“¡Incredible India!”

Fotos y texto por Jeanne Kelly Ruiz

Mi primer paso en la India fue el contacto con un colosal tapete que parecía evocar el color de la playa; estaba acompañado por coloridas pinturas e imponentes estructuras metálicas que encarnaban diferentes mudras, esos gestos sagrados que se realizan con las manos. ¡Estaba en Nueva Delhi, eran las 6 de la mañana y por fin había llegado a mi destino luego de dos días de viaje!

No había leído o escuchado nada sobre los posibles peligros que albergaba la ciudad. Como un cuaderno en blanco, me preparaba para escribir mi propia historia, la historia de la “Incredible India”, como anunciaban las numerosas vallas publicitarias del lugar.

Luego del aeropuerto Indira Gandhi, mi atención fue capturada por el tráfico, me hallaba atrapada en un estruendoso enjambre de abejas. Los carros pitaban sin cesar; lo hacían porque cruzaban o porque se detenían; porque venía un vehículo o tal vez porque se alejaba otro; de pronto porque había un semáforo o porque no lo había; lo hacían porque sí y porque no. ¡Desquiciante!; pero era muy temprano, llevaba horas de sueño atrasado y ese ruido imparable no fue suficiente para evitar que cayera adormecida camino al hotel.

En la mañana siguiente me aventuré a pasear por las calles de la ciudad; era un domingo soleado de febrero, agradable como un buen día bogotano. Excepto por el ruido de los vehículos, todo lucía familiar: calles pavimentadas, edificios de mediana altura, diferentes tipos de automóvil y algunos centros comerciales que se asomaban de vez en cuando.

Estaba con Demián, otro becario que había conocido la noche anterior en el hotel; también permanecería dos meses estudiando en la ciudad. Tomamos un moto-taxi, en dirección al metro más cercano, para llegar a Rajpath, que traduce camino del rey: una calle extensa, con un agradable color verde, que remataba en un poderoso arco que dividía el trayecto para dar inicio a un complejo de edificios gubernamentales. Una arquitectura exquisita de tono rojizo y una refinada estructura colonial.

Apenas si habíamos avanzado unos pocos metros cuando en el primer semáforo hallamos una mujer en compañía de varios niños. Querían alimento y dinero. Una tras otra calle se repetía la misma escena. Nos perseguían, nos halaban el atuendo y se llevaban las manos a la boca aludiendo hambre. Era tal la desdicha y miseria representada en los ojos de ellos, que mientras avanzábamos, buscaba algunas monedas para darle a unos y otros, pero eso sólo duró un par de días. Entendí que era imposible quedarme allí por dos meses repartiendo rupias a diario, o tal vez caí en la indiferencia que caemos muchos cuando nos habituamos al paisaje.

Al principio me costó acostumbrarme a los rasgos característicos de los hombres: piel bronce muy oscuro, ojos grandes y muy negros, mirada aguda, contextura pequeña. Llevaban sus caras cubiertas con pashminas, muy habituales para protegerse del aire denso por el polvo y la arena; en varias ocasiones vestían las típicas telas claras envueltas en forma de pantalones –dhoti-, pero muy desaliñados. En casos, no tan extraños, mientras hablaban sobresalían sus encías ensangrentadas, lo que me generaba ansiedad. Los primeros días, durante los recorridos en los moto-taxis, pensaba si el hombre sentado allí era un señor decente y respetuoso, o por el contrario, se trataba de un sujeto inescrupuloso que en cualquier momento me podía violentar; pero bastó con mirarlos a los ojos y descubrirlos sonreír un par de veces, para entender que no había peligro alguno.

Los días y las semanas fueron transcurriendo. Visitamos diferentes lugares, algunos recomendados y otros no tanto. Estuvimos en los monumentos de Qutab Minar y la Tumba de Humayun, ambos sitios declarados patrimonio de la humanidad; también en el Templo del Loto y varios santuarios; estuvimos en restaurantes, bares, y por supuesto, en mercados de aquí y de allá. Algunos delos sitios estaban cargados de mucha historia, con una arquitectura increíble y poseedores de un ambiente hipnótico y relajante. El Templo del Loto, ¡vaya lugar!, en ese blanco inmaculado que se divisaba desde la estación de metro del centro,con una estructura exterior perfecta, y al interior, un silencio ininterrumpible que emanaba paz. Tristemente, a las afueras, éste como otros sitios alucinantes de la India, estaba rodeado de un banquete de desecho y hediondez.

Los santuarios estaban regados por doquier. ¡Uno cada dos cuadras! Algunos grandes y suntuosos, otros más pequeños y privados. Tantos templos en un mismo espacio acogían e impregnaban a la gente con su carga espiritual. Las mujeres, iluminaban el paso con sus trajes coloridos, cabellos largos pero recogidos y una timidez enternecedora. Ocultando la melodía de la voz y los delirios de la piel, fue posible ganar el favor de la cultura y hacer parte de ese mundo colmado de incienso e iluminación.

Ya en este punto, cualquier sensación de inseguridad o zozobra había quedado en el pasado. Sólo podía ver en los indios, seres creyentes, respetuosos, sumisos y serviciales. Algunos incluso, graciosos; recuerdo que en los monumentos, hombres solos o con sus esposas e hijas, hacían fila con el ánimo de llevarse un autógrafo o tomarse fotos a mi lado, con la mujer blanca. Fuí algo así como una estrella de Hollywood por unos días.

Hoy, recordando de nuevo aquel 2011, tengo claro que Nueva Delhi quedará por siempre en mi corazón: un lugar de arquitectura mixta que integra el pasado y el presente; llena de gente muy amable aunque sumida en el imaginario de la religión; de lugares preciosos pero tristemente inundados por la desidia; de cultura sólida aunque, aún, con muchos iletrados. Una ciudad llena de contrastes, encantadora a su manera, pero lo más importante, que me dejó una experiencia enriquecedora: aprendí que es necesario tomar riesgos para tener mi propia versión de la historia; que una sociedad es el reflejo de lo que hacen sus habitantes de manera individual y que vale mucho la pena dejarse maravillar por todo lo desconocido.

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