El pulso me retumba en la sien

Por Sara Catalina

No ser devorado es el sentimiento más perfecto. 

No ser devorado es el objetivo secreto de toda una vida

Clarice Lispector

Sabía que iba a volver a pasar, lo supe desde que el pulso me retumbó en la sien y la ansiedad se convirtió en algo tangible que necesitaba vomitar. Salí de aquel bar con un suspiro en el que se me fue la poca cordura que habitaba dentro de mí. Segundos antes, pude contemplar nuestra existencia cuando lo vi tomándose el wisky mientras me pedía perdón por haber sido un hijo de puta. Sonreí complacientemente, como si aceptara su disculpa, y de pronto se empezó a ahogar. De esperarse, el arsénico actúa rápido. Me paré de la mesa viendo sus ojos abiertos pidiendo auxilio, él trataba de hablar o de vomitar, sabrá Dios o el Diablo, pero la música encubría sus quejidos y mi risa, la lucidez se me escapaba rápidamente, espero poder volverla a alcanzar. Empezó a salir espuma blanca de su boca, como un perro con rabia; yo sonreí, le hice un guiño, di media vuelta y caminé hacia la salida. 

El pulso me retumba en la sien. ¡Quiero que se detenga! Es cierto, ya tenía el cuero duro de tanto güevón que me había cargado, no era una amateur y tenía 13 corazones como prueba, pero con él pasó algo diferente: No quería colgar su corazón del techo de mi cuarto oscuro con todos los demás, sentía una repulsión y una ira incontrolable al verlo, me daba asco. Mis 13 muertes habían sido metódicas, limpias, prolijas, había seguido mi código, no había dejado rastro y los corazones de cada uno de mis prospectos los había extraído, plastinado (¡bendito sea el alemán que inventó la técnica de conservar el material biológico!) y colgado con el “amor” y el cuidado que le había invertido a cada polvo. Porque, yo plastino un corazón con la delicadeza con la que se deshoja una margarita, les pongo conservantes de color para que se vean vivos, los relleno de silicona para preservarlos, los sello con resina dura y les abro un ojal para colgarlos del techo y unirlos a mí. 

Sin embargo, su muerte no la provoqué como las demás, esta fue un acto brusco, pasional y lleno de deseos de banales. Fue una muerte sucia, impulsiva y poco estratégica ¿En el bar? ¿De verdad? Este cabrón sacó más a Sara ‒la malparida‒, que a Catalina y su buena voluntad. No podía seguirme repitiendo que era una malparida con buena voluntad, porque no sentía más que asco y desdén por él, ni siquiera me alcanzaba la empatía para que me diera lástima. Mis manos temblaban y en mi cuerpo latía la ira o la ansiedad con más intensidad que nunca (creo que nunca se me dio ese don de identificar las emociones), necesito un trago ‒pensé‒, pero no podía volver a entrar. Vi que un tipo se me acercó:

‒¿Tienes candela? ‒me preguntó con una sonrisa coqueta.

‒¿Y tú un cigarro? ‒contesté con mis ojos posados sobre su boca.

Extendió uno hacia mí, lo encendí y le pasé el fuego. Muy seguramente me dijo algo, pero estaba tan ensimismada que no escuché una palabra. En un parpadeo me encontré desnuda en su cama, ni siquiera recuerdo su nombre. La ansiedad se apoderó de mí, recordé el arsénico, esa mirada ahogada, sus quejidos y se me olvidó respirar. Calma, no lo puedes despertar, pensé. El cuarto tenía varias botellas de ron, de razón sentía ese sabor repugnante a alcohol rancio de una resaca en proceso de empeorar. Empecé a inhalar despacio y vi el empaque de un condón, sentí su brazo encima de mi cuerpo y pensé: “A quién demonios se le ocurriría abrazarme”. Su calor me sofocaba, traté de quitar su brazo lentamente para poder pararme, me retorcí en la cama y me puse de pie. Lo vi: ¡Vaya que está bueno!, al menos físico tiene, porque si es un gran polvo, o no, no lo recuerdo. Mi ropa… ¿Dónde está mi ropa?

El pulso me retumbaba en la sien de manera punzante, “no es ira, no es ansiedad, no es desespero” me repetía una y otra vez, ha de ser la resaca. La mesa de noche tenía restos de porros, cigarros y alcohol, me pasé de un trago el cuncho de ron y la claridad empezó a llegar: “¡Ah! Me lo follé primero en la sala”. Era un apartamento dúplex, me puse su camisa negra y salí en punta de pies de la habitación. Cuando giré, tras cerrar la puerta con la delicadeza necesaria para no despertarlo, me distraje de mi miseria con un corredor lleno de fotos en blanco y negro, todas firmadas por un tal Santiago. Había varias de mujeres desnudas, pero lejos de ser burdas, las encontré artísticamente eróticas. Algo en sus fotos me daba tranquilidad, la taquicardia había desaparecido y mi mente se perdió en su arte. 

Me senté en aquel corredor de frente a la foto más perfecta: la vista desde el cuello para abajo de una mujer recostada en una cama con las piernas flexionadas. Entre sus muslos tenía un espejo que reflejaba su cara mientras tenía un orgasmo. Una de sus manos estaba en su entrepierna, con tres dedos se penetraba mientras su dedo gordo estaba su abdomen bajo y su meñique rozaba su pierna. Con la otra mano cubría uno de sus pezones y apretaba su seno, ni muy suave ni muy fuerte. La foto fue tomada por alguien parado detrás de la cabeza de la mujer, de forma que ella aparecía del cuello para abajo y su cara se veía sólo por el reflejo que daba el espejo que apretaba con sus muslos mientras se masturbaba. Suertudo bastardo, pensé mientras envidiaba a la mujer de la foto. 

Distraje mi atención de la foto y la realidad se me vino encima. Mis manos empezaron a temblar de nuevo, sentía que la cabeza se me iba a explotar y sentía ese maldito pálpito punzante, cada poro de mi piel expulsaba un sudor frío y mi respiración era cada vez más agitada. Los recuerdos empezaron a llegar fragmentariamente de manera violenta: ¿Realmente lo había matado? No compartí sus últimos momentos de desesperación, no dejé que mis ojos fuera lo último que viera antes de irse al infierno, tampoco habrá sufrido demasiado, quizás vomitó las tripas, pero me lo perdí. 

No quise coleccionar su corazón por una simple razón: ya estaba podrido. Merecía una muerte peor, pero ya qué, quizás si regrese logre ver los restos de sus tripas vomitadas. Seguía sin poder respirar como un ser humano normal, cuando escuché la puerta abrirse, honestamente no tengo idea de qué pudo haber pasado por su cabeza al verme acurrucada en su corredor en frente de la foto más provocativa que haya visto jamás, en medio de un ataque de ansiedad, pero pareció estar aliviado de encontrarme todavía en su apartamento. Él tenía un pantalón de sudadera gris, estaba descalzo y sin camisa, era desesperadamente provocativo y tenía el ímpetu propio de los treintas. 

Caminó despacio hacia mí, como si no quisiera espantarme. Antes de poder entender lo que pasaba y poder salir huyendo, llegó a mí y se paró en frente, extendió sus manos y me levantó. El contacto con su piel parecía quemar, yo estaba helada, él hirviendo, fue como desatar el infierno al primer tacto. Jamás aparté mis ojos de los suyos, tenía una mirada que encontraba familiar: era intimidante, ególatra, profunda y penetrante. Él tampoco la apartó de mis ojos hasta que empezó a desabotonarme su camisa, yo volví a mirar aquella foto por encima de su hombro y él lo notó. Se detuvo a la mitad de mi pecho y giró, vio la foto y me sonrió. 

Ninguno de los dos pronunció palabra. Noté que mi ansiedad se había ido y mi respiración era controlada, sus dedos rozando mi pecho causaron un estado de éxtasis absoluto, sólo pude concentrarme en sentirlo explorar mi cuerpo con esa ambivalencia que todavía no logro entender. Había erizado toda mi piel dejando un estado permanente de cosquilleo y ansias de devorar. Esa forma en la que había logrado cambiar mi estado físico, psicológico y emocional me resultó irrefutablemente adictiva.

Lo tomé por el cuello y lo besé desaforadamente, como si la vida se me fuera en ello y sólo pudiera respirar a través de su boca. Él me alzó con fuerza y me pegó a la pared, se separó de mis labios y dejó que nuestras miradas conectaran, en ese momento pensé que el estado de éxtasis era compartido, que había una sincronía de alma y cuerpo: nuestra respiración, nuestras miradas, nuestras bocas, nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestras mentes; aunque en retrospectiva tal vez sólo descubrí que él estaba igual de dañado que yo. Volví a besarlo y sentí perder el control. Me llevó a su cuarto y me acostó sobre la cama, me abrió su camisa de un tirón, rompiendo los botones y contemplando cada centímetro de mi desnudez como si estuviera fotografiando mi cuerpo con esos ojos color negro azabache. Tomó mis manos con las suyas, las llevó arriba de mi cabeza y las entrelazó con las de él sin dejar de mirarme a los ojos; hasta ese momento de deseo incontenible entendí que estaba jugando con fuego, aun con el alma chamuscada y la consciencia calcinada, entendí que ya no había vuelta atrás. Nos consumimos durante horas, nos dejamos secos, perdí la noción de la realidad, del tiempo y de la cordura. Fue como estar drogada y que, en cámara lenta, cada sensación de contacto fuera magnificada y triplicada en placer. Jamás había sentido una cosa semejante. 

El brillo intenso de los números verdes del despertador anunció que era de noche otra vez, al volver a despertar supe tres cosas: estaba sobria, estaba loca y estaba segura que nos íbamos a matar el uno al otro, así fuera una muerte dulce y de puro placer, ninguno de los dos estaba dispuesto a parar. La agitación de mi respiración sólo menguaba cada vez que sentía sus besos y su lengua en mi cuerpo. Sentía como su respiración inundaba mi cuerpo. Ni los colores, ni los sonidos, ni los olores ni las experiencias sensoriales serían lo mismo después de él. Las yemas de sus dedos por mis muslos, mis caderas, mi cintura y mis tetas eran una experiencia aislada, un tacto sutil despertaba cada milímetro de mi piel. Ya no llenaba mis pulmones de aire, con cada inhalación los llenaba de deseo desenfrenado por volverlo a sentir. La cordura también traiciona, maldita sea. 

¿Nunca han sentido que una mirada es lo único que los ata a la realidad? Hay abismos insalvables, hace mucho tiempo sentía que necesitaba conectar con alguien o iba a ser demasiado tarde para las sobras de alma chamuscada y consciencia calcinada que habitaban mi cuerpo. Cuando lo miraba a los ojos veía mi propio reflejo, sabía que había algo vicioso en él, pero no sabía hasta qué punto la adicción era controlable. No supe establecer límites ante lo irresistible de su esencia. Mi instinto mediocre de supervivencia me pedía a gritos que saliera huyendo de su cama y de su vida, mi necesidad de conectar con alguien me pedía que me quedara: Decidí hacerle caso a la resaca, que pedía con gritos más fuertes algo de tomar.

Bajé apresurada, sólo con mi ropa interior y su camisa negra, estaba sirviendo un vaso de agua cuando lo sentí acercarse por detrás. Pasó sus manos por mi cintura hasta llegar a la cadera, me pegó a él y me susurró al oído: 

‒Todavía no hemos terminado. 

‒Ni siquiera hemos empezado ‒le dije. Se me erizó la piel y sonreí involuntariamente. 

“Me llevó la chingada”, pensé. Di media vuelta y quedé frente a él, sonreí con una mirada altiva, lo tomé del pelo, acerqué su oído a mi boca y le dije: “Cuando termine con usted no va a quedar nada de ninguno de los dos”.

Me sentó sobre el mesón de la cocina, soltó el único botón que apuntaba la camisa que tenía puesta y de repente sonó el teléfono. El mensaje de la contestadora debió ser la red flag que anunciara mi escape, pero no fue así: “Doctor Santiago, la policía está buscando a la mujer que trajo la otra noche, dicen que asesinó a un hombre en un bar y que es una asesina serial. ¿Doctor Santiago? ¿Se encuentra bien?”. Al finalizar el mensaje de la contestadora ocurrió nuestra última conversación:

‒¿Me quieres matar? ‒preguntó.

‒Aun no lo decido.

‒¿Has pensado en morir?

‒A diario.

Volvió a sonar un teléfono, esta vez su celular, sonrió y contestó: “¿Qué pasa Felipe? Sabe que detesto que me interrumpa cuando estoy acompañado”, le dijo mientras puso el altavoz y tiró su celular al mesón. Me bajé de la mesa de la cocina, salí al balcón y prendí el último porro que me iba a fumar en mucho tiempo:

‒Doctor, esa mujer ha matado a 13 hombres y a todos les sacó el corazón, también envenenó a un tipo en el bar la noche que la trajo. 

‒Aliste el carro, Felipe, y no me joda por pendejadas.

‒Pero, Doctor…

‒Aliste el carro, Felipe, y que los policías no vayan a entrar.

Desde el balcón escuché el disparo de una cámara y volví mi mirada hacia él. Disparó de nuevo, esta vez estaba mirándolo de frente. Dejó la cámara a un lado y me dijo: “Tus ojos demandan atención, ¿sabías?”, “Pues te va a quedar de puta madre esa foto”, contesté con la mirada encendida en ira. No parecía sorprendido por las recientes declaraciones de su empleado evidenciándome como la Viuda Negra, no parecía sorprendido por mi cuarto oscuro ni mis 13 corazones colgados del techo, y claro, tampoco parecía sorprendido por mi resignación hacia lo que estaba por pasar, no era el momento para un ataque de ansiedad, ciela. 

Sentí que me empezaba a apagar, agarré la baranda del balcón sabiendo que sólo necesitaba un impulso para entregarme a 13 pisos de caída libre, tenía que permanecer serena pero sólo escuchaba un susurro que se convertía en grito: “Hazlo”. ¿Cuál era el plan? ¿Qué quería? Recién atendía a las innumerables similitudes entre él y yo, era demasiado claro, limpio, prolijo, se acercó con pasos intimidantes y pude escuchar su respiración y sus ojos parpadear, parecía tener una intriga de forma obsesiva por mí, pero sin una mentalidad grotesca. Es claro que siempre evalúo mis emociones (o lo que se le parezca) antes de reaccionar por ellas, es la ruta más segura y me garantiza un acto de dominio, pero mi corazón latía con violencia y se encendió la única alerta que exasperó mi sentir: Se te acaba de joder la vida. Las palabras tienen vida, puntos de vista y personalidad: “De este mundo nos vamos juntos, o no nos vamos”, fue lo último que le dije. Terminé el porro, exhalé lentamente el último rastro de humo y al apagarlo el mundo se oscureció de repente. Pensé que lo que sentía era adrenalina, pero fue heroína, me fue difícil reconocer la realidad en estado de éxtasis. Lo próximo que supe fue que me encontraba sola en un cuarto blanco, con ropa blanca y luz blanca ‒no estaba precisamente extasiada por la iluminación‒. El cuarto no tiene ventanas, estoy atada de manos, el pulso me retumba en la sien y los nuevos recuerdos empiezan a llegar fragmentariamente.

Esta es la segunda parte de la trilogía de la Viuda Negra, lee la primera parte aquí.

Primera parte de la trilogía: ¡A que te cojo ratón!, por Sara Catalina.

Imagen destacada tomada de Pixabay.

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