Todo viaje es en realidad dos viajes

“Bienvenidos a Ciudad de México, señores pasajeros”, dice la azafata al aterrizar. Subo el cierre de la chaqueta al salir del avión: hace frío al amanecer de este lunes 14 de diciembre.

Presento en inmigración los documentos al día y paso sin problemas. Recojo la mochila, hago fila para coger un taxi. “Vas a tardar cerca de una hora en llegar al apartamento”, me había advertido Julieta. El conductor habla de los problemas del DF: trancones en las vías, pobreza en las calles, racionamientos de agua. Desde ya me siento como en casa.

Julieta me recibe con unas quesadillas deliciosas. “¿Qué queso le pusiste?”, pregunto. “Manchego”. No tengo duda alguna de que la comida mexicana me va a enloquecer. Me conecto a internet. “Cómo llegaste?!”, escribe ella desde Colombia, por Whatsapp. Sonrío. Salimos de prisa: Julieta a trabajar, yo a divagar por la ciudad.

Ciudad de México me sorprende durante los primeros días. En las calles observo las esculturas de Jorge Jiménez Deredia, edificios antiguos albergan el trabajo de Javier Marín, el Palacio de Bellas Artes exhibe murales de Diego Rivera y David Siqueiros, entre otros artistas. Observo el atardecer desde el último piso de la Torre Latinoamericana, la más alta del centro histórico. Wall-E me acompaña. En restaurantes tradicionales pruebo algunos de los platos de los que tanto me habían hablado: enchiladas de pollo verde, chuleta de res con totopos rojos, pollo con mole negro. Todo delicioso, sobre todo las variedades de chiles. Me propongo probarlas todas.

Chateo continuamente con ella. Está feliz de que esté viajando. “Quisiera estar allá”, se le escapa. Me tranquiliza escucharla así. Dejé Colombia con preocupación por lo que pudiera pasar entre los dos; las cosas por fin empezaron a darse hace un par de semanas, después de haber estado buscándola durante algunos meses. Le conté que salía del país el mismo día en que viajaba, temprano en la mañana, al despertarnos. Recibió bien la noticia. “Nos vemos en un mes”, dijo al salir del apartamento, coqueta. Recordé entonces las palabras que acababa de regalarle: “No te has ido y ya te echo de menos,/ te acabo de besar/ y mi saliva se multiplica queriendo más,/ cruzas la puerta/ y ya me relamo los dedos para guardarte”.

Dejo el DF para dar una vuelta por el norte del país, con la idea de regresar a la ciudad para pasar el año nuevo con Julieta y Nico.

Subo hasta la cúspide de la Pirámide del Sol, la más monumental de Teotihuacan, “el lugar en donde se hacen los dioses”. El sol calienta con persistencia y no hay sombra bajo la cual uno pueda resguardarse. Las cabezas de las serpientes emplumadas que decoran el Templo del dios Quetzalcóatl me invitan a disparar la cámara varias veces. La leyenda cuenta que el dios se prendió fuego a sí mismo y de las llamas salieron los pájaros quetzal, aquellas aves trepadoras de plumaje verde tornasolado y rojo que han sido inmortalizadas en el escudo de Guatemala, el país vecino en el sur. Me la imagino a ella recorriendo mis mismos pasos y observando las mismas piezas arqueológicas que yo, años atrás, cuando vino con su familia.

Llego a Guanajuato el 19 de diciembre. Por encima, en la parte antigua, abundan casas coloniales de colores vivos e intensos que son separadas por callejones estrechos por donde transitan carros en un solo sentido; por debajo la ciudad es atravesada por túneles que fueron construidos entre los siglos XIX y XX para evitar que el agua inundara la ciudad y que actualmente se usan para la movilidad de la gente. Visito el Museo Iconográfico del Quijote, lugar que me sirve para comprobar –una vez más– que existen tantas interpretaciones posibles de una obra como lectores hay de ella. Los atardeceres los paso en el mirador de Pipila. Incluso desde allí se ve la majestuosidad de la Universidad de Guanajuato y la Basílica Colegiata de Nuestra Señora de Guanajuato.

Me levanto temprano para tomar el primero de los tres buses que me llevarán a Real de Catorce. “Aquí va una canción para ti… Viviré para ti de Los Amigos Invisibles”, leo en el Whatsapp. Es ella. “♫Ven y dame todo lo que quieras/ Que yo esperando estaré por ti/ Ven y llévate lo que prefieras/ Todo esto, es para ti/ Y entregaré mi vida/ Y no tendré salidas/ Solo tuya seré♫”. Entonces se agudiza el conflicto interior: quisiera que el viaje nunca terminara para recorrer todo México y al mismo tiempo quisiera que terminara pronto para volverla a ver.

El primer día que amanezco en el pueblo recorro sus calles y montañas de piedra. Busco sus principales atractivos arquitectónicos, pero, o bien están cerrados por fin de año, o bien están caídos por el abandono. Aunque durante la colonia albergó una de las principales minas de plata de Latinoamérica, Real de Catorce entró en decadencia a comienzos del siglo XX debido al agotamiento de sus reservas y al estallido de la revolución mexicana. Hoy en día es famoso por la belleza de sus paisajes y por ser la tierra en donde crece el peyote, la planta alucinógena que es sagrada para los indígenas huicholes y apetecida por los viajeros para usos terapéuticos y recreativos. Tengo ganas de mostrarle a ella cómo es el pueblo pero él único restaurante con wifi ya está cerrado.

A la mañana siguiente voy a la “caza del peyote”, como dice Anselmo, mi guía. Vamos con Príncipe y Coyote, nuestros caballos. Descendemos por montañas de piedra hasta llegar al desierto. Atamos los caballos a matorrales sedientos e iniciamos la cacería. Anselmo encuentra los peyotes; son cáctus del tamaño de la palma de mi mano, verdes por fuera y amarillos por dentro. Me pasa tres cabezas; las como despacio, con mordiscos pequeños, sintiendo su sabor y textura. Son amargas como los carambolos biches que, cuando niño, comía en Ibagué con mis amigos del barrio. Reiniciamos la marcha en ascenso hacia las montañas. Primero vienen el mareo, el sudor frío, las ganas de vomitar; después una sensación de plenitud interior y lucidez mental, de comunión con el entorno y el caballo. Veo el cielo agitarse en lo alto, nubes que pasan en cámara rápida, vientos que intentan congelarme. Empiezo a sentir lo que Coyote siente: los músculos tensos, la boca seca, la espalda pesada. Ya no soy yo, ni él es él. Ahora somos uno: somos un centauro galopando en México. Entiendo por fin lo que es ser uno con la naturaleza. Dejo de ser yo por un instante. Dejo de existir. Desaparezco…

Quisiera quedarme más días, recorrer los pasos, entender mejor lo que ha pasado, pero debo seguir. Juan Manuel me espera en Monterrey.

Salimos a recorrer la ciudad en la noche y nos ponemos al día sobre nuestras vidas. Han pasado 4 ó 5 años desde la última vez que nos vimos, en Bogotá. Bebemos cerveza Bohemia –mi favorita en México– y comemos camarones enchipotlados, de lejos el mejor plato que he probado en el viaje. Le mando a ella fotos de los camarones envueltos en las tortillas de maíz, con el queso derretido y la salsa roja picante escurriendo por los lados. “Te odio”, responde. A media noche nos vamos a descansar. Al día siguiente nos espera un viaje largo por carretera hasta Xilitla, un pueblo pequeño en medio de montañas.

Llega la noche de navidad. La llamo temprano, antes de que se ocupe con su familia y las líneas telefónicas se congestionen. Escucho su voz suave y dulce. Sus expresiones de niña elegante y consentida. La siento cercana. Tierna. Cariñosa. Tan tierna y cariñosa como nunca ha sido antes. Le digo que la pienso y que la extraño. Sonrisas del otro lado. Nos deseamos feliz navidad. Al colgar le envío una canción que expresa lo que siento.

Noche tranquila en Xilitla. Caminamos por el pueblo, tomamos cervezas en el parque central, comemos el plato especial del mejor restaurante que encontramos abierto. Reservamos energías para celebrar al día siguiente en el lugar que en realidad nos trajo hasta aquí: el jardín surrealista de Sir Edward James.

Al llegar al hotel reviso el celular. Silencio de su parte. Veo que ya vio mi mensaje, pero no hay respuesta alguna. Ni palabras ni emoticones. Nada. “Qué raro”, pienso.

El jardín es un conjunto artístico y escultórico construido en las décadas de 1960 y 1970 para dar vida al universo surrealista que unía a Sir James con sus amigos Luis Buñuel y Salvador Dalí. Al jardín no vamos solos; nos acompaña el Dr Hoffman. Desde la fila de entrada vemos “Las escaleras que van al cielo”, el primero de los atractivos del jardín. Escalamos la montaña por caminos laberínticos que nos llevan a distintos puntos y nos separan por un rato. Recorrer el lugar es como visitar las ruinas de un complejo milenario antes habitado por el ser humano pero destruido años atrás por una amenaza externa. Plantas gigantes salen de techos y ventanas; musgo verde con pintas amarillas y naranjas recubren las paredes grises de sus edificaciones nunca terminadas. En el punto más alto del jardín está “La casa de bambú”; subimos al tercer piso por escaleras en espiral que no tienen paredes. Desde la cima se ven en el horizonte árboles coloridos bailar al son marcado por la brisa y abajo el lomo vivo de “La recámara con techo en forma de ballena”. Al llegar a “La casa de los tres pisos que podrían ser cinco” la luz del atardecer enciende el lugar con colores naranjas y amarillos que nos invitan a atravesar sus portales y a recorrer sus pisos de abajo a arriba y de arriba abajo, una y otra vez, hasta llegar a comprender que el jardín surrealista es una invitación a dar vida al arte desde su interior y que el espectador puede ser, en realidad, parte integral de la obra. Terminamos el recorrido, agotados, en “Las Posadas”, el oasis de piscinas y cascadas naturales en donde los cantantes de Empire of the Sun calman la sed que el desierto les ha provocado. “¡Este güey se la mamó toda!”, dice Juan Manuel, en su español mexicanizado. Estoy completamente de acuerdo. ¡Qué lugar y qué experiencia! Ambos damos las gracias a Sir James y al Dr Hoffman. En la noche celebramos con cerveza Bohemia y mezcal artesanal de finas hierbas.

Al día siguiente la recuperación y al otro día la despedida. Juan Manuel vuelve a su rutina laboral y yo a mi viaje en solitario.

Querétaro es otra de las ciudades coloniales de México, famosa por el acueducto antiguo que la atraviesa y la belleza del edificio que alberga el Museo Regional. Vuelvo a visitar galerías y museos de arte. Pero no me siento igual que antes. Tengo cierto guayabo provocado por los días de fiesta y el retorno al viaje individual. La distancia y el silencio de ella tampoco ayudan. Ahora me escribe con menos frecuencia y deja mis mensajes en visto, para ser respondidos horas más tarde. No entiendo qué pasa.

Retorno al DF el 30 de diciembre. Voy con Julieta a la casa museo de Frida Kahlo en la delegación de Coyoacán, “el lugar de los coyotes”. De México me mata que hay galerías y museos y ventas de libros por doquier. Empiezo a entender por qué grandes artistas colombianos como Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis y Leo Matiz hicieron carrera aquí.

Al día siguiente, antes de salir a celebrar, la llamo. Quiero desearle un feliz año. Contesta. Parece sorprendida. La siento incómoda. Está seca y distante. Incluso distraída. No hablamos mucho antes de que decida colgarle. Para mí ya todo está dicho aunque no se haya dicho nada: ella ha terminado con lo “nuestro”. Se agudizan las preguntas sin respuesta: ¿Qué hice? ¿Qué no hice? ¿Apareció el ex novio? ¿Conoció a alguien? ¡¿Qué pasó?! En fin, la incertidumbre y la impotencia que carcomen.

En la noche Nico, Julieta y yo vamos al concierto público de los Tigres del Norte, en el Paseo de la Reforma, una de las avenidas principales del DF. El lugar está a reventar. A Nico y Julieta no los veía desde que nos despedimos en Melbourne, hace más de dos años. En Australia solíamos compartir noches de fiesta, libros de inglés e implementos para hacer aseo.

El primero de enero, día de “cruda” y descanso, vamos a navegar por los canales de Xochimilco. Alquilamos una trajinera para nosotros. Música de mariachis en vivo ambienta el lugar. En los botes comen, beben, ríen todos. Al compartir con Nico y Julieta noto lo fácil que es para un tercero reconocer cuándo en una pareja hay un amor desigual. “Eso mismo deben haber visto mis amigos en nosotros”, pienso. Todos sabían que las cosas no iba a prosperar, salvo yo. El castillo de naipes que armé en solitario se vino al piso antes de poner la última carta.

Luego viene la ciudad de Oaxaca. Más cultura y más pueblos coloniales. Empiezo a cansarme del plan. Me distraigo tomando fotografías y escribiendo en mi diario de viaje. Hablo acerca de las dualidades del amor; de cómo produce una felicidad infinita cuando se gana y un sufrimiento invivible cuando se pierde. Le pregunto qué pasó y responde que nada. Pregunto si hay alguien más y se ofende. No quiere hablar más. La ruptura es evidente. Decido cortar con el asunto y seguir adelante. No puedo dejar que el viaje se vaya al piso. Aún me quedan diez días en México.

Nada como adentrase en la naturaleza para recobrar la fuerza y la energía. Voy al Jardín Etnobotánico, diseñado por el maestro Francisco Toledo a partir de especies originarias del estado de Oaxaca. Al día siguiente me dirijo a Hierve el Agua, un sistema de cascadas petrificadas en el aíre debido al alto contenido de minerales del agua que las recorre. El viaje debe terminar –cómo no– en la playa. Mazunte y Zipolite son las más recomendadas. Lugares de libertad y distención. Paso mi última semana en sintonía con la naturaleza. Recobro la paz al compás de las olas del mar, la meditación en la playa, la hechura del retrato colectivo de una tarde de domingo en la playa.

Todo viaje es en realidad dos viajes: uno externo y otro interno. El primero que te mueve en el tiempo y el espacio, el segundo que responde desde adentro a los estímulos y las experiencias que vienen de afuera. Ambos viajes conectados e interdependientes, influyéndose y moldeándose el uno al otro. Ambos viajes transformando la persona quien eres, a veces para siempre.

“En nombre de Aeroméxico les damos la bienvenida a bordo del vuelo AM 708 con destino a la ciudad de Bogotá”. Regreso cargado de fotografías y experiencias y comidas memorables, pero con una ilusión perdida. Todo viaje es una apuesta y, como tal, trae ganancias y pérdidas. Eso es seguro. Lo que no se sabe por anticipado es qué se gana y qué se pierde.

01 Wall-E en la Torre Latinoamericana
Wall-E en la Torre Latinoamericana
02 Vista del centro histórico de México
Centro histórico del DF
03 Palacio de Bellas Artes
Palacio de Bellas Artes

Subo hasta la cúspide de la Pirámide del Sol, la más monumental de Teotihuacan, “el lugar en donde se hacen los dioses”.

06 Guanajuato
Calles de Guanajuato
07 Universidad de Guanajuato
Universidad de Guanajuato
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Guanajuato
08 El sombrero loco en Guanajuato
El sombrerero loco en Guanajuato
00 Guanajuato
Vista de Guanajuato, desde el mirados de Pipila
09 Real de 14
Al fondo, entre las montañas de piedra, Real de Catorce
11 Monterrey
Monterrey
12 Road trip hacia Xilitla
Road trip hacia Xilitla, con Juan Manuel
13 La casa de bambú
La Casa de Bambú. Jardín Surrealista de Sir. James
14 Retrato en el portal de entrada a la casa de los tres pisos que podrían ser cinco
Retrato en el portal de la “casa de los tres pisos que podrían ser cinco”. Jardín Surrealista de Sir. James
16 Nico, Julieta y yo
Con Nico y Julieta, en su apartamento
17 Balcero en Xochimilco
Trajinero en Xochimilco
18 Paseo por Xochimilco
Paseo por Xochimilco
19 Jardín Etnobotánico de Oaxaca
Jardín Etnobotánico de Oaxaca
21 Piscina natural en Hierve el Agua
Piscina de agua natural en lo alto de Hierve el Agua
22 Tarde de domingo en la playa
Retrato de una tarde de domingo en la playa. Zipolite
23 Ave en Zipolite
“Todo viaje es en realidad dos viajes: uno externo y otro interno”. Mazunte

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