“No todos aquellos que vagan por el mundo están perdidos”

Christian Byfield se ha convertido en los últimos años en un personaje más de la farándula nacional. En su cuenta de Instagram se le ve acompañado por la Toya Montoya, Milena López y Sofía Gómez, y sus seguidores en la red social comentan emocionados cada una de sus fotos y videos. Semana publicó el perfil del “coleccionista de sonrisas”, Rolling Stone contó su “viaje a la liberación” y Grijalbo acaba de lanzar su primer libro: 754 días. La extraordinaria crónica del hombre que le dio la vuelta al mundo.

754 días es el testimonio de un oficinista inconforme con su trabajo que decidió renunciar a un futuro prometedor en el sector financiero para salir a recorrer el mundo en busca de la realización personal. Y la encuentra.

En 2013, Christian utilizó el dinero que había ahorrado para hacer un MBA por fuera del país en un “curso” itinerante en la Universidad de la “Vida”. La travesía que inicialmente iba a ser de 12 meses terminó convirtiéndose en una de 25 y llevándolo a recorrer países en los cinco continentes. Desde entonces, el viajero cambió las reuniones de saco y corbata que tenía en las oficinas de Bogotá por citas en camiseta y pantaloneta con gorilas de espalda plateada, dragones de Komodo y tiburones martillo en sus hábitats naturales.

754 días es, ante todo, un viaje de inspiración, una inyección de adrenalina, un empujón para salir a conocer el mundo. Es el testimonio honesto y detallado –a veces demasiado– de lo que se vive y se siente al emprender un viaje largo. Es como un reality show que nos permite ver el día a día, el minuto a minuto, de su protagonista por el mundo –The Byfield show–, en el que el narrador no se guarda nada, absolutamente nada: ni las idas al baño por “urgencias estomacales”, ni la vez que lo dejaron plantado después de cruzar el Océano Atlántico, ni “el goce de los placeres del amor”.  

En el libro, Christian es un viajero de bajo presupuesto que anda con una mochila de 14 kilos en la espalda, duerme en cuartos compartidos, hace amistades intensas con gente que conoce en el camino, echa dedo para ir de un lado a otro, se mueve sin planes fijos, “vive el día a día sin pensar en el mañana”, se interesa más en conocer gente que monumentos, comparte experiencias con los locales, nada con manta rayas, fotografía leones, camina por montañas. Es, en últimas, un mochilero con una predilección marcada por las inmersiones profundas en la naturaleza y las culturas de los otros.

La narrativa de 754 días se estructura en torno de dos planos del viaje: uno externo, encargado de contar las historias de los lugares que su protagonista visita y de las personas con quienes comparte su experiencia, y otro interno, que cuenta la transformación personal que le permitió aceptar su naturaleza homosexual y convertirse en el instagramer de viajes más popular de Colombia. Con ello, Christian confirma que todo viaje es en realidad dos viajes.

El viaje externo cuenta la historia del mochilero que le da la vuelta al mundo, sin un tiquete de regreso. Quizá lo más destacable aquí sea la diversidad de geografías, culturas y personas que Christian conoce. Un testimonio por escrito de la bio y la socio diversidad monumental del mundo. Una prueba más de que el planeta Tierra no es uno, sino muchos, de que vivimos en universos paralelos, algunas veces complementarios, algunas veces opuestos –como Australia e Irán, el primero un símbolo de la libertad sexual y el segundo un referente de la prohibición de muchos tipos–.

El viaje interno narra la metamorfosis personal. Primero vinieron los cambios físicos –el pelo largo, la barba incipiente, la piel bronceada– y luego los psicológicos y emocionales –la aceptación de que los hombres le atraían más que las mujeres y la conversión en un escritor y fotógrafo de viajes–. Desde su adolescencia, Christian había tratado de negar su homosexualidad por miedo al rechazo de su familia y la sociedad. Pero el viaje le mostró que el mundo había cambiado y que hoy en día sus preferencias sexuales no le impedirían salir adelante. Así que al regresar a Colombia en 2016 salió del clóset, habló abiertamente del tema en sus conferencias y se aventuró a tener una relación formal con un hombre.

Darle la vuelta el mundo también le permitió pasar de ser un ingeniero con conocimientos en finanzas a convertirse en un promotor de destinos turísticos y del viaje como estilo de vida libre, apasionada y plena. Varios medios en Colombia publican sus textos escritos en primera persona y sus fotos de gente sonriendo y de paraísos terrenales, trabajos que fueron, además, la base para convertirse en lo que realmente es: un instagramer. Su mejor versión es aquella que vemos ante las cámaras, en la que explota su naturaleza extrovertida, espontánea y feliz. No debería sorprendernos que más adelante 754 días se transforme en un documental de Caracol Televisión.

A diferencia de lo que le decían en Colombia antes de partir, su viaje por el mundo no fue una pérdida de tiempo ni una inversión equivocada de su dinero. No: el viaje fue la oportunidad de sembrar las semillas que hoy está cosechando. Así que el lema escrito en la camiseta que sus amigos le regalaron en su paso por Europa era cierto: “Not all those who wander are lost” (no todos aquellos que vagan por el mundo están perdidos). Christian salió a buscar el mundo y encontró la mejor versión de sí mismo. Un premio merecido por haber tenido el valor y la determinación suficiente para renunciar al camino seguro y aceptar la incertidumbre.

Al viajero le aplauden su valor, determinación y originalidad, pero le critican la falta de consciencia sobre la situación privilegiada desde la que habla. En una entrevista que Semana le hizo a propósito del lanzamiento del libro, Christian dijo que para viajar por el mundo no se necesitaba mucha plata y que si la gente no lo hacía era porque se ponían excusas. “No: la limitación son los privilegios”, le responden. Y es cierto que algunos, por las condiciones en las que nacieron y fueron criados, tienen más (o menos) oportunidades que otros. Él, por ejemplo, es un hombre blanco, alto, atractivo, profesional y bilingüe, quien además tuvo la oportunidad de viajar por Colombia y el mundo desde que era pequeño.

En la segunda mitad de su viaje de transformación, un oficial de inmigración en los Estados Unidos le dice: “Usted ha estado viajando mucho, en varios países. ¿Cuántos son?”. Y él responde: “En mi vida, cincuenta y cuatro, en este viaje, veintiséis”. De manera que Christian, al salir de Colombia en 2013 con menos de 25 años, ya conocía al menos 28 países. No muchas personas –colombianas o extranjeras– pueden decir algo así, mucho menos a esa edad. Ello quizás explique el porqué de su visión optimista frente a la vida (“Cuando quieres algo, el universo conspira para que realices tu deseo”, cita en el libro) y la ubicación de 754 días en las estanterías de libros de “viajes” y de “superación personal” (en la solapa trasera del libro Grijalbo aprovecha para promocionar Todos podemos cambiar el mundo, Una nueva realidad y El amor es de todos los colores).

Con o sin consciencia de los privilegios, 754 días es una invitación a dejar atrás lo que nos hace daño, tomar riesgos en nuestras vidas, ir en busca de lo que nos mueve, darnos la oportunidad de transformarnos y, sobre todo, atender el llamado del viaje cuando toca la puerta. Un llamado que yo, en lo personal, pienso responder pronto, pues a veces el viaje no toca dos veces. ¿Tu qué harás?