COCIDO

Ninguno sobrevivió. El escenario de posguerra es evidente y solo quedan escombros fragmentados e inofensivos. Ya no hay caos; solo un terreno baldío en el que los frutos de la tierra no germinan y los animales se deshacen entre tubérculos. Un escenario de desmembramiento y caos: la imagen del Guernica de Picasso puesta sobre un negro pedazo de arcilla cocida para deguste de comensales.

La esencia de un cocido boyacense: su multiplicidad de tubérculos y legumbres,  surge en tierra fértil, un par de capas de suelo más arriba de la arcilla que sirve como recipiente.  Sobre ese suelo caminaron y se alimentaron los seres mutilados que yacen sobre el plato y que asumo como víctimas de los ingredientes vegetales con apariencia de fauna extraterrestre. Entre las víctimas se puede identificar el tejido blanco y cartilaginoso de una oreja porcina que hasta hace poco escuchaba los gruñidos de sus compañeros de porqueriza.  Si tuvo la suerte de ser criado en un espacio rural, y no en un frigorífico, el cerdo pudo haber oído, además, el cacareo de la dueña del pernil amarillento y el mugir de quien en vida fuera la poseedora del pedazo de costilla, y que hoy son su compañía en este último estadio de su existencia.

Los colores, las formas y las texturas de los vegetales victimarios siempre me han remitido a criaturas primitivas e invertebradas de otro planeta, a las que, cada vez que me siento a la mesa, pretendo aniquilar con un armamento básico: cuchara, cuchillo y tenedor.  Aunque la textura desleída de los vegetales permite intuir que no será necesario el uso del cuchillo; con la cuchara será suficiente y, si los tubérculos llegaran a oponer resistencia, los atacaré con el tenedor.

Se trata de un pelotón andino semejante a gusanos multicolores y larvas informes.  Los nombres que les han asignado infunden, por lo menos, miedo: cubios, nabos, añu, mashua, chuguas, rubas, ulluco, ibias, cuiba, oca, habas; fácilmente podrían ser los seudónimos de los más feroces caciques y emperadores incas.

La batalla se concentra inicialmente en los de apariencia más desarrollada: los cubios, con forma de gusanos cónicos que a través de hendiduras a lo largo de su cuerpo dejan ver lo que parece ser un esqueleto en forma de una inacabada espiral, un taladro grisáceo en el que al realizar cortes se generan heridas de tonos purpúreos. Al herirlos de muerte y devorarlos, se adivinan sabores más agradables que su apariencia, con toques anisados.

Aniquilados los cubios, lo consecuente es proceder con lo que parece ser su origen: las chuguas. Circunferencias deformes y rosadas, un poco más sólidas que los cubios, por lo que requieren ser atravesadas con tenedor. Son similares a larvas que aún no han desarrollado su tenebrosa espiral y que al ser tragadas aún conservan el sabor a tierra, lo que descarta su origen alienígeno.

Las habas son más familiares, más terrenales. Son legumbres que después de dejar su vaina y someterse a temperaturas extremas adquieren tonos cafés. En su afán por mostrarse tan temibles como los tubérculos, han desarrollado una hendidura oscura que fácilmente podría cumplir funciones orales y de alimentación a las pequeñas arvejas que en este escenario bélico se presentan protegidas con su vaina como armadura.

Todo esto sucede en mi cabeza al contemplar y consumir un cocido boyacense. Es un esfuerzo infructuoso por redimir la culpa generada por la ingesta de los animales descuartizados en esta preparación. Disfruto, como vengador, eliminando uno a uno a estos vegetales malévolos.

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