Caminando

El teléfono timbra y del otro lado se escucha – ¿Aló?

  • Quiubo Alejo, listo?
  • Qué más Alejo, ya estoy terminando. ¿En 10 minutos frente a la catedral?
  • De una. Ahora nos vemos.

Alejo se apura para terminar las cosas y dejar adelantado el trabajo de mañana. La gente de la oficina ya empezó a guardar sus cosas como un grupo de adolescentes cuando saben que la hora del recreo está llegando.

La oficina es un ambiente de trabajo agradable pero “La Entidad” es bastante hostil. Se hace lo que se puede; se hace, se lleva, se trae y se hacen esfuerzos. Encontrarse con Alejo es de las mejores cosas del día. Alejo sale del edificio de “La Entidad” y camina de forma apresurada para llegar a la catedral pasando a través de las palomas de la Plaza que salen volando para que no las atropelle. La penumbra se va instalando poco a poco en la ciudad y se vuelve difícil encontrarse. Rápidamente se ven, se aproximan y se saludan.

-¡Quiubo Alejo! –dicen en coro.

-¿Qué tal su día? -pregunta Alejo.

-Bien hermano, ahí resolviendo chicharrones, pero bien, ¿y usted? – contesta Alejo.

-Bien hermano, en las mismas.

Están parados en la esquina que vio nacer la maltrecha república queriendo emprender también una larga caminada.

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Pasan las primeras esquinas haciendo una catarsis del día de trabajo. Alejo dice que en “La Entidad” nada funciona y Alejo responde que no se preocupe, en “La Entidad” todo es un circo. Los números de las calles van aumentando paso a paso. El murmullo de la gente en el centro de la ciudad se hace notar puesto que es el horario de salida de miles de personas que trabajan allí, sin embargo, el paso marcial que llevan hace que las personas no parezcan otra cosa que simples figurantes en una escena de ópera.

Historia va, historia viene. Las calles se siguen acumulando y la oscuridad se siente cada vez más. La caminata sigue. El día poco a poco va quedando atrás, como si los problemas habitaran en la Plaza de Bolívar y en la medida en que se alejan los dejaran de afectar. Alejo ve un LP en un andén, entre la Plaza Santander y la 19, y se abalanza sobre él. Alejo se sorprende y dice: “¿qué vio?”. “Ya le digo…”, contesta Alejo. La transacción se desarrolla con el consabido pedido de descuento y Alejo sale victorioso con su nueva compra. “¿Qué compró?”, pregunta Alejo, y Alejo responde: “Una joya, sin duda”.

Siguen caminando. Al ir llegando a la calle 22, Alejo pregunta: “¿Se queda por acá?”, y Alejo responde: “No hermano, hoy tengo ganas de caminar un poco más, vamos hasta la 39. Ahí me queda fácil y a usted también. Además, ya esta tarde para bajar hasta la Caracas por aquí”. “Todo bien”, contesta Alejo. A Alejo le da miedo la 39 pero Alejo sólo se burla de eso, entonces es necesario hacerse el valiente y decir que la 39 está bien.

La conversa sigue animada. Hablan de lo divino y lo humano, del trabajo, de esto y de aquello, sin ningún libreto fijo, sólo van pasando el cuaderno a limpio al mismo tiempo que sus almas van quedando más limpias con la compañía del otro. La oscuridad ya es total pero lo peor del hormiguero ya quedó atrás. Esta es otra Séptima, con otro encanto. El Centro Internacional, el Planetario, el Museo Nacional. Alejo se ríe con las ocurrencias de Alejo y una sensación de levedad se apodera del momento en una especie de comunión pagana en la que las vivencias conjuntas y paralelas cobran un sentido metafísico.

Ambos saben que el pequeño ritual pronto va a llegar a su fin. Cruzan el semáforo del Parque Nacional y encaran el último tramo del trayecto acordado previamente. Alejo comienza a burlarse.

–Ya vamos llegando donde el monstruo del lago Ness –dice Alejo, soltando una fuerte carcajada. –Tan pendejo –contesta Alejo, tratando de quitarse esa imagen de cobarde.

El asunto es que, desde que era niño, a Alejo le dicen que la 39 es peligrosa, pero con la ayuda de Alejo lo va a superar. Ecopetrol está del otro lado y esperan a que cambie el semáforo para cruzar. Van bajando por esa oscura y fría calle, que va adquiriendo una especie de bruma amenazadora que anuncia la aparición del citado monstruo, pero la presencia de Alejo reconforta y el monstruo vuelve a su refugio.

La Caracas está ahí. El no tan anhelado destino se alcanzó y aunque Alejo sabe que Alejo tiene aún un trecho por andar, no desfallece y pregunta con cierto brillo en los ojos esperando convencerlo para que ese momento mágico no se pierda: “¿Nos tomamos una chela en ‘Curuba’?”. “Uy hermano, no sé. Ganas no me faltan”, contesta Alejo con miedo de decepcionar a Alejo y pensando que le encantaría continuar con este momento purificador y culminarlo con un par de dosis de felicidad embotellada en vidrio café oscuro.

El semáforo cambia y Alejo comienza a cruzar la calle del lado de Alejo sin tener aún una respuesta clara, pero con la certeza absoluta de que la persona que lo acompaña desde la Plaza de Bolívar está ahí con su buen humor, sus consejos y sus historias, en ese camino del día a día y de todos los días, sin importar el destino. En últimas fue el destino quien puso el camino que recorrieron juntos. Un camino que sigue.

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