Reconstrucción

Era martes 21 de febrero, una semana después de San Valentín. Ella llegó a su primera cita de control acompañada de su mamá y de él, quien se había escabullido de su nuevo trabajo para estar a su lado; sin embargo, ella había decidido entrar sola. La Doctora la saludó y con gran naturalidad le dijo a su colega y a la enfermera:

-Ella es la de los conductos, los tenía horribles y tocó sacarlos-.

Se sentó en la camilla y mientras se desvestía oía cómo una semana antes habían entrado al fondo de ella para sacarle algo extraño que habitaba en su cuerpo. A ella le quedó resonando la palabra “horribles” y preguntó:

-¿Por qué cree que tuviera horribles los conductos?
-¿Usted fuma o ha tenido embarazos? – respondió la Doctora con otra pregunta.
-Ninguna de las dos – dijo ella, quien no quiso preguntar más, sentía que si lo hacía empezaría una larga conversación compuesta de muchas preguntas y respuestas, así como de términos médicos innecesarios.

Miró hacía afuera e imaginó que detrás de las ventanas de los demás consultorios había rostros desconocidos que la observaban, y entonces para no pensar, le resultó atractiva la idea de inventar historias de esos seres anónimos, a partir de la primera imagen que el azar le trajera a su mente. Sin embargo, el primer y único relato improvisado se desvaneció como su piel, cuando la Doctora, al quitarle el vendaje levantó parte de ella. El ardor fue inmediato, pero no tuvo tiempo de quejarse, pues al instante oyó la palabra “reconstrucción”. Ella se estremeció, no entendía qué estaba pasando ni cómo su cuerpo había cambiado de repente; no quiso mirarse, no quiso ver su “reconstrucción”. Sintió demasiado calor y producto de los nervios empezó a sudar, de inmediato el ardor de su piel levantada la hizo gemir.

La Doctora sacó varios objetos de un armario, pero ella solo se fijó en una jeringa con una aguja larga.

-¿Qué va a hacer con eso? -, preguntó ella.
-Necesito sacarle el líquido que le quedó por la cirugía, así que relájese porque esto va a dolerle-, respondió la Doctora.

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Ella subió la cabeza y al instante vio estrellas de dolor. Al estremecerse bajó la mirada y se vio por primera vez.

-Mire como está de bien, ¡para qué, pero me quedó impecable! – dijo la Doctora orgullosa de su trabajo, mientras hacía una curación y ponía una gaza para tapar la herida.

-¿Usted cree que es benigno lo que me sacó?, preguntó ella.

-Yo espero que sí, es de esas cosas que hay que sacar a tiempo y menos mal porque resultó que tenía el tema de los conductos y por eso nos demoramos más de lo previsto en la cirugía. Pero no tengo el ojo tan idóneo para responderle su pregunta, así que esperemos la patología. Nos vemos el próximo martes con los resultados y le quito los puntos – dijo la Doctora.

Ella salió sonriente del consultorio, quería transmitir tranquilidad, así que no habló de la “reconstrucción” y se centró en narrarles el dolor tan intenso que sintió cuando entró la aguja por su cuerpo. Salieron de la clínica, hacía frío y empezaba a oscurecer. Minutos después, llegó una de sus amigas a recogerlos, se subieron al carro y de inmediato empezó a diluviar, ella aprovechó la oscuridad y el sonido de la lluvia para dejar salir unas cuantas lágrimas. Hasta los ánimos más fuertes tienen instantes de irresistible debilidad, como cuando un cuerpo no logra aguantar, y la reserva interna que el espíritu ha tenido durante varios años se agota.

Cuando llegó a su casa, entró al baño y en medio del dolor físico se quitó rápidamente la ropa, se miró al espejo y como si hubiesen tocado la fibra más sensible de su ser, empezó a llorar inconsolablemente. Se vio diferente, como si habitaran dos cuerpos en ella; “parece que me hubieran puesto silicona”, pensó. Extrañada por su reacción sintió rabia, no entendía cómo un cambio físico podía afectarla tanto.

Salió del baño y con cara de auxilio lo miró, él, con el corazón destrozado al verla tan frágil la abrazó con cuidado, le limpió las lágrimas y le dio besos en toda su cara, mientras ella se disculpaba por su debilidad frente a él, el ser más fuerte y valiente que ella había conocido. Le daba vergüenza sentirse frágil por un cambio físico, por una “reconstrucción”, cuando él, su resucitado, había tenido que pasar por dos cirugías vitales. Él con gestos y movimientos suaves se acercó y con un suspiro de amor le dijo:

-Tú eres el ser más fuerte, valiente y maravilloso que el universo me regaló, gracias a tu amor y fortaleza estoy vivo. Me has enseñado que sentir es más mágico que pensar y que la vida consiste en vivir el eterno presente, así que no te disculpes conmigo, llora todo lo que quieras -.

Entonces, ella lloró más.

Unos minutos después se tranquilizó y en un intento de afirmación hacia ella misma, le preguntó a él con una sonrisa sagaz en su rostro:
-¿Me vas a seguir queriendo igual? ¿Te voy a seguir gustando?
-¡Claro que sí! además yo no veo el cambio, la Doctora hizo un trabajo increíble, y la cicatriz casi no se nota -, le respondió él mientras la abrazaba.
-¿Cómo qué no ves el cambio si pareciera que me hubieran puesto una bola de silicona? -, le preguntó ella un poco ofuscada.
– No para nada, simplemente no noto mucho el cambio, creo que estas inflamada-.

Ella sonrió y le dijo sarcásticamente:
-La buena noticia de todo esto, es que de ahora en adelante vas a cumplir el deseo de muchos hombres: podrás estar con dos mujeres al mismo tiempo, y una de ellas tiene silicona –.

Él se río a carcajadas.

Al día siguiente, mientras se quitaba el vendaje para bañarse y hacerse las curaciones, notó algo extraño, su cuerpo había vuelto a la normalidad, la bola de silicona de la noche anterior había desaparecido por completo, sólo tenía una modesta cicatriz en forma de luna creciente. Las oraciones de su papá habían hecho efecto, la eterna novena de su mamá quien con los años se había vuelto creyente, estaba dando resultado, y las palabras de él eran ciertas, la noche anterior estaba inflamada.

Se río mientras se miraba al espejo y pensó: “no tendré que reconstruirme nuevamente”.

*Dibujos de Leonardo López

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