De esas cosas que uno cree que nunca le van a pasar

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Viernes, 23 de diciembre de 2016. Aeropuerto Internacional El Dorado. 6:17 a.m.

Tres personas hacen fila en Copa Airlines. Las dos primeras son una pareja; la última, un hombre solo. La pareja muestra sus documentos, entregan sus maletas, reciben los pasabordos. Sonrisas en su rostro. Pasa la tercera.

–¿Para dónde se dirige, señor? –pregunta el muchacho de la recepción.

–Voy a Costa Rica –responde, al entregarle el pasaporte.

El muchacho revisa sus páginas, de principio a fin. Luego pregunta:

–¿Con qué visa va a viajar?

–Con la de los Estados Unidos –responde, con seguridad–. Está en las primeras páginas.

El muchacho revisa de nuevo el pasaporte, y dice: “Señor Óscar, la visa está vencida. Así no lo puedo dejar abordar”.

Óscar -ese señor al que no van a dejar viajar– soy yo.

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Agarro la maleta y me dirijo al punto de atención de Copa Airlines. Un señor mayor discute con la señorita que atiende detrás de la ventana. “¿Cómo no voy a poder viajar si tengo el tiquete en mis manos?”. “Lo siento señor: sin la reserva del hotel no lo podemos dejar abordar”. “Yo no necesito reserva de hotel: ¡no ve que voy a visitar a mi hijo!”. Antes la situación me hubiera parecido divertida, insólita, inconcebible. Ahora no. Ahora siento simpatía, tristeza por el señor.

“¿Qué puedo hacer para viajar pronto?”, le pregunto a la niña, después de explicar lo sucedido. “Tranquilo: la visa de Costa Rica es fácil de conseguir –me dice–. Sáquela pronto y viaja”. Me suena un poco extraño, pero le doy un voto de confianza. Del tema, no sé nada. ¿Para qué iba a averiguar si tenía la visa gringa…?

Salgo para la casa de inmediato. No hay tiempo que perder. Enciendo el computador. “requerimientos visa costa rica para colombianos”, digito en Google. Doy clic en la página web de la Embajada. Miro el menú principal. “Sección consular”. Clic. “Visas”. Clic. “Visas de turismo”. Clic. Con el cursor bajo y bajo y bajo. Entre otros requerimientos para la visa, leo: “5. Original del certificado internacional de vacunación contra la fiebre amarilla. La vacuna debe administrarse al menos 10 días antes de la fecha de planeada de ingreso”, “7. Récord migratorio. Se obtiene en las oficinas de Migración Colombia y normalmente se entrega en un plazo de 3 días hábiles”, “11. Carta laboral y/o carta o certificación de estudios, emitida por la institución educativa”. Luego de esta lectura, la conclusión es clara: a Costa Rica no hay viaje… Suspiro. Siento rabia.

Me queda otra posibilidad: Nicaragua. Desde allá tengo el tiquete de regreso a Colombia, a mitad de enero. ¿Pero qué hago con Pacho? El man me está esperando en Costa Rica para pasar navidad. En eso quedamos. Pues nada, le va a tocar pasarla solo. Qué cagada… Pero bueno, estará en la playa de Puerto Viejo. Allá no creo que haya pierde. Aburrirse en el lugar del reggae, las extranjeras y la fiesta caribeña, no creo. Además Pacho es músico. Al menos parche levantará. ¡Nooo!, imposible que la pase mal. Lo que puedo hacer es irme a Nicaragua y esperarlo allá para pasar el fin de año y luego viajar juntos unos días. Eso no suena mal. Toca ver si puedo hacerlo.

Abro la página web de Nicaragua. “Según el decreto 07-2009, los países clasificados en la categoría “B” (entre los cuales se encuentra Colombia) podrán solicitar la visa al ingresar al territorio nicaragüense, siempre y cuando cumplan con los requisitos establecidos”. Uff ¡No lo puedo creer! ¡Al menos una noticia buena! Ese es el plan: viajar las tres semanas que tengo por Nicaragua. Pero voy a estar solo todo el tiempo y dicen que es muy peligroso… Pues nada, es eso o quedarme en Colombia con la ilusión de haber salido. Qué hijueputas, ¡vámonos!

Verdad que Guatemala y El Salvador están ahí al lado. Qué tal que no pidan visa para entrar o que la den al llegar. Ese podría ser otro plan. Y no está nada mal. Iniciar en Guatemala o El Salvador y luego ir a Nicaragua para encontrarme con Pacho. Pues mirar a ver. No pierdo nada.

Reviso los requerimientos de visa para colombianos en ambos países y resulta perfecto: los dos otorgan visa al llegar. Entro a internet. Chequeo precios de tiquetes. ¡Uy, están la verga! ¡Me voy para allá! Me toca perder el tiquete de ida a Costa Rica, pero me devuelvo desde Nicaragua con el que tengo. Pudo ser peor… Vuelvo a ser persona, vuelvo a respirar, vuelvo a soñar con el viaje.

Llamo a la agencia de viaje por donde compré el tiquete. Después de varios intentos me contestan en España. Explico qué paso y qué quiero. La señorita me pide que espere unos minutos. Me siento tranquilo, esperanzado. Le quedaré mal a Pacho para navidad, pero podemos viajar después juntos. Nada grave. Pacho es un man que ha viajado muchas veces solo y no tiene problema con eso. Con seguridad la pasará bien mientras llego. “Gracias por esperar en la línea”. Respiro profundo. “He chequeado en el sistema y no es posible cambiar sus boletos con las rutas que me pide –silencio eterno–. En cuanto un pasajero deja de abordar un avión, los demás boletos quedan bloqueados. La única forma de no perder los suyos es manteniendo los destinos originales”. Todo se desmorona otra vez. Adiós a Guatemala, adiós a Nicaragua, adiós a Pacho, adiós a mis vacaciones internacionales de fin de año…

“Llama a la Embajada de Costa Rica a ver si te pueden ayudar”, me dice mi mamá. “¿Para qué?”, respondo, derrotado, incrédulo. Pero llamo, por no dejar. Explico el caso a la señora que contesta. “Todas las personas se atienden con cita previa y la visa se demora un día hábil”. “¿Y si voy para allá y expongo mi caso?”. “Señor: no se atiende a nadie sin cita”. Antes de colgar, sin embargo, pregunto: “¿Hay algo más que pueda hacer?”. “Llame después de las diez y media que la gente se haya ido y pregunte por el Cónsul. Él quizás lo pueda ayudar”. Hablar con el Cónsul, ¡sí claro! A la mierda el viaje. A la mierda las vacaciones. Pero llamo, como último recurso.

“Bueno, tráigame los papeles que tenga antes del medio día y le doy la visa. No olvide hacer el pago”. ¡¿Qué?! Entro a internet, bajó los documentos que puedo. Diligencio formatos. Saco fotocopias del pasaporte y todo cuanto piden. Tomo un taxi. Hago fila en el banco. Pago la visa. Tomo otro taxi. Llego a la Embajada. Hago fila. Entrego los papeles. Espero. Recibo la visa y sonrío. Sonrío de veras. No lo puedo creer. “En verdad todo bobo es de buenas”, me digo.

*

Domingo, 25 de diciembre de 2016. Aeropuerto Internacional El Dorado. 3:08 a.m.

Un grupo numeroso de personas hace fila en Copa Airlines. Pasan a la recepción familias de dos, tres, cuatro personas. Entregan sus documentos, pesan sus maletas, reciben los pasabordos. Los niños saltan, los padres calman, las familias sueñan. Hay sonrisas y alegrías en el aire. El aeropuerto aún alberga el espíritu de la navidad.

Les sigue un hombre con mochila a la espalda y botas de trekking.

–¿Para dónde viaja, señor?

–Voy para Costa Rica.

–Me permite sus documentos, por favor.

La recepcionista observa el pasaporte, chequea los datos en el computador, aprueba la visa costarricense.

–Me permite el certificado de la vacuna contra la fiebre amarilla, por favor.

El señor se la pasa, con nerviosismo en su interior. La recepcionista observa el certificado atentamente y, alzando la vista, dice: “Señor, usted se aplicó la vacuna hace 4 días –el señor abre los ojos, suda frío, tiembla–. Por política de la empresa, el mínimo de días que se aceptan son 10. Lo lamento pero no puedo autorizar su viaje”.

*

Explico a la señorita que hace cinco años me apliqué la vacuna, antes de salir de viaje por Suramérica, pero que perdí el certificado. “Chequee el pasaporte. Ahí están las entradas a los países. ¿Cómo iba a poder viajar sin tener la vacuna?”. “Lo siento señor. Pero sin el certificado original no lo podemos dejar viajar”. Le explico que mis amigos Pacho y Carolina viajaron a Costa Rica hace poco habiéndose puesto la vacuna el día anterior y que no hubo problemas. “Lo siento señor”, insiste ella. Tanto esfuerzo para que se me queme el pan en la puerta del horno…

Arrastro la mochila por el piso hasta la puerta de entrada. Me la pongo con desgano. Siento su peso en mi espalda, ese peso delicioso que rememora viejas andanzas y excita con promesas futuras. Me devuelvo. “¿Qué puedo hacer para viajar?”. “Lo único es que traiga el certificado original o que consiga una validación de la vacuna que se puso antes”. “¿En dónde puedo hacer eso?”. “Aquí en el aeropuerto hay un puesto de vacunación. Allá le ayudan”. Busco el puesto con desespero. Me dicen que es aquí, que es allí, que es más por allá. Al fin lo encuentro. “Nos permitimos informar que los días 25 de diciembre de 2016 y 1 de enero de 2017 no habrá servicio de vacunación”, dice en la puerta del consultorio. Normal. Llamo a la Cruz Roja. No contestan. Llamo al terminal de transportes. No contestan. Busco información en internet y confirmo que hoy no hay servicio de vacunación en Bogotá. Normal. De nuevo el ánimo al piso. Ya huele a pan tostado…

“Mijo, y si buscamos el certificado en su apartamento”, dice mi mamá. “Eso se perdió hace tiempo”, respondo, derrotado, irritado. Pero voy para allá con mis papás. En el recorrido se suma mi hermana menor. Buscamos entre los libros, entre el desorden, entre las cajas. En todo lado. Y nada. En la última caja mi mamá encuentra un papelito blanco y pregunta: “¿Qué es esto?”. Lo miro con cuidado y descubro con sorpresa que es el certificado de vacunación contra la fiebre amarilla que me puse en el 2007, antes de ir con mis amigos a acampar en el parque Tayrona. Hago las cuentas y el periodo de 10 años alcanza a cubrir esta fecha, así que ya no hay excusa para la aerolínea. Salgo a toda para el aeropuerto. Llego al medio día. Me recibe otra señorita. Explico el caso. Entrego los papeles. Imprimen mis tiquetes. Paso a emigración.

El vuelo de las 3 de la tarde transcurre normal. Duermo un poco en el avión. Llego por la noche a San José, algo asustado. ¿Qué tal que no me dejen entrar? ¿Y si todo esto han sido señales del universo para que no viajara? ¿Será que se supone que no deba estar aquí? Es normal que me cuestione: Destino Final.

Llego, por fin, a la ventanilla de inmigración. Entrego el pasaporte. Un señor con bigote tupido y canoso me atiende. “¿Qué lugares piensa visitar?”. “Quiero ir a Monteverde, al volcán Arenal, a Río Celeste”. “No deje de ir a Guanacaste”. “Gracias, lo tendré en cuenta”. Intento pasarle el certificado de la fiebre amarilla, pero él ­–con un gesto de condescendencia en su rostro– me dice: “No es necesario. Bienvenido a Costa Rica”.

2017-01-02 16.17.11 (1)
Felicidad al recibir la visa de Nicaragua –no sin antes haberme hecho sufrir otro tanto–

6 comentarios en “De esas cosas que uno cree que nunca le van a pasar

  1. Cada que veo a alguien en la fila, discutiendo porque le falta un documento, pienso ” Cómo no revisa eso con tiempo, váyase para la casa y deje que se mueva la fila”.
    ¡Es diferente, cuando el que olvida el documento soy!

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    1. Pensé lo mismo las múltiples veces que le pasó algo así a la gente de enfrente, en la fila. Pero como tu lo dices, es diferente cuándo le pasa a uno. Una lección de humildad o, mejor aún, de simpatía.

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  2. Alguna vez leí que los obstáculos no son señales que nos indican que debemos desistir de algún proyecto, por el contrario significan que detrás de ellos hay algo muy grande que vale la pena lucharlo. Muy bacana tu historia y a seguir viajando.

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