Cita de San Valentín

El 14 de febrero, día de San Valentín, ella tenía la primera de ese tipo de citas. Su despertador sonó a las 4:45 de la mañana. Debía bañarse y salir a las 5:25 a.m., para llegar a su cita a las 6:00 a.m. Ella salió mientras él, su San Valentín dormía unos minutos más, pues la noche anterior habían acordado que lo mejor era no pedir permiso en su segundo día de trabajo.

Llegó a las 6:00 a.m., subió corriendo al segundo piso, al llegar a la ventanilla no había nadie. ¡Se molestó! no entendía cómo le habían advertido una y otra vez la importancia de la puntualidad para aquella cita.

Pasadas las 6:10 a.m., llegó una señora y quitó el letrero del horario de atención. Enseguida, con una hoja en mano dijo su nombre. Se despidió de su mamá y su hermana, y entró por una puerta; una señora vestida de blanco la recibió y le hizo algunas preguntas, luego la llevó a una silla grande y cómoda, le pidió que cerrara la cortina, se quitara toda la ropa y la dejara en una bolsa.

Empezaron a llegar otras personas, cada una con un familiar. Ella estaba sola, se despidió y entró sola, nadie le dijo que podía entrar con un acompañante, eso muy seguramente la ayudó, pues solo debía pensar en ella y no en la angustia de su mamá. Le dijo entonces a una de las señoras vestidas de blanco que por favor llamara a su acompañante para que recogiera la ropa. La señora entró, respondió que sí, se sentó a su lado y le puso un catéter en una de las venas de la mano derecha. A ella le dolió, se le salieron unas lágrimas, pero no de dolor, sino de amor; recordó el momento más difícil de él, del amor de su vida, de su San Valentín, a quien tiempo atrás, luego de pasar 24 días hospitalizado y cinco meses en casa, no le encontraban una vena en buen estado, pero él jamás se quejó. ¡Ella lo recordó, lo admiró y lo amó más que siempre!.

La pasaron a una silla de ruedas y al instante llegó su mamá, quien al verla afectada lloró, le dio un beso en la frente y le dijo que la amaba mientras se la llevaban. Se abrió una puerta blanca y alguien dijo que a ella debían llevarla a la sala número dos. Cuando vio la primera sala, pudo frenar la aceleración de sus temores y pensó de nuevo en él, lo imaginó a su lado dándole la fuerza que le sobraba, y entonces imaginó el eterno presente.

La sala número dos era grande, blanca y muy fría. Se acostó en la camilla, en esta había una almohada de silicona amarilla en forma de recipiente de comida para perros; su cabeza entró perfectamente. Aquella almohada la hizo pensar en los implantes de silicona. A pocos minutos de una cirugía necesaria y a lo que viniera acompañado de esta, no pudo creer cómo tantas mujeres decidían modificar su cuerpo, como si los implantes estéticos tuvieran una serie de beneficios que muchos quisieran tener, tanto mujeres como hombres (en sus vidas, sus ojos, sus manos), para que valiera la pena someterse al bisturí y lograr una belleza artificial, que se ha vuelto tan natural.

Empezaron a llegar los médicos, uno a uno se iba presentando. Por fin llegó la Doctora, habló duro como siempre, no se acordó de ella en ese instante, incluso no la saludó, luego observó unos papeles y dijo:
– Ya sé quien es ella, trabaja en cancerología-.

Ella no tuvo ganas de decirle que ya no trabajaba en ese lugar frío y lúgubre, y entonces recordó las palabras de su ex jefe y amiga, quien siempre le dijo que estaba en las mejores manos.

Miró al techo, había unas rejillas de aire acondicionado que daban en la parte superior de su cuerpo desnudo, entonces pensó que tenía frío:
– Tengo mucho frío – dijo ella.
– La cobija es eléctrica y tiene la temperatura más alta- Le respondió una enfermera.
– Entonces por favor tápeme –.

La Doctora sentada en una silla como esperando algo, miró su celular y empezó a hablar de los últimos acontecimientos políticos del mundo. Las demás personas hicieron lo mismo. Ella se imaginó en la pantalla de los celulares, como si desde ahí fueran a abrir parte de su cuerpo y pudieran llegar al fondo de ella.

La Doctora se paró a su lado, suavemente la corrió hacia ella y puso un apoyador en el brazo izquierdo y le dijo:
– Usted está muy bronceada y muy caliente, mientras yo estoy muerta del frío-

Comenzaron a ponerle muchas cosas en su cuerpo: los signos vitales, el monitor en el dedo, el tensiómetro y finalmente un líquido por el catéter que le hizo arder hasta el hombro.

Con un tono de voz fuerte la Doctora preguntó molesta:
– ¿Dónde está el anestesiólogo? Todos teníamos que llegar a las 6:00 a.m., ya vuelvo-.

Enseguida un desconocido puso su cabeza encima de la de ella, desde la parte de atrás de la camilla y se presentó. Ella pensó: “él no es el anestesiólogo que me vio la semana pasada”. Le puso la máscara y empezó a programar la anestesia, mientras le decía a una de las enfermeras que cómo era posible que no supiera manejar el aparato; estaba molesto y le decía:
– Pero respóndame, ¿Para qué puso este aparato sino sabe usarlo, respóndame, respóndame? -.

En aquel instante ella supo que el anestesiólogo no le contaría la famosa historia para dormir plácidamente, esa de la que hablan algunos operados.

La enfermera salió a buscar a alguien que pudiera programar el aparato. Llegó un enfermero de color trigueño y facciones fuertes.
– ¿Cuál es la edad de la paciente? – preguntó el enfermero.
Alguien respondió:
– 50 –
Ella medio dormida y angustiada, empezó a moverse y a decir debajo de la máscara facial:
– ¡33, 33, 33, 33, 33! –
No la oyeron y alguien dijo:
– 34 -.

Comenzó a sentir algo extraño en sus pies, luego en sus piernas, su estómago y finalmente en sus brazos. Sintió como si su cuerpo dejara de serlo para convertirse en una estatua de sí misma. Pero ella seguía consciente y pudo percibirse como una desconocida construcción biológica, un escenario de tumultuosas conmociones y conspiraciones celulares, un cuerpo que iba a reacomodarse.

Sentirse a sí misma como un cuerpo pensante que solo ofrecía quietud y silencio, pudo haberse convertido en un instante eternamente terrible, pero recordó un consejo: “piensa en algo bonito”, y entonces, de la mano de él, de su San Valentín, se fue a recorrer el mundo.

Cuando volvió, alcanzó a sentir como salía el tubo de su boca y sin diferenciar el sueño de la realidad creyó oír: “esa cicatriz quedará fea”. Ella bastante somnolienta preguntó:
– ¿Mi cicatriz va a quedar fea?, ¿Qué hora es? –
– No, no señora, nos fue muy bien, le saqué lo que le tenía que sacar y eso va a patología. Son las 8:30 a.m., nos demoramos más de lo previsto. Nos vemos el martes 21 de febrero -, respondió la Doctora.

Ella no la vio más. La sacaron de aquella sala blanca y la llevaron a observación. Tiritaba mientras dormía, no podía abrir los ojos, quería verse, pero no podía moverse. Solo pensó: “Estoy viva, no estoy viajando, no tengo ganas de vomitar, no me duele tanto, no soy tan frágil como pensé”.

*Dibujo de Leonardo López Camargo

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