Pedagogía zombi

Texto por Andrea Salgado.

Foto por @Hollmanbg.

Martes:
Desde ayer me estoy encontrando con un grupo de zombis a los que supuestamente debo enseñarles a amar el lenguaje. La institución pública que me contrató para sacar adelante parte de un proyecto de inclusión de muertos vivientes dentro de la sociedad, para garantizar mi seguridad, ha dispuesto dentro del salón de clases una jaula de observación de tiburones como la que Costeau y otros exploradores, usaron para sumergirse en agua mortales. En un principio, la idea me pareció fascinante. Me imaginé ahí, una jauría babeante, brazos de carne putrefacta vuelta hilachas, tratando de alcanzarme, de comerme mientras yo leía pasajes de Langston Hughes, pero a medida que fue transcurriendo el día, me di cuenta de que la jaula era inútil. Los zombis no me encontraban, a pesar de que soy una mujer de carnes generosas y un índice graso de filete de Kobe, particularmente apetitosa. Y ni que decir de los otros autores que les llevé. Ninguno los movió. Permanecieron ahí, sentados en sus sillas, la mirada fija y vacía.

Miércoles:
«Bajo su propio riesgo», firmé hace un rato en un papel que me entregó el encargado de servicios generales antes de llevarse la jaula. Ahora mismo estoy sentada en medio de todos, leyendo en voz alta un pasaje de un poeta japonés particularmente perverso que, para mí, resulta una clara incitación al canibalismo. Si lo que quieren los zombis es carne, pues acá estoy, servida en bandeja de plata, invitándolos al exceso.

Jueves:
Estos 4 días he implementado todos los métodos que durante diez años de trabajo docente, me han resultado efectivos para establecer vínculos comunicativos; mover a los estudiantes a la pasión de la palabra, y nada, nada parece funcionar. Pero no pienso darme por vencida; con mi cuchillo de oficio recién afilado y frente a ellos, he cortado una buena tajada de mi muslo, la cual he distribuido en pequeños platos desechables y puesto sobre sus escritorios. Solo uno de ellos tomó el plato y se lo acercó a la nariz para olisquearlo. Luego lo devolvió al escritorio.

Viernes:
La clase está a punto de terminar. Me palpita un poco la herida de la pierna pero el Vicodin que me recetó el médico me permite sentirla como si no fuera mía. Llevo dos horas, acá sentada entre mis zombis (míos, sí) en silencio, la mirada tan fija y vacía como la de ellos. Creo finalmente entender el sentido de la jaula, el “bajo su propio riesgo»; creo haber desentrañado el secreto de la educación en tiempos de muertos vivientes y me siento orgullosa de ello. De ahora en adelante todos mis esfuerzos se encaminarán al aprendizaje del lenguaje zombi. Y el zombi será lo que aprenderemos todos a amar.

 

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