¡A que te cojo ratón!

Por Sara Catalina

“La locura en muchos casos no consiste en carecer de razón, sino en querer llevar la razón que uno tiene hasta sus últimas consecuencias”

Julio Ramón Ribeyro

Anarka y Valeria, mis amigas de lo que parece ser toda la vida, me han molestado siempre por tener dos nombres: Sara Catalina. Dicen que las personas que tienen dos nombres también manejan dos personalidades, y de ser cierto; yo creo que Sara es la malparida y Catalina es… la de buena voluntad. Ellas siempre me han dicho Sara, claramente, y odian que la gente me diga Catalina. El punto es que, por mi parte, las prefiero juntas: Sara Catalina: una malparida con buena voluntad. No justifico mis actos, pero es una aclaración válida.

Un día iba a verme con Anarka para ir al teatro. Él –mi nuevo prospecto– apareció con su pose de caballero y se ofreció a llevarme hasta allá. Es curioso cómo, de nuestra primera conversación real, salieron historias de tríos y unas ganas inmedibles de comernos. Me bajé del carro pensando: “¡No jodás! ¡Este no! No otra vez”.

Sin cupo en el teatro, Anarka y yo terminamos en una cantina. En el chuzo de mala muerte y sin nada mejor que hacer, le conté del nuevo prospecto. Man de 30, independiente, mirada profunda, sonrisa perversa, ojos y pelo oscuros, tatuado, ególatra, centrado, orgulloso, problemático, en fin, material comestible; un reto interesante. Ese día Catalina dio la lucha, se los juro con el corazón –aquí es donde mis amigas se ríen–.

–¡Ah! Preciso ahorita que iba tan bien. Ya va un año desde que espanté al ganado, ciertamente no voy a reciclar, pero con éste man voy a retroceder a mis andanzas –le dije.

–¡Severa flor! Pero ¿ha pasado algo?

–No, ¡no le digo que tiene novia!

–Jajjajajaja ¿Y eso cuándo ha sido un impedimento para usted?

Touché.

Todo transcurrió con normalidad, quizás ilusioné a uno que otro para distraerme, pero me porté bien los meses que tuvo mi atención. Una cosa es ser una malparida, y otra muy diferente es caer a lo bestia: ambas –Sara y Catalina– tanteamos muy bien el terreno antes de saltar a un abismo, somos cautelosas y le hacemos inteligencia a los prospectos.

Un día, tras aconsejar a Valeria por problemas con su pareja, ella me dijo que nunca había conocido a una mujer tan manipuladora, calculadora y lanzada como yo. Lo gracioso de todo esto es que terminó dándome la razón, pero me dijo que la intención era lo que estaba mal. Por eso Catalina es tan importante: buena voluntad, buena voluntad, buena voluntad.

Me decidí por lanzar el anzuelo, ya tenía días obsesionada con el hombre y, como pasó con todos los demás, sabía que terminaría en capricho. No es que le haya tendido una trampa para hacerlo caer. Tampoco le susurré al oído para orientarlo a la perdición –no soy el diablo–, pero de cualquier forma mordió el anzuelo y no lo iba a soltar hasta darme gusto.

Les confieso que lo más divertido de estos “prospectos” es cuando los estoy cazando y les cuento a mis amigas. Ellas dicen que soy el diablo en cuerpo de mujer, el mal personificado, una malparida; y una va a ver y sí. La última vez hasta me cantaron: “Mala mujer no tiene corazón”.

Puede que no sea el diablo, pero parece que mis ojos sí fueron diseñados por Él, y les aseguro que sé perfectamente cómo usarlos. Sé cómo castigar y cómo provocar, sé cómo inspirar a pecar con estos ojos color selva. “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. ¡Ni modo que los desaproveche!

Ustedes estarán de acuerdo conmigo al decir que lo más divertido es la cacería: todo se vale y no hay reglas. Una mirada, un guiño, un roce “accidental”, una sonrisa perversa, un beso esquinero, una invitación indirecta, principios y gustos compartidos, coincidencias de insomnios, acercamientos estratégicos… recostarse en su hombro por estar cansada, y luego, una mirada… Ayayay, tanto de dónde escoger para hacerlos caer, pero no se preocupen, yo no generalizo: a cada uno se le hace inteligencia y se le diseña estrategia. Jajajaja hasta puedo decir que cada uno es especial, así ellas no me crean, y les guardo un lugar en mi corazón.

–¡A que te cojo ratón!

–¡A que no gato ladrón!

Y al fin cayó. Después de días haciéndole el caminito de maíz e irlo llamando: “tuuucu-tuucu-ttuucu”, el man por fin cayó. Frida decía que los ojos de Diego eran espadas verdes dentro de su carne, pues los míos también apuñalan. Si en este punto me están juzgando, pregúntense qué tiene de malo pasar de presa a cazadora, ¡vamos a poner las cosas parejas! En lo personal disfruto el reto; que me dure el entusiasmo, o no, es otro asunto.

¿Ya les conté que una vez nos sacaron a Valeria, Anarka y a mí de una panadería por calcular el grueso de las vergas que nos hemos comido con la mano? Jajaja eso es lo molesto de las mojigatas puritanas, era sana educación sexual, ya no aguantan nada. En fin, esto era para aclarar que ni siquiera entre amigas se me da la sutileza. Uno de los prospectos de Anarka fue un negro escultural:

–¡No mames! Si al anterior le apretaban los condones, a éste ni le caben –le dije.

–Jajajajaj Sara malparida.

Creo que mi interés por este man en particular surgió porque parecía aplicar teorías conductistas de manera tan natural como yo. Ambos implementamos un sistema de castigos y recompensas en el que terminamos jugando con fuego, y adivinen quién se quemó. Él decía que yo le mantenía el pito duro todo el puto día, y yo sentía el corazón desbocado todo el puto día. Reciprocidad… dicen.

Valeria, burlándose de mí, un día me dijo: “Es que donde hay un man con problemas, traumas y drama, ¡usted va y se clava!”, yo como que no me puedo hacer la vida fácil. Vivo de retos constantes y abandono cuando pierdo el interés; calculo cada maldito paso, palabra y emoción; pero no hubo poder humano que evitara que mi pecho se encogiera cuando todo se jodió en una milésima de segundo. La razón por la que no me gusta volar hasta el cielo es porque siempre auguro una caída descomunal.

¿Sabían que la viuda negra no es agresiva? Sólo muerde en defensa propia. Los que sí deben temerle son los insectos… y los machos de la viuda negra. No es por dañarles el final de la historia, pero… Bueno, no nos ganamos el nombre gratis. Las viudas negras devoran a los pequeños machos durante el apareamiento, pero no se asusten, yo no me los como; jajajaja, o bueno, sí, pero no así.

Tampoco empiecen a sufrir por los machos o mis… “prospectos”, es cierto que atrapamos a algunos mientras intentan huir, pero normalmente ellos aceptan su destino: los machos de la viuda negra dan un salto suicida hacia sus colmillos para mayor fertilidad; mis prospectos dan el salto suicida hacia mis piernas y me entregan su corazón. Claro que del sentido figurativo al literal hay un solo paso.

Ya les dije que no los trato como aperitivos poscoitales, pero ¿cuál es la ley de la selva?, exacto: devorar para no ser devorado. Nunca sé si serán un capricho de un único polvo, o si los dejo vivos y los disfruto otro rato, todo depende de la mirada. Trato de aplicar eso que mi mamá me decía desde niña que era importante: la empatía.

Si les digo que todo se jodió en una milésima de segundo fue por culpa de él. ¿Qué le costaba mirarme como me gusta que me miren? Tampoco me culpen por querer un recuerdo literal de mi anhelo desde niña: un corazón. Más bien, pregúntenle a él por qué no le brillaron los ojos mientras me lo follaba.

Ser una malparida con buena voluntad tiene consecuencias, cada quien las asume como buenas o malas. Me lo follé a gusto, aunque nunca había tenido que practicar la autorregulación de una forma tan brutal. ¡La hizo bien el cabrón! Evitó que fuera una hija de puta, pero de alguna manera se sumó a mi colección, que, por cierto, se ve divina. Les juro que cada corazón parece palpitar colgado del techo. Otros tienen colecciones de atrapasueños, ¿Por qué yo no puedo tener una de mis corazones?

Si me preguntan a mí, creo que cada corazón de mi colección le suma una talla al de mi pecho, de pronto por eso me gusta tanto verlos colgados en mi cuarto oscuro. ¡Y además brillan! No entiendo por qué mis amigas me dicen que no sé querer bien, el cuidado y la paciencia que le invierto a cada uno es inigualable. Después de la plastinación –nada fácil, por cierto– les doy luz propia y color con líquidos fluorescentes, los cuelgo del techo con un hilo que simbólicamente los une al corazón que espero tener en mi pecho, los consiento, les hablo, los visito, les traigo compañía de vez en vez. ¿Qué más podrían pedir?

Es cierto que he tenido muchos cielos y por ninguno he llovido, sólo les diré una cosa al respecto: el acto de desaparición es el que mejor me sale. ¿Ven que sí había una explicación racional para que mis amigas nunca me escucharan hablar del mismo man durante mucho tiempo? Ellas diciéndome que soy una mala mujer que no tiene corazón, si supieran que tengo varios, ¡y palpitamos en armonía!

¿Víctimas de la realidad? Cuando me propongo liberar mi espíritu de la pasividad no hay retorno posible. Soy extremos y soy medios; soy tibia, soy fría, soy caliente; una puta, una perra, una santa; una constante y una contradicción andante. Soy lo que soy, o un conjunto de lo que no soy. Tal vez el pasado siempre me persiga y le siga agregando peso a mi consciencia. ¿La lección de la noche? Por las buenas, soy buena. Por las malas, ¡Ave María Purísima!

–Sin pecado concebido.

por Sara Catalina

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