“A veces la vida nos pone las situaciones más duras a las personas más fuertes”

PorNatalia González Ramos, amiga de Alejo del Ministerio de Ambiente.

Desde que empezamos a ser amigos, supe que Alejo era de esas personas que marcan la vida. Con su tranquilidad y buen sentido del humor fuimos fortaleciendo nuestra amistad, disfrutando cada instante compartido en la oficina, a la larga fueron casi 6 meses, algunos pensarán que una amistad se forma con los años, pero para quienes conocieron a Alejo seguro les será posible esto que acabo de escribir.

Por cuestiones de la “organización pragmática” (de un jefe bien particular) que tuvimos en ese entonces en el Ministerio de Ambiente, a Alejo y a mí nos designaron una tarea: realizar un convenio con otra entidad; en principio pensamos que todo hacía parte un plan un poco sin sentido, pero al final ambos comprendimos que esa era la vida, trabajar juntos en llave, porque esto nos permitió compartir un poco más de las 8 horas laborales todos los días durante esos meses.

Un poco antes de iniciar nuestra travesía por un convenio que nunca sucedió, noté que Alejo era un tipo brillante, nuestra oficina era (continúa siendo) un lugar bien particular, pero para ese entonces la testosterona andaba un poco elevada, los ánimos compungidos, los deseos de poder a flor de piel y era evidente la flojera constante de algunos. En mi caso, estaba atravesando una situación bien difícil que sufrí y viví hasta aquel momento completamente sola, así que hice mi “aporte” a ese ambiente un poco caótico. El aporte de Alejo, en cambio, era de tranquilidad e inteligencia; en una ocasión con un comentario inesperado (sarcástico y chistoso) logró cuestionar el sentido de “organización” de nuestro jefe, así como a nuestra “coordinadora y su apego al contexto”.

Esos días en los que trabajamos tan de la mano, Alejo supo que lograba darme un parte de tranquilidad y así sin más me decía: “¿Vamos por un desayuno?”, “¿Tomamos café?” y a veces sin decir una sola palabra, el hecho de compartir ese espacio me daba tranquilidad y ánimos de continuar. Así poco a poco empecé a contarle a Alejo de mi vida y la de mi hijo, a tal punto que le pedí consejos para dos cosas que nunca olvidaré: la primera era el cambio de colegio de Nicolás (mi hijo); le comentaba a Alejo que me parecía que la había embarrado con la decisión de poner a Nico en un colegio tan tradicional (que por cierto resultó ser el mismo colegio de Alejo de Ibagué, con sede en Bogotá, para el caso de mi hijo) porque Nico no lograba adaptarse y cuestioné de manera constante el trabajo docente. Recuerdo que Alejo me decía: “Evalúalo bien y observa también con objetividad a tu hijo”, en otras palabras: no le des toda la culpa al colegio. Tenía toda la razón, al final no tome la decisión de cambiarlo de colegio y resultó mucho mejor, cosa que le conté luego a Alejo.

La segunda cosa fue que tras de un bullying o montada que recibí por parte de algunos compañeros de trabajo a causa de un tatuaje (súper deforme) que me realicé en mi época más joven, decidí hacerme un tatuaje que cubriera ese desastre, le consulté a Alejo y él me dijo: “Elige algo que te guste con el alma y evoque eso que necesitas”, decidí hacerme unas mariposas, me recordaban a mi padre (le encantan) y él, mi padre, de alguna manera me evocaba seguridad y libertad. Alejo me dijo: “Sería chévere que imitaran el vuelo, eso le daría un toque especial al tatoo”, y efectivamente, luego de aprobado el diseño (casi que por los dos) me realicé mi tatuaje. Sin pensarlo en ese entonces mi tatuaje también representaría la amistad.

Con el estrés del convenio empecé a notar que algo le sucedía a Alejo, su movilidad era distinta en su brazo izquierdo y su pierna, le pregunté varias veces si necesitaba ayuda, pero él con su carácter autónomo me decía: “No Nata, tranquila”. Nuestra amistad llegó a tal punto, que él llegaba a la oficina y me pedía que le recordara tomar sus medicamentos (en secreto para que nadie nos escuchara y aunque tenía la alarma en su celular para eso) y así, como buena mamá, trasladé mis cuidados a la salud de Alejo.

Una vez él me dijo que sentía que la fuerza en su pierna y su brazo no era la misma, que los sentía menos fuertes, entonces le llevé una pelotita de esas que se usa para el estrés y le propuse que subiéramos las escalaras del ministerio dos veces todos los días, a Alejo le pareció una súper idea, así que desde ese día Alejo hacia el ejercicio con la pelotita y subíamos las escaleras dos veces al día. Poco después, en mayo de 2017, lo operaron de nuevo, a su regreso estábamos todos esperándolo, particularmente yo.

Alejo me decía que Caro (su Suspi suspi, su Hechicera) estaba preocupada porque también había notado que sus movimientos eran diferentes, me decía que no la quería asustar. Cada vez que Alejo hablaba de Caro se le iluminaban sus ojitos, pero en esa oportunidad su cara tenía un gesto de angustia. Hablé con él varias veces y le dije que le contará, siempre me dijo que no la quería angustiar, que angustiarla le partía el alma, lo convencí y creo que hablaron. Hasta ese entonces Alejo no me había contado nada de su enfermedad, sin embargo, él le paso mi número a Caro y el de ella a mí, y así fue como las dos empezamos a hablar.

Un día, después de finalizar todo el estrés del dichoso convenio, Alejo y yo fuimos a almorzar a Crepes. Recuerdo que ese día me pidió que le cogiera la mano muy duro, se puso muy pálido, yo me asusté mucho, pero quería transmitirle tranquilidad; su mano estaba temblando mucho, él me había contado unos días atrás que le había dado una especie de epilepsia en su brazo izquierdo cuando estaba en el baño solo, en ese justo momento, comprendí que a Alejo le pasaba algo más y efectivamente después de que su brazo dejo de temblar y de recobrar el aliento, me contó sobre su enfermedad y su tratamiento, me pidió que no le contará a nadie y así lo hice.

No sé con certeza qué animó a Alejo a compartirme su situación, tal vez fue el hecho de que en ese mismo almuerzo, y poco antes que pidiera su sopa de zapallo, le conté el secreto más grande que tenía en mi vida, con lo que había lidiado muchísimos años en completa soledad y que en esta etapa me hacía ultrasensible y vulnerable. Después de almorzar nos tomamos juntos de la mano, como quien agradece haber sacado una carga pesada, y me dijo: “Nata, a veces la vida nos pone las situaciones más duras a las personas más fuertes”.

No fue casualidad que la vida me cruzara con Alejo y que el desorden del trabajo nos pusiera a trabajar en equipo. Muchas cosas me sorprendieron de Alejo, como su historia de amor, esa que contaba con entusiasmo y fascinación, la forma de comer oblea (creo que nunca vi a nadie que disfrutara tanto comer oblea como él) e incluso su fascinación por el reguetón, pero lo que más me sorprendió fue, sin duda, la capacidad que tenía para sanarse a sí mismo y sanar a otros, como lo hizo conmigo.

Hasta el último momento Alejo marcó mi vida, me cruzó en el camino a su mejor amiga, Camila Villar, el viernes antes de que él partiera. Tal vez Alejo lo quería así, que su amiga feminista (yo) y su gran amiga ecologista se encontraran.

Me siento agradecida con la vida por haberme permitido conocer un ser tan especial como Alejandro Laserna Botero. He pensado que nuestro tránsito por la vida ha de ser tan largo como los aprendizajes de bondad y tenacidad que dejemos, tal vez por eso Alejo, a sus 36 años, decidió partir, porque ya nos había enseñado suficiente y a muchísimas personas, a amar la vida y transformarnos, a creer que sí existen las bonitas historias de amor y a confiar en nuestra propia capacidad de reinvertirnos.

Mantendré tu recuerdo dulce y tierno, como lo querías Amigo querido… Nos encontraremos de nuevo.

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