VIAJAR

A mis cuatro años salí por primera vez de Colombia.

Mi mamá y yo fuimos a visitar a mi tía Yiyi y a su esposo Jorge a Costa Rica.

A decir verdad, no viajamos los dos solos: nos acompañaba María José, mi hermana, quien iba en el vientre de mi madre con apenas dos meses de gestación.

Mi mamá recibió la noticia de su segundo embarazo un día antes de que tomáramos el vuelo. Una prueba de sangre confirmó lo que sugerían las semanas de retraso.

En Costa Rica me hizo feliz montar en avión por primera vez, jugar en el jardín de la casa matrimonial y revolcarme en la playa con la ovejera inglesa de mi tía, quien fue mi amiga y compañera inseparable.

Después de este viaje, las fronteras de Colombia estuvieron cerradas para mí por más de veinte años…

Hasta que un día decidí abrirlas para no volverlas a cerrar nunca (o al menos eso espero).

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La “niña” y yo jugando en Punta Arenas, Costa Rica (1989)

Motivaciones del viaje

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Congreso del Pacto Global en Bogotá, Colombia (2017)

Desde que entré a la Universidad Nacional soñé con ser docente. De inmediato me maravilló la idea de tener un discurso tan robusto y de escribir tan bien como lo hacían los profesores que me enseñaban Economía. Así que seguí sus pasos: devoré los libros de la biblioteca, me destaqué entre mis compañeros y dicté clases en las mejores universidades.

Aún así, era consciente de que me faltaban dos cosas: mundo para entender mejor aquello de lo que no me hablaban los libros e inglés para acceder a los doctorados de las universidades internacionales. Así que decidí salir del país.

Y entonces todo cambió.

Los viajes me enseñaron que andar con una mochila en la espalda es más enriquecedor que leer artículos académicos, que el conocimiento no está solo en las bibliotecas sino también en las calles, que las imágenes son más elocuentes que las palabras, que uno es un ser más completo en la medida en que cultive más pasiones; me enseñó, en fin, que vivir plenamente es una meta más loable que ser el mejor en lo que haces.

 ¿Qué es viajar?

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Salar de Uyuni, Bolivia (2011)

Viajar es desplazarse de un lugar a otro, por lo general distante. Es tomar un bus para visitar montañas de café, coger un tren para atravesar valles de arroz, tomar un avión para nadar en el mar o subir a un barco para navegar los cauces de un río.

Viajar es romper con la rutina de la vida cotidiana. Es dejar de levantarse temprano para ir a la oficina, asistir a reuniones, entregar informes, pagar servicios, cumplir citas. Es dejar de comer en los mismos restaurantes y con las mismas personas. Es salir de los circuitos familiares y caminar por senderos extraños. Es dejar de sentir pereza los Lunes en la mañana o pensar que los Viernes son los días de fiesta.

Viajar es adquirir nuevos hábitos. Es aprender a encontrar un hostal central y un restaurante local, sin perder mucho tiempo. Es entender cómo funciona las rutas del bus y las líneas del metro. Es adiestrarse en armar y desarmar la mochila, sin necesidad de sacarlo todo o de botar algo.

Viajar es hablar con gente en las esquinas, parchar con desconocidos, hacer amigos en el camino. Es recopilar mapas en oficinas de turismo y comprar postales en tiendas informales. Es documentarse acerca del lugar al que acabas de llegar, a partir de la información que dan en la recepción y de las experiencias que los viajeros cuentan en el bar.

Viajar es aprender a tomar fotos, a meditar con monjes, a hablar otros idiomas, a abrirse a la gente y a equilibrar la vida.

Viajar es atreverse a hacer cosas diferentes, a vivir nuevas experiencias, a dejarse sorprender. Es comprobar que puedes dormir una en carpa en el desierto, compartir cuarto con quince personas, deslizarte en tabla desde la cima de un volcán o sobrevolar montañas en ala delta.

Viajar es probar a qué saben las hormigas culonas, la carne de canguro o los alacranes fritos.

Viajar es comprender que uno no viaja solo aunque haya partido sin compañía y que andar en grupo no siempre significa estar acompañado, que algunos libros se leen de arriba a abajo y otros de atrás para adelante, que se puede tomar un vuelo en Los Ángeles y aterrizar 30 horas después en Melbourne, aunque solo se haya estado16 horas en el aire.

Viajar es descubrir nuevos picantes en la comida, verdes en los árboles, naranjas en los atardeceres, significados en las sonrisas y oportunidades en las miradas.

Viajar es entender que el mundo es más amplio de lo que nos enseñaron. Es descubrir que con el aguacate no solo se hacen ensaladas o se acompañan sopas, sino que también se preparan jugos y helados y mascarillas para el pelo. Que hay hombres que usan faldas y mujeres que llevan los pantalones bien puestos. Que mientras los latinos ideamos estrategias para tener sexo, los japoneses anhelan mantenerlo lejos.

Viajar es comprender que existen familias diversas, religiones sin dios, conversaciones sin palabras, amores sin sexo, felicidad sin dinero, noches sin días y días sin noches.

Viajar es descubrir que es posible vivir aunque falten los libros, el café de la mañana, la escritura de un diario, los amigos cercanos o la mujer que amas.

Viajar es exponerse a otros, confrontarse a uno mismo, enfrentar demonios internos. Es descubrir que se sufre cuando se es feliz y se es feliz cuando se sufre. Es saldar deudas personales, superarse a sí mismo, crecer en el camino. Es darse una nueva oportunidad, aunque se sepa que no será la última. Es seguir creyendo en uno mismo, a pesar de todo.

Viajar es dejar de ser y seguir siendo al mismo tiempo. Es convertirse en otro.

Viajar es comprender que los viajes son adictivos y que una vez se prueban es imposible renunciar a ellos.

Viajar es vivir pensando en el próximo viaje.

Viajar es dedicarse tiempo a sí mismo. Es destinar los días para hacer lo que más nos apasiona. Es vivir el presente. El aquí y el ahora. Es meditar. Es encontrase. Y también perderse.

Viajar es, en últimas, regalarse un espacio para intentar cumplir la única meta que en realidad importa: ser feliz.

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A las afueras de Hoi An, Vietnam (2015)

Consumo, viajes y felicidad

La sociedad moderna nos vende la idea de que la felicidad del ser humano está en función de la cantidad y la calidad de los bienes que consume. “A mayor consumo, mayor felicidad”, nos dicen. Y si el consumo es de lujo, mejor todavía: felicidad por partida doble. Un producto costoso satisface una necesidad humana –un bistec alimenta y sacia el hambre, una chaqueta protege contra el frío, un carro transporta de un lugar a otro– y, al mismo tiempo, un deseo de reconocimiento social –“ese tipo tiene plata, es exitoso, es un buen partido”–.

El resultado de esta dinámica es que las personas, para ser felices, buscan hacer plata –mucha plata– y usarla para comprar todo cuando “necesitan”. Así, el joven que empieza a trabajar tiende primero a comer en sitios más costosos y a vestirse “mejor” y después a comprar un carro, a endeudarse con una casa y a conformar una familia –con uno, dos o más hijos– porque “quien tiene es el que puede”. El mercado –se supone– es sabio: premia a los espíritus superiores.

A pesar de las convenciones sociales y la sabiduría tradicional, los estudios recientes de psicología del consumidor están demostrando que –¡oh sorpresa!– tener más dinero y consumir más no convierte necesariamente a las personas en seres más felices (aunque –hay que aceptarlo– la ausencia de dinero y de consumo sí tiene la capacidad de generar desdicha). La felicidad no aumenta necesariamente con el acto de consumo debido a que el ser humano se sacia fácilmente, el deseo por un objeto disminuye al obtenerlo y, sobre todo, el consumo genera un placer efímero.

La economía ha encontrado, sin embargo, que existen patrones de consumo capaces de generar más felicidad que otros. Más exactamente, las personas que gastan su tiempo y su dinero en experiencias son más felices que quienes lo hacen en cosas. Las experiencias son acontecimientos que se viven en carne propia. La gente vive experiencias cuando va al concierto de su banda favorita, asiste a una obra de teatro, escucha un recital de poesía, recorre manglares en canoa, nada con delfines rosados, bucea con ballenas jorobadas o vuela en parapente o ala delta. A diferencia del consumo de bienes, las experiencias se quedan grabadas con fuego en la memoria y se reviven intensamente al recordarlas en soledad o contárselas a alguien.

Entre las múltiples formas de vivir experiencias, los viajes ocupan un lugar especial en el pódium. Y ocurre así porque los viajes son, en esencia, la acumulación acelerada de experiencias en un lapso corto. Viajar es vivir intensamente lo que el lugar visitado ofrece, ya sean caminatas por el centro histórico y visitas a museos o cenas en restaurantes y salidas de fiesta. Cada destino es un micro universo que invita al viajero a que lo recorra, lo explote, lo viva, lo disfrute, lo sueñe.

Como toda experiencia, los viajes se pueden empezar a disfrutar desde antes de iniciarlos. Primero viene la excitación tras el llamado del viaje, luego la felicidad de tomar la decisión y después el goce que produce la compra anticipada de los tiquetes de transporte. Se empieza a viajar al conversar con quienes han ido a donde vamos o ver fotos de la gente y los paisajes de nuestro destino o leer las aventuras de quienes se nos han adelantado. Las experiencias tienen, entonces, la capacidad de generarnos placer antes, durante y después de vivirlas.

El placer de viajar también se puede extender al hacer una correcta distribución de los destinos escogidos entre los días del viaje. Viajar debería ser como montar en montaña rusa: una sucesión continua de ascensos y descensos, con segmentos planos para tomar aire y seguir avanzando. Todo destino tiene picos y valles que deben saberse alternar inteligentemente: si dejamos todos los picos –o experiencias top– para el final, el viaje se tornará lento y ansioso; si, por el contario, dejamos los picos para el comienzo, el resto del viaje se volverá insípido y soso. Incluso nostálgico. Para maximizar la experiencia de viaje lo ideal es alternar “picos” con “valles”, una y otra vez.

Con el tiempo, además, la memoria tenderá a invisibilizar los valles y a resaltar los picos, de manera que es importante asegurarse de que el viaje cuente con al menos un ascenso estrepitoso. Visto en perspectiva, Suramérica se convertirá en el río Amazonas, las playas de Alter do Chao, las cataratas de Iguazú, las ruinas de Jesús y Trinidad, el salar de Uyuni, el lago Titicaca y la cara del inca en Machu Picchu; el Sureste asiático, en los Jardines de la Bahía, las torres Petronas, la isla de Ko Phi Phi, el lago Inle, el río Mekong, la ciudad de Angkor y los rastros de la guerra en Ho Chi Ming City; y así mismo con los demás destinos, a menos que nos tomemos un tiempo para hacer clic en los mapas mentales y reconstruir sus rutas del viaje.

Cuanto más diversos, más divertidos son los viajes. Por ello la riqueza de viajar por países como Colombia o Brasil o México, ya que pueden alternarse playas con ríos, montañas con valles, pueblos con ciudades, desiertos con selvas, modernidad con tradición, planes culturales con noches de fiesta. Hacia el final del viaje debería haberse visitado un poco de cada uno de los destinos mencionados.

La experiencia de viaje es más placentera cuando se vive con otros, ya se sea con la pareja, la familia, los amigos cercanos o los viajeros recién conocidos. O bien, como lo descubre Alexander Supertramp al leer Doctor Zhivago en Into the Wild, “la felicidad solo es real cuando es compartida”.

La dicha no solo aumenta cuando viajamos con alguien, sino también cuando gastamos dinero en otros. El individuo egoísta que maximiza su utilidad al gastar todo su ingreso en cosas para sí mismo no es un representación apropiada de la naturaleza humana. En realidad, nosotros somos seres sociales quienes son más felices cuando hacen algo por mejorar el bienestar del otro, ya sea por medio de una invitación a almorzar en su restaurante favorito o la compra de las botas de trekking que le hacen falta para el próximo viaje.

De manera que si quieres darte un tiempo para ser una persona más dichosa y plena y feliz, deja de comprar cosas para ti, rompe la jaula que te impide abrir las alas y sal de viaje en busca de experiencias y descubrimientos y transformaciones personales.

El mundo te espera con los brazos abiertos.

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Listo para ir a cruzar la frontera entre Costa Rica y Nicaragua, con Pacho Arenas (2017)

10 comentarios en “VIAJAR

  1. Excelente post Óscar, me gustó mucho. Imposible no pensar en los viajes que he realizado y en el próximo viaje que deseo hacer mientras leía tu post. Como tu bien lo dices: “Las experiencias tienen, entonces, la capacidad de generarnos placer antes, durante y después de vivirlas”.

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