Timbre fuerte por favor

 

Este olor que hasta ahora había asociado a Londres en general, proviene en realidad del puesto de flores de Wellington Place.

La plaza en el centro conserva el pasto bien cuidado. El blanco inmaculado de las fachadas y el silencio solemne hacen que parezca congelada desde los tiempos de la reina Victoria. Las personas se han ido, los edificios no, es una metáfora del imperio.

Reconozco las cortinas de terciopelo rojo que cuelgan de la ventana del comedor. De todos los objetos, de todos los recuerdos que tengo de ella, las cortinas son lo menos importante. Sin embargo, en este momento, son cruciales, porque estáticas en el comedor, me dicen: “Aquí estoy, sigo viva, la casa sigue en pie a pesar del tiempo”.

 

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*Comedor con las cortinas de terciopelo rojas

Al pie de las escaleras de la entrada hay una silla de ruedas motorizada, seguro le pertenece, me alegra saber que puede ser de ella porque significa que aún está viva, pero me entristece pensar cómo puede haber envejecido. Al lado del timbre hay una nota escrita en tinta azul y en letra cursiva que parece de alguien que está aprendiendo a escribir. Solía encontrar notas de ella en la mañana, las dejaba en la noche con varias copas de vino encima. Al igual que en ese tiempo, la nota está dirigida a mí: “Timbre fuerte por favor”

Toco una vez, espero, vuelvo a tocar, espero, luego sigo las instrucciones y me pego del timbre.

Nadie responde.

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*Fachada, con las silla de ruedas motorizada

 

Pido un café, quiero ordenar mis ideas. ¿Cuáles ideas? ¿Qué pensaba decirle acaso? Hace cuatro años que volví, no fui capaz de tocar la puerta, esta vez lo hice, pero ella no estaba.

La tarde en que la conocí,  tenía los labios pintados del mismo rojo del collar de semillas que Aline le había traído de Brasil, también tenía rubor en las mejillas y olía a colonia. Se había arreglado para conocerme, yo en cambio me había levantado ese día como si fuera cualquier otro. ¿Cómo no me desperté con la premonición de que algo importante me pasaría?

Aunque en ese tiempo era atea, había empezado a visitar un convento de monjas católicas, primero porque me conseguían horas trabajando como niñera; después porque me sentía como en casa, tanto que asistía a misa solo por cantar las canciones que me enseñaron en el colegio.

Todas las tardes, después de clase, me sentaba en el despacho de la madre superiora a esperar que alguien llamara a pedir una niñera. Esa tarde había unas ocho mujeres, todas mayores y todas sudamericanas. La monja había salido varias veces a preguntar quién buscaba trabajo como Au-pair, que quiere decir empleada interna, principalmente para cuidar niños. Nadie había pasado, todas buscábamos trabajo por horas. Yo ya no tenía más ahorros y estaba a punto de ir a limpiar baños.

Después de un rato volvió a salir, entonces me ofrecí como Au- pair.

—Pasa a ese salón que te están esperando.

—No, yo solo le dije que sí quería ese trabajo para hablar con usted.

—Pasa, yo sé que te conviene —me dijo la madre tan segura, como si su Dios se lo hubiera dicho en la oración de la mañana.

Una mujer inglesa blanca y protestante con unos labios demasiado rojos para su edad y color me esperaba a oscuras en un salón grande.

—Siéntate, ¿cómo te llamas?

—Carolina —respondí intimidada.

—Que nombre tan lindo. Ya estaba cansada y me iba a ir, siquiera te encontré. He visto a muchas mujeres hoy, pero ninguna es lo que estoy buscando, ninguna es tan bonita como tú — dijo mientras me miraba encantada, como si fuera verdad lo que estaba diciendo, como si se hubiera encontrado una piedra pulida en la playa.

Cualquiera de las mujeres que esperaba afuera estaba mejor preparada  para hacer oficios domésticos y ella lo sabía, lo vio en mis manos. Pero eso no le importaba, eso no era lo que estaba buscando, estaba buscando a alguien que, en lugar de buscar trabajo en un bar, pedía trabajo de niñera a través de unas monjas católicas. Una presencia joven y provinciana en la casa. No tenía que saber cocinar, mejor, así seguiría instrucciones; tampoco planchar, solo necesitaba planchar las camisas del señor.

—Ve a mi casa mañana, para que sea Aline la que te explique de qué se trata el trabajo. Sé que te va a gustar. Ella se va porque se casa, no porque se haya aburrido.

—Lo siento, pero  no estoy buscando ese tipo de trabajo. Solo acepté conocerla por darle gusto a la madre superiora.

—Anota mi dirección,  mañana conoces a Aline y te mudas el sábado.

—Está bien, iré pero le advierto que no aceptaré  trabajar en la misma casa en donde voy a vivir, se lo acabo de decir a la madre superiora, iré a su casa  a conocer a Aline, pero es mejor que entreviste a otras niñas. No la quiero hacer perder el tiempo.

—No voy a entrevistar a nadie más, estoy cansada, además ya encontré lo que estaba buscando.

Ella ganó desde el momento que crucé la puerta. Yo era una niña que no sabía arreglar mi cama, ella una mujer que había trabajado en una galería de arte antes de la Guerra, que desde hace unos años lidiaba sola con el derrame cerebral de su marido, que hablaba el inglés de la reina, asistía a eventos con ella y se encontraba en misa con Margaret Thatcher.

*

Termino el café y decido volver a tocar su puerta. Quizás se estaba bañando y no oyó la primera vez.

De nuevo me pego del timbre. Esta vez una mujer me grita desde el segundo piso:

—Ya voy, ¿quién es?

La voz me tiembla, se me olvida hablar inglés.

—Estoy buscando a Mrs. Moss. Yo trabajé acá hace mucho tiempo.

—Sí ella sí está, ¿cómo te llamas?

—Carolina, vengo de Colombia.

Una mujer blanca, alta, grande, de unos 50 años, abre la puerta. Han pasado muchos años, tal vez esté senil, porque no ha escogido a la señora que me abre la puerta, si fuera así, una joven brasilera me estaría dando la bienvenida.

—Mrs. Moss, la busca Carolina, de Colombia— le grita

—No recuerdo a ninguna Carolina, aunque si recuerdo que hubo una colombiana trabajando para mí.

Empiezo a llorar al oír su voz.

—Ella está muy emocionada

—Dile que pase.

Tomo fotos mientras subo las escaleras, todo sigue igual: el sótano que es un apartamento pequeño; la cocina y el comedor en la primera planta; su pequeña oficina en el intermedio de las escaleras y que ella llamaba cabina; las dos salas en el segundo piso, una de las cuales una se usaba en verano y otra en invierno; el baño principal en el siguiente intermedio de las escaleras; su habitación y el cuarto para vestirse en el tercer piso y finalmente en el  cuarto piso tres habitaciones: la de la Au-Pair,  con un lavamanos y una ventana con vista a la parte de atrás; la de huéspedes con vista hacia el parque; el cuarto para planchar y un baño.

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*habitación de la Au pair

Tengo fotos de mis viajes, de fiestas, en el colegio, pero nunca tomé fotos de la casa, no registré lo cotidiano, lo di por hecho, tengo más historia con esta casa que con las casas del Parlamento y aun así tengo una foto de perfil frente al Big Ben.

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*La cabina, su lugar de trabajo donde escribe la correspondencia

 

Respiro hondo el olor porque quiero guardarlo. Ojalá existiera una máquina para guardar olores, es que hay unos como este, que son únicos y al contrario de lo que me pasa con las flores no tengo la ocasión de evocarlo fuera de esta casa.

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*Cuarto para planchar

 

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*Su baño, que se llena de flores en verano

 

La encuentro acostada en su cama, no espero a que me invite a sentar, me tiro a su lado, la abrazo lloro, la huelo, busco su aliento a ginebra que antes odié.

—No te recuerdo Carolina, ¿cuándo trabajaste acá? ¿aún vivía Mr. Moss?

—Si, él seguía acá cuando me fui. —eso me ahorra una pregunta incómoda

—Hablas muy bien inglés.

—Gracias a usted que me enseñó

—¿Cómo están sus hijos?

—Desmond, no quiere hacer otra cosa que trabajar en su caridad y se rehúsa a recibir dinero mío. Nigel sigue con su empresa de publicidad.

—¿Recuerdas a Aline? ¿La adorable brasilera que vivió acá?

—Sí, claro, yo tomé el puesto de ella.

—Vive en Singapur con su esposo, él tiene un muy buen trabajo en finanzas. Me visitan cada que vienen a Londres.

Me pregunto cómo se las arregla para servirse las comidas, para salir, para vestirse. Si se enferma, si se cae. Sus hijos no viven cerca.

—¿Qué desayunó?

—Una taza de café. —responde señalando una taza grande, una triste señal de decadencia. Nunca le gustó el café.

Todos los días a las 8 de la mañana, le bajaba una jarra de agua caliente para vaciarla en la tetera que  el día anterior, había dejado en una bandeja al pie de su puerta. En la bandeja había dos bolsas de té, dos tazas remendadas, unas galletas, un poco de paté y una jarra pequeña de leche.

Dejaba la bandeja en la cama, abría la ventana para que entrara aire y continuaba a lavar los platos de la cena del día anterior.

A las 10:30 de la mañana volvía, limpiábamos las sobras del desayuno y aplanábamos las arrugas del sobre colchón. Cada una tomaba la sábana desde un extremo y entre las dos la extendíamos cubriendo las dos almohadas, luego hacíamos lo mismo con la cobija y al final con el cubre lecho. A continuación, doblábamos las sábanas hacia afuera, dejando descubiertas las almohadas. Hacíamos todo sincronizadas como dos bailarinas de ballet y disfrutando de la leve brisa que formaban las sábanas al extenderlas en el aire.

Eso duraba 5 minutos, a veces más si era tiempo de rotar el colchón, yo le contaba qué había aprendido en el colegio y ella me contaba sus planes para el día. Una vez a la semana era voluntaria en el hospital de Chelsea, otro día le ayudaba a una amiga a hacer el mercado; otros días nadaba en el gimnasio del barrio o iba a la librería. Siempre estaba ocupada, tanto que sus hijos debían pedirle una cita para poder visitarla.

Salía para mis clases después de tender la cama y volvía a las 7 de la noche a preparar la comida. La cena siempre debía tener un carbohidrato, que podían ser papas al vapor, pan o arroz; una proteína que casi siempre era pescado, aunque también comíamos cordero o res y un vegetal, como brócoli, repollitos de Bruselas, coliflor o berenjenas. A veces cocinábamos algo más elaborado como Shepherd’s pie, que es un pastel relleno de carne, puré de papas y verduras; champiñones portobello al horno o un estofado de carne con vegetales. El postre casi siempre era crema con mermelada. Ella hacía lo más importante y se iba, yo me quedaba vigilando la estufa hasta que la comida estuviera lista.

A las 8 de la noche, el señor Moss entraba por la puerta del comedor, yo dejaba la comida encima de un calentador para que se pudieran servir varias rondas de comida caliente, mientras ella bajaba a la cava por una botella de vino. Se encerraban en el comedor y yo comía en la cocina.

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*Entrada, la cocina y el comedor a la izquierda

 

—Mira Carolina como estoy de vieja —me dice, mientras agarra el caminador para dar unos pasos. Se ha convertido en una de esas inglesas que caminan solas por las calles de Chelsea formando un ángulo de 90 grados entre las piernas y la columna.

No me recuerda, habla conmigo como si  fuera una de las tantas niñas que vivió allí. Tampoco se esfuerza en hacerlo, no porque esté senil, sino porque no le interesa. A mí tampoco me interesó hacerme recordar. Después de que me fui nunca más la llamé ni la visité.

Estaba enojada, me cansé de que, en las noches embriagada me dejara notas sarcásticas; ella se cansó de que el trabajo hubiera pasado a un segundo lugar cuando llegó mi hermano y empecé a estudiar en la universidad.

Nunca tomé el trabajo tan seriamente como ella quiso. Nunca fui humilde y aunque la palabra Au-pair sonara muy francés,  no conciliaba la idea de ser una empleada doméstica.

El primer día después de tender la cama me preguntó cuáles eran mis planes.

—Voy a buscar trabajo para los fines de semana en una de las tiendas de la avenida principal.

—Pues ninguna de las niñas que ha vivido en mi casa ha conseguido trabajo en una de esas tiendas de ropa tan costosa.

En la noche, mientras preparábamos la cena le conté que había conseguido el trabajo.

Nunca hubiera aplicado a la universidad si no hubiera tenido resuelto el problema de vivienda. Y no solo resuelto: vivía en el mejor barrio de Londres, le dejaba una lista de lo que quería para desayunar, con la marca específica de cereal y yogurt y ahorré todo el dinero que gané en la tienda de ropa para pagar la matrícula.

La noche anterior a la llegada de mi hermano,  me dijo algo provocador, ahora no recuerdo qué, la castigué prolongando el tiempo para que lo conociera y cuando lo hizo, se le ocurrió que podría buscar un trabajo en construcción porque era alto y de buen físico. Me molestó ¿No fue acaso lo mismo que pensaron los portugueses cuando llegaron a África? Ese fue el principio del fin.

Mi hermano no sólo la reemplazó, sino que empecé a añorar su estilo de vida. Cumplió 21 años en Londres. Por estar de fiesta nunca se levantó a tiempo para llegar a clases, compartía habitación con un amigo en los suburbios, consiguió una novia a la semana de haber llegado, a la cual sucedieron varias novias de diferentes nacionalidades. Yo vivía con dos ancianos, tenía dos trabajos, iba a la universidad y en el tiempo libre estudiaba. En ese momento de nuestras vidas, era más sensato vivir como lo hacía él.

La mejor decisión de mi vida en Londres fue haber aceptado su propuesta de trabajo . La segunda fue haberme ido de su casa. De eso se tratan los ciclos.

Ya entiendo a qué vine. No vine a disculparme, porque ella también me dijo palabras hirientes y fue ella la que me despidió antes de que yo renunciara.

—Yo no fui lo suficiente agradecida con usted—digo con una voz quebrada, resistiendo las ganas de llorar.

—Estoy segura de que me diste las gracias muchas veces cuando estuviste acá—responde con cortesía.

—No, yo le debí haber dado las gracias, todos los días durante el tiempo que viví acá. Debí haberla llamado después de irme, y haberla visitado. Por eso se olvidó de mí, pero yo sí la recuerdo, pienso en usted todos los días de mi vida, porque todas las mañanas tiendo la cama de la misma forma que usted me enseñó a hacerlo y sueño con que estamos hablando y contándonos nuestros planes del día, mientras las sábanas suben y bajan tapándonos los rostros.

 

Mrss Moss

*Su habitación, con las mismas sábanas amarillas que solíamos organizar juntas

4 comentarios en “Timbre fuerte por favor

  1. Ay Caro, que mas te puedo decir, eres una escritora. Va y viene el tiempo, en una narrativa que siempre me seduce, describes todo de un forma que puedo transportarme a ese Londres. Este texto está lleno de tí, de tu esencia. Quien te conoce no se imagina esa niña criada por monjas, orgullosa, inteligente, sensible y tan disciplinada. Te imagino en esos salones y te siento tan cómoda, yo estaría allí como mosco en leche, como muchas veces estoy acá en Chile y hasta en Medellín. Te abrazo me conmuevo con tus palabras una y otra vez.

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