Lisboa, tú toda

 

Lisboa. Digo tu nombre con la voz a medio camino. Te veo desde la ventana del avión y dentro de mí empiezan todas tus saudades a ser hombres enardecidos, enloquecidos, revelados, rebelión tu centro.

Dentro de mí eres el rosado más claro, el más noble de los metales oscurecidos por el sol naciente. Eres tú la ciudad más triste y la más alegre. Eres tú, Lisboa, el nombre de los hijos que no tengo.

Lisboa, tu invierno. Lisboa, tú toda. Tu sonido de viento y pájaros amanecidos del espíritu del agua. Eres tú todo. El todo. La nada del río, de los peces que brincan bajo tu sol anaranjado y blanco.

Lisboa, te nombro y lloro con las lágrimas dulces que me conoces de cuando no eras pena. Te nombro con los colores de la planta violeta y verde menta que tuve en la sala de tu casa. Te nombro con tu amarillo cansado y persistente.

Lisboa. Digo tu nombre, borracha de vino tinto y lloro. Lloro por haberte visto, por haber sido tú la razón de todos mis motivos. Digo tu nombre y una nube espesa te come, te lame, te desaparece. Lisboa, tú, ciudad de voces consumidas. Lisboa, tú, ciudad de nombres encantados, de calles de animales y de personas. Lisboa, tú, ciudad colonizada. Lisboa inmensa. Lisboa desesperada. Lisboa introvertida. Lisboa desaparecida entre la espesa niebla.

Lisboa, no sé si esto es un sueño. Ya te quiero ver por primera vez, como todas las veces que te han visto desnuda, eterna, desintegrada en miles de calles. Lisboa, tú tan femenina y tus calles tan patriarcales. Lisboa, te libero en mi sueño lento y prolongado. Lisboa, no nos conocimos, pero te llevo adentro mío como si fueras mía, aunque tú, querida, no tengas dueño.

*Fotos por Leonardo López