Terapia

—Mi ex se casa —me dijo la gorda mientras yo terminaba de lavar el último plato del desayuno. Si bien me pareció raro que llegara de imprevisto a la casa tan tarde anoche, ésta no me la vi venir.

Intenté refugiarme en la ventana frente a mí hasta que encontré las mejores palabras que se me ocurrieron.

—Gorda, igual era tremendo tarado —cortito y al pié.

—Pero es duro amiga, viste… —contesta mirando el resto de café con leche helado que descansa en su taza hace 10 minutos.

—Sin duda, gorda. ¿Pero cuántos cuentos terribles tenemos sobre él? ¡Miles!

Levantó la vista y puso cara de duda. En ese lapso aproveché a sacarme los guantes y sentarme a su lado.

—Repasemos todo lo malo, dale, que de difícil esa tarea no tiene nada.

—Y… no, ¿no?

—Que no, gorda, dale. ¿Te acordás de aquel día que te dejó plantada con valija en mano cuando se iban a Colonia? ¿¡Qué tal esa guachada!? Me acuerdo que estabas hecha paté. ¿Y la vez que te cortaste la mano y te dejó sola en su casa porque tenía un “compromiso”? —hago esas comillas con las dos manos, algo que odio, pero creo que en este caso puede funcionar. Para el énfasis, viste.

—Si, tal cual. Eso fue cualquiera.

—Sospechoso gorda, ¿o no? Ni que hablar que ese compromiso todavía no sabemos cuál fue. Claro que lo que importa es que al final de esa odisea perdiste un dedo, ¡pero el tipo demostró ser una basura!

—Sí, supongo que sí, a veces hacía chistes de los nueve dedos y todo… pero…

—¡Nada de “peros”! Me sigo acordando de cosas y no lo puedo ni creer. ¿Y la vez que dejaron por un mes y al otro día estaba sacando pasaje a aquel lugar que vos soñabas con ir… ¿cuál era?

—¿El sur de Chile?

—¡Sí, ese! ¿A quién se le ocurre? Gorda, ¡por Dios! Nunca fue espontáneo, ¿y ahora es el rey de Skyscanner y ama el trekking? Increíble.

—¿Sabes qué? ¡Tenés razón amiga!

—¡Sí!

—¡Sí!

—¿Y sabés qué más? Ahora la que está enojada soy yo. ¡Nos tendríamos que ir nosotras! Si él pudo mandar todo a la mierda, ¡nosotras también!

—¡Sí!!!

—¿Y sabés qué más?

—¿Queéééé?

—¡Nos vamos a hacer un viaje por todo Sudamérica!

—¡Eso! ¡Vamos! —chocamos las manos, brindamos rápido con las tazas de café. La mía ya está vacía. Pienso y sigo.

—¡Sí! Y lo hacemos coincidir con el casamiento, y ese día nos pegamos una fiesta nunca vista. Garotos por acá, garotos por allá, caipirinhas, lambada…. No sé por qué se me ocurrió que capaz estamos en Brasil en esa fecha. ¡Andá a saber!

—¡Qué tremendo! ¡Quiero!

—Listo, nos fuimos de mochileras por todo Sudamérica. ¡Buena vida y poca vergüenza!

—¡Eso!

—Gorda, somos nosotras. ¡No volvemos sin “matching tattoos”!— hice de nuevo las comillas con las manos, que horror.

—¿Sin qué!?

—Un tatuaje, gorda, ¡es la que va! Algo que signifique “liberación”. Yo me hago uno en la mano y vos en la otra. A la tumba las dos con algo así… puede ser una montañita, por ejemplo, algo minimalista. Pero le agregamos dos puntitos o algo que te represente a ti y otro a mí. ¡O mejor todavía! Nos hacemos un tatuaje en cada destino, ¡eso sí que va a dar de qué hablar!

—Pero… amiga… viste que yo con las agujas no me llevo muy bien…

—Cierto. Carajo.

Sorry

—No, tranquila gorda. Todo bien. Igual viste que yo con el laburo nuevo pedir días de acá a un año…

—Difícil.

—Sí, muy.

—Bueno, vemos…

—Vemos.

—Che… me voy. Tengo almuerzo con mis padres. Supongo que les contaré que Juan se casa y me voy a tener que bancar el sermón de que todo va a estar bien y que no me merecía.

—Uf… bueno. Mándales un beso de mi parte.

—Les mando.

—Chau gorda, te quiero. Ólvidate, el pibe es un forro.

—Sí, que le llueva.

—Granizo y pico.

—Chau, amiga. Gracias.

—Obvio, gorda, cuando quieras. Llámame más tarde.

—Dale, chau.

Se abre la puerta del cuarto.

—¿Qué fue ese alboroto, Caro?

—Terapia, Gero. Volvé a la cama.

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