencioso, tranquilo, pleno y eterno. La diferencia es que ahora no solo lo imagino abrazándome, sino ocupándome enteramente.

Nueve años un mes y un día después de Cerbaleón, Alejandro finalmente dejó de resistirse al respiro de la muerte, dejó de rechazarla y se entregó a sus brazos. Ella ya no era su enemiga, era la que le había permitido entregarse a la vida. En medio de su silencio, de su calma, de su mirada transparente y amorosa, Alejo pudo transmitirme los últimos días de su vida (aunque yo no quisiera entenderlo), que no era necesario pelear una batalla en contra de la muerte, porque es humanamente imposible transitar un camino llamado vida en donde la muerte no esté presente, porque tarde o temprano llega, sin importar el tiempo que llevemos en la vida.

Alejo miró de frente la incertidumbre, sintió la muerte y se entregó a los brazos de la vida, y aunque muchas veces le dio patadas a la muerte, ella seguía ahí, al lado de la vida y fueron ellas, precisamente ellas, la vida y la muerte, las que nos permitieron crear y recrear a Cerbaleón, porque cuando vimos la muerte de frente, decidimos darnos la oportunidad de vivir una vida juntos.

Sábado 22 de agosto de 2020, 11 años exactos de Cerbaleón.

Domingo 23 de agosto de 2020, 23 meses de tu completa presencia en Cerbaleón, toda una manigua ‘galáxica’ con playa y combi Volkswagen fueron hechas para ti. Un mundo tan particular como tú, adorado Héroe, fue hecho a la medida de tu infinita alma. Te amo y te pienso todos los días de mi existencia, existencia que oscila entre esta vida que algunos dicen un Dios creó, y esa vida paralela que habitas y que según tú, la Hechicera imaginó.

 

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