Partir

Por Juan Pablo Garzón C.

A mi padre

Dormir, o al menos simular hacerlo. Pasar los días postrado con los ojos cerrados, buscando escapar de la realidad. Sentirse incómodo, harto de pensar, de juzgarse, de saberse impotente. Harto de estar harto. Observar alrededor para encontrarse con la luz blanca que sale de los tubos incrustados en el techo de la habitación. Al lado, el incansable aparato que suministra el suero intravenoso y que emite un repetitivo y tortuoso pito.  Mirar la trajinada cortina movediza que divide el espacio, donde también se recupera otro paciente, al que nunca se le oye la voz. Convicción de que aquel desconocido también desea con ansias locas escaparse de aquel espacio desapacible. Rogar al cielo para acabar con todo esto de una vez por todas. Es suficiente. Las cuentas están saldadas.

Perder la cuenta del tiempo que se lleva atrapado en esta invivible y cíclica rutina. Repetir las salidas a la otrora casa familiar, y regresar inminentemente a la clínica en unos cuántos días, por alguna recaída. Ambulancias, urgencias, máscaras de oxígeno, médicos, enfermeros, olores, inyecciones, preguntas y más preguntas. ¿En qué momento pasó todo esto? ¿No era mejor haber evitado toda esta penuria desde el principio? Cuestionar hasta el cansancio. Observarse en el espejo y reprocharse. Perplejidad y horripilación al detenerse en la enorme cicatriz causada por la incisión llamada “Mercedes” que sella el vientre. Sentirse un Frankenstein. Contemplarse desnudo y considerarse horrendo. Saberse frágil. Tratar de controlar el temblor de las manos que apenas pueden sostener un vaso. Evidenciar la piel sobrante colgando de los brazos y piernas por los kilos perdidos. Ver el agua correr por el cuerpo demacrado. Escuchar la chillona voz de una enfermera. Salir de la ensoñación y regresar a la cruda realidad. Tomar un sorbo de agua y tragar innumerables medicinas. Cerrar los ojos nuevamente. Viajar en los recuerdos que atiborran la mente.

Nacer en la Bogotá de finales de los años 30. Mes de Septiembre. Coincidir con el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Hijo de una bella mujer proveniente de una noble familia capitalina y un humilde bogotano hecho a pulso. Primero de nueve hermanos en aquel hogar.  Mamá encargada de la crianza de los párvulos y las interminables labores de la casa.  Experta en hacer maromas para hacer rendir los escasos recursos disponibles. Sumisa, noble, amorosa. Papá, agente de bienes raíces, autodidacta, colérico, bebedor colosal, mujeriego, notorio conversador. 

Ingresar al Colegio Camilo Torres. Iniciar las clases y enamorarse a primera vista del mundo escolar. Cultivar una rutilante vida académica desbordada en elogios y reconocimientos. Convivir con la penosa situación económica en el hogar. Obligarse a llevar las mejores calificaciones en los estudios para mantener la beca. Aficionarse a los libros y la música clásica. Habitar una casa impregnada de boleros, pasodobles, zarzuelas y óperas. Aceptar a la fuerza la llegada gradual de más y más hermanos. Coexistir con las zozobras y alegrías cotidianas. Pedir prestados a un primo pudiente unos enormes tenis blancos, para poder participar en la revista de gimnasia. Comprobar la insuficiencia de alimentos para tantas bocas. Ver sollozar a mamá. Atestiguar milagros cotidianos. Devorar los huevos fritos anuales el día del cumpleaños. Evidenciar el escaso ingreso de dinero a las arcas familiares, por ocasionales comisiones en las ventas de algunos inmuebles. Enterarse del despilfarro y el consumo desproporcionado del padre, manteniendo una vida sibarita, ajeno a las súplicas y necesidades prioritarias. Desayunar con los hermanos y padres en el comedor de la casa. Observar a papá pasando la resaca mientras devora un suculento bistec a caballo con una cerveza fría. Compartir con los hermanos galletas de soda y agua de panela. Enfrentar tensiones, angustias, encuentros y desencuentros. Observar atónito a una de las hermanas cuando se avienta contra la madre, para darle puños en el vientre, al enterarse de un nuevo embarazo. Reclamar airadamente y gritar desesperadamente “¡No más!”. Llorar sólo. Llorar con los hermanos. Llorar con mamá. Llorar como un llorón profesional. Compartir secretos con mamá y guardar silencios con papá.

Volver a la realidad y resistir de nuevo a la enfermera con cara de adolescente. Observar una bandeja que soporta una densa crema de ahuyama y un plato de verduras cocinadas. Al lado, una desabrida carne con puré de papa. Devorar la gelatina de uva que sirve como postre. Atender una nueva visita de los hijos al mediodía. Despedirse. Recibir un beso en la frente y las infaltables frases de ánimo. Caer en un pesado sueño. Regresar en el tiempo.

Escribir en el periódico escolar. Disfrutar la máquina de escribir. Dirigir la emisora del colegio al cumplir los quince años. Ubicarse al frente de la tornamesa para ofrecer una planeada tanda musical con lo mejor de Mozart, Chopin, Beethoven, Schubert, Liszt y el preferido: Niccolo Paganini. Sostener en las manos el LP con el Concierto I y II interpretados por Yehudi Menuhin.  Dejar escapar algunas lágrimas mientras se escucha los acordes de la “Campanella”. Encontrarse sólo en aquel recinto, con los ojos cerrados pensando en las afugias del hogar. Observar por la ventana mientras suena la música. Ver a los compañeros de clase jugando canicas y fútbol en el patio del colegio. Aceptar el fin de la jornada. Regresar a casa. Ver a papá jugando al Póker en la sala con unos amigos bajo una nube de humo. Observar a mamá en la cocina, mientras prepara unas empanadas para los invitados, con la ayuda de algunas de las hermanas. Despertarse a los sacudones y enterarse de la muerte sorpresiva de mamá. Observarla yerta en su cama. Desesperarse. Cogerse la cabeza. Llorar a chorros. Sentir el desconsuelo total. Abrazar a los hermanos menores. Observarlos mientras lloran angustiados. Simular fortaleza aun cuando se esté destrozado por dentro. Sentir miedo. Zozobrar en días insoportables. Recibir otra noticia fulminante. Escuchar a papá afirmar que en pocos meses contraerá matrimonio nuevamente. Reclamar. Discutir. Sentirse impotente. Verse despedido de la casa por insolente y dar mal ejemplo a los hermanos. Deambular una noche entre calles desiertas. Observar la madrugada acostado en una de las bancas del Parque Nacional. Recibir apoyo por parte de una tía. Resolver el alojamiento y la alimentación momentáneamente.

Desear el ingreso a la educación superior. Saber que sólo existe una opción. Presentar un exigente examen de admisión y esperar los resultados en días de ansiedad extrema. Ocupar el tercer puesto entre más de doscientos treinta aspirantes. Entrar becado a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Colombia. Celebrar desmedidamente con aguardiente. Sentirse feliz. Hacer nuevos amigos. Vivir noches de bohemia. Publicar el primer libro de poesía. Conocer al capellán Camilo Torres. Asistir a sus reuniones en el Departamento de Sociología. Oírlo promover los programas de acción comunal en los barrios populares de Bogotá. Trabajar como columnista en diferentes diarios capitalinos con el seudónimo de “Ramiro Rojo”. Alimentar el idealismo. Alinearse con el liberalismo.  Buscar trabajo. Entrar orgulloso a una prestigiosa editorial. Iniciar una promisoria carrera.  Ayudar a los hermanos. Pagar las matrículas. Cubrir las deudas de papá. Compartir apartamento con uno de los socios. Llamarlo el “hogar de la joven”. Acumular novias. Servir de anfitrión a Chavela Vargas en una noche de copas. Verla cortejar a una de las asistentes. Dejarse el bigote como sello personal. Conocer a Eugenia. Enamorarla y llevarla al altar. Tener dos hijos varones. Asistir a los conciertos de Rocío Durcal. Comprar triciclos, bicicletas, ajedreces, discos. Oír música en familia. Grabar la voz de los pequeños en casetes para la posteridad. Participar en tertulias, zarzuelas, conciertos de música clásica en el Teatro Colón y en el Auditorio León de Greiff. Comprar un SIMCA 1000 color naranja. Zambullirse en el mar y en las piscinas. Frecuentar grilles y restaurantes. Pagar costosas cuentas. Disfrutar pizzas, espaguetis y maíz pira. Amar profundamente a los hijos. Sentirse orgulloso. Verlos brillar en los estudios. Aconsejar, orientar, instruir. 

Volver al presente. Enterarse de que nuevamente tuvo una convulsión. Oír que los signos vitales son estables y que se han suministrado los medicamentos ordenados. Observar que los hijos acuden alarmados. Escuchar palabras de aliento. Sentir que le toman la mano.  Percibir que están presentes hasta que el horario de visitas lo permite. Despedirse sin poder hablar. Mover la cabeza con dificultad. Captar que la máscara de oxígeno le está cubriendo la cara. Entender que el especialista fuera de la habitación manifiesta que el estado de salud es complicado. Cerrar los ojos. Dejar escapar unas lágrimas. Soñar profundamente. Transitar en las imágenes y sucesos acumulados.

Participar en fiestas familiares y noches de tertulia con los amigos. Ambular por el mundo de Baco y la poesía. Disfrutar las canciones de Luciano Pavarotti, Felipe Pirela, Juan Legido, Harry Belafonte y Chava Flores. Escuchar melodías que vienen y van caprichosamente. Observar cientos de colillas de cigarrillo en atiborrados ceniceros. Ingerir copas de aguardiente rebosantes. Caminar por el Bolívar Bolo Club. Celebrar moñonas. Acostarse con mujeres. Beber sifones y acompañarlos con maní. Viajar al Caribe, Europa y Estados Unidos. Entablar una amistad entrañable con los fundadores de la empresa. Vivir la bohemia en su estado más puro. Leer cientos de libros. Ver decenas de películas. Ayudar a León de Greiff a publicar Nova et Vetera. Visitar los museos de  Orsay, el Louvre, el Prado, el Metropolitan, la National Gallery y el Rijksmuseum. Subir a la torre Eiffel y caminar por el Palacio de Versalles. Cenar en Windows of the World y oír Strangers in the Night de Frank Sinatra. Emocionarse con el show del Moulin-Rouge.  Gritar al Moisés de Miguel Angel “Parla, parla!”. Tomar jerez en las Cuevas del Sacromonte. Comprar la tan anhelada finca.  Frecuentar el “Lloyd´s Pub” y “El Español”.

Visitar la casa de los Escuder en Torremolinos. Ingerir más y más licor. Retirarse de la empresa para iniciar una etapa como emprendedor. Sentirse traicionado. Encarar un descalabro financiero. Decepcionarse. Involucrarse con Laura, esposa de un amigo y amiga de Eugenia. Seducir. Aventurarse. Enfrentar la prohibición. Sentir adrenalina. Enamorarse. Abandonar el hogar. Convivir con los silencios en una nueva morada. Hacer frente a la soledad. Reclamar a los hijos. Reflexionar. Beber whisky en cantidades alarmantes. Necesitar dinero. Idear un condominio. Aceptar la aparición masiva de canas. Vender la finca. Sentir aflicción y nostalgia. Aprovechar la bonanza momentánea. Jugar tenis. Construir una casa. Comprar más cajas de wiskhy. Viajar por la amada sabana de Bogotá. Saber que se separara la esposa de su amigo. Proyectarse. Visualizarse con Laura. Sentir ansiedad. Estar expectante. Evidenciar el marasmo. Sentirse frustrado. Refugiarse en la poesía. Escribir y publicar libros. Ingerir aguardiente. Padecer una nueva crisis económica. Incursionar en el negocio de bienes raíces. Luchar por las comisiones tal como lo hacía papá. Preguntarse por cadenas ancestrales. Sentir angustia. Caer en una penosa enfermedad. Recibir el diagnóstico fulminante: cirrosis alcohólica. Intentar cumplir con la restricción del alcohol. Infringir el mandato. Pasar por alto las dietas. Ingresar a la lista de espera para un trasplante.

Hablar dormido. Despertarse por el propio grito llamando a mamá. Sentir una sacudida. Sudar como un atleta. Entender gradualmente que se estaba soñando. Observar a Eugenia, mientras le habla solidariamente y le da un poco de agua. Escucharla. Querer decir algo y no lograrlo. Ser consciente de la incapacidad de expresarse. Recibir actualización del parte médico. Llorar en silencio. Saber que la situación es cada vez más preocupante. Recibir una inyección por parte de un enfermero. Caer en un sueño incontenible.

Regalar los libros acumulados durante años. Arrendar una habitación para ayudar con el sustento. Ingeniar negocios para obtener algunos pesos. Jugar ajedrez con el señor de la tienda de abarrotes. Redactar dedicatorias y firmar el último libro de poesía. Observar las ilustraciones que hizo Ricardo, el amigo pintor y que acompañan cada una de las secciones de la obra. Sentirse orgulloso. Desorientarse. Caer enfermo. Padecer encefalopatías. Aceptar el abandono de Laura. Sentirse incomprendido. Verse en internaciones frecuentes. Pasar por el tamiz a todos los amigos y comprobar que sólo pocos permanecen. Aceptar que Eugenia y los hijos decidan hacerse cargo. Recibir contadas visitas de los familiares. Evidenciar confusión y deterioro progresivo en el estado de salud. Ver a los hijos llorando. Notar su angustia. Sentirse culpable. Percibir los cuestionamientos que la gente le hace a Eugenia, por estar asumiendo un rol que no debería.  Recibir un trasplante tardío. Asumir una lenta y tortuosa recuperación. Desear estar con Laura nuevamente. Comprobar que no existe reciprocidad. Recaer. Ambulancias, salas de emergencia, camillas, enfermeros, inyecciones, sueros, hastío. Sueños prolongados.

Temblar de frío. Perder por completo el apetito. Sentir inapetencia a las bebidas. Evidenciar la incapacidad para ver, oír y sentir contacto. Llevar un latido cardíaco cada vez más lento. Respirar con dificultad. Tener desaliento. Cargar con la depresión. Estar ansioso. Fatigarse en extremo. Confundirse mentalmente. Tener un cerebro incapaz de mantener el cuerpo bajo control. Orinarse. Defecarse y sentir náuseas regularmente. Perder los rasgos faciales. Esperar a que la habitación esté sola. Interactuar con personas que no están en el cuarto. Conversar con algunos de ellos. Evidenciar una sensación inmensamente positiva. Ver aparecer entre la gente a mamá. Apreciarla elegante y bella; joven y radiante como en sus mejores años. Sonreír de nuevo y dejar escapar lágrimas de felicidad. Abrazarla y sentirla nuevamente. Recibir el amor infinito. Observar una intensa luz blanca. Abrigar la abrumadora sensación de paz y descanso.  Partir.

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