Prometí que estaría con él hasta la muerte

Hay noches buenas, noches malas y noches de mierda. ¡Venga! Bienvenida noche de mierda, ¿qué harás conmigo hoy? Mandaste el buen juicio de vacaciones. Aprovéchala bien.

A veces pasa, vas cavando poco a poco hasta que te encuentras sumida en un momento de perdición, en algún instante de claridad dices: “¡Qué puto desastre hice! ¡Maldita sea!”, pero el instante se acaba y sigues cavando, sigues explorando, sigues devastando. Te destrozas de golpe en golpe y noche a noche la melancolía te consume de forma progresiva.

Cada duda y cada remordimiento alimenta el monstruo. “¿Qué lobo alimentas tú, hijo?” dicta el proverbio. Pues, alimento al que parece que entra por las tripas y me devora desde adentro, alimento al que me hace gritar, alimento al que me hace sentir, alimento al que espero saciar hasta que pare, hasta que pare y quede satisfecho, hasta que no me visite más, hasta que haya logrado lo que sea que quiere.

Nunca he aprendido a compartir estos momentos, casi parece egoísta, pero justo en el momento antes de ser consumida por completo, llegó él, llegó él acompañado de la paradoja, de la locura. Siempre estuve dada a regirme bajo un consejo: “No crean todo lo que oyen y crean la mitad de lo que ven”, pero el tipo me hizo caer. Y es que no era sólo su cara, su cuerpo o su voz, eran sus ojos y la forma en la que me hablaban, era su olor y la sensación que me producía su cercanía al hacer erizar cada milímetro de mi piel y atraparme eternamente en el momento,  era la tentación hecha hombre.

Había un juego entre los dos que sólo podía ser jugado a mi manera, bajo mis reglas. Era un juego de dominación, de seducción, de miradas, de retos constantes y de orgullos.  ¿Quién haría caer a quién? Somos animales con instintos primarios, yo soy una mujer dominada por el instinto de caza y esta presa en particular llamaba mi atención. Manifesté una pulsión incomparable cuando nuestras miradas se cruzaron con ansias de devorar y ser devorados, desde ese me momento me propuse hacerlo mío, y lo fue, lo fue hasta este momento. Prometí que estaría con él hasta la muerte.

Las expectativas aumentaban con cada mirada, cada guiño, cada palabra, cada reto. No sé en qué momento dejé de ser cazadora para convertirme en presa, pero él tenía control de cada parte de mi ser, tanto así que le permití controlar hasta mi respiración. Nuestros cuerpos se movían al unísono, todos mis sentidos se distorsionaron, mis manos inquietas encontraron el alivio cuando él las entrelazó con las suyas. Mi piel ardía en deseo y se derretía a su tacto, pero de repente noté un desvarío en su mirada, una respiración más calmada que se convirtió en suspiro y un lamento que evidenciaba culpa. No lo soporté, cuando lo dejé de sentir mío, la ansiedad, la noche y la ira se apoderaron de mí. Ahora soy yo quien controla su respiración.

Nunca me había sido tan difícil persistir. El vacío creciente al tener su cuello entre mis manos es absorbente, aturdidor, devorador. Me pregunto si en algún momento quedará algo que valga la pena devorar o estaré consumida por completo. “Recupera el aliento”, me digo mientras lo ahorco, “Haz que tu corazón lata más lento, domina tu propio maldito estado”. Mientras él se retuerce en la cama, su mirada me resulta difícil de leer entre súplicas, amor y desconcierto. Mientras yo recupero el aliento, él lo pierde sin posibilidad de darme una explicación… “No crean todo lo que oyen y crean la mitad de lo que ven”. Supongo que no podía permitir sentirme atrapada, cazada, vulnerable.

Al fin logro calmarme: prometí que estaría con él hasta la muerte. Nunca dije que la mía.