Carta a mi hija Amelia

Mi Ame:

Esta es la primera carta que te escribo. No sé por qué lo hago en este preciso momento. Quizás porque hoy es uno de esos días en que tengo el alma acongojada como suele pasarme cada tanto.  Ayer dejaste en mi cuaderno de trabajo un dibujo con dos soles sonriendo y con tu puño y letra plasmaste: “Amelia y Papá”. Esos trazos me alivian y animan. Son un augurio de tiempos mejores.  No ha sido un año fácil y tú lo sabes mejor que nadie. Demasiados cambios para todos.

Me parece increíble que ya tengas cinco años. Tengo tanto por decirte y sin embargo no sé por dónde empezar. Quizás por expresarte que los soles que dibujas son una confirmación de la relación que existe entre los dos. Te amé desde antes de que nacieras, cuando eras apenas un frijolito flotando en la tibia panza de tu mamá. Cuando le decía a tu madre “sé que tendrá tus ojos…” como en aquella vieja canción de Charly García. Con el tiempo te amo aún más, en la medida que nos hemos venido (re)conociendo. 

Muchos años antes de que llegaras a mi vida, leí acerca de una antigua creencia en el hinduismo que indica que un alma elige a sus padres antes de nacer. Escoge el lugar, los recursos y el cuerpo que tendrá en su paso por el plano terrenal. Hoy me convenzo de eso. Sé que somos viejos conocidos. Lo noto cuando de repente nos quedamos en silencio mirándonos a los ojos por algunos segundos. Cuando tomo tu mano y caminamos juntos sin necesitar nada más. Hay una magia ahí que sólo tú y yo podemos entender. Siento que eres un alma viajera que decidió reencontrarse conmigo por alguna razón que desconozco. Supongo que con el propósito de alcanzar ciertas comprensiones en torno al amor como lo afirman algunas culturas con las que concuerdo. Este es un tramo más en tu continuo viaje hacia la iluminación. No dejo de pensar en eso al observarte. Sé que las comprensiones que buscas sólo se te revelarán a través de tus experiencias y siento una enorme responsabilidad contigo. ¿Qué te puedo enseñar yo sobre el amor?

Elegiste irrumpir en mi existencia y escogiste además hacerlo en la piel de la niña con la que siempre soñé.  Pudiste haber optado por cualquiera de los destinos espectaculares que solemos idealizar en nuestro engañoso sistema de creencias. Quizás haber nacido en una monarquía, o siendo la heredera de una gran fortuna, pero por alguna razón no lo hiciste. Preferiste llegar a un hogar bogotano convencional, de recursos limitados -pero bien logrados-, donde encontraste unos padres dispuestos y compasivos, sin virtudes extraordinarias por resaltar. Dos personas también buscando comprensiones y aprendizajes, que intentan todos los días cumplir de la mejor manera con su rol vital.

Mientras escribo estas palabras reconozco que como padre te he venido instalando todas las creencias verdaderas y falsas que llevo a cuestas. Tal cual como sucede con los locos bajitos de los que habla Joan Manuel Serrat. Sin darme cuenta, en estos cinco años ya lo habré hecho contigo un montón de veces, transmitiéndote mis pensamientos, ideas y frustraciones. Ahora, desde tu propia experiencia, tendrás que validarlas a lo largo de tu vida, para tener una comprensión propia y particular de las cosas. Sin quererlo, te he venido condicionando en todos los ámbitos de la vida.  Desde la forma en que “debes” querer a tu familia, pasando por mi deseo de que no heredes la timidez de tu padre y que hables varios idiomas, hasta el punto de ir direccionando tus tempranos gustos musicales. No es casualidad que hoy sólo quieras oír las canciones de Sasha Sökol, uno de los amores platónicos de tu papá. ¡Perdóname!

Con mucha torpeza, pero con la mejor intención, he tratado de indicarte el camino dándote algunos elementos que considero útiles para tu travesía. Sin embargo, con el pasar de los años comprenderás que es mejor viajar liviana. Sé que no tendrás nada que temer mientras pises firme la tierra, sin olvidar la mirada al cielo. Seguramente todo esto ya lo sabes. Viniste acá a vivenciarlo. Tú eres la verdadera maestra. Todos los días me das lecciones sobre el amor y la vida. Eres y representas lo mejor del clan familiar. 

Con el tiempo reconocerás que lo esencial consiste en presentarse ante Dios con la mente encerrada en el corazón y permanecer así, noche y día, hasta el fin de la vida. Comprenderás a través de tus experiencias que las decisiones tomadas desde el amor y el corazón son la llave para encontrarte con tu verdadero propósito existencial. Verás que un alma adormecida toma decisiones basadas en la mente, con todos sus miedos y prejuicios, y que esto solo trae angustia y sufrimiento.

Tal y como suele pasar en el curso de la vida, de seguro tendremos algunos desencuentros que olvidaremos rápidamente. Nuestro vínculo no se regirá porque soy tu padre como mandato cultural. Se dará porque día a día nos seguiremos reeligiendo por nuestras afinidades, por el respeto que generemos el uno en el otro, porque nos escucharemos, porque respetaremos las diferencias de edades y circunstancias y porque nos acomodaremos plácidamente a nuestras coincidencias. Hace un tiempo que vengo trabajando el desapego para verte como persona, más allá del hecho de ser tu papá, lo cual no me otorga ningún derecho sobre ti. Cierro esta carta a la niña hermosa que eres. Me llena de orgullo y de felicidad que seas mi hija.

Tu padre por siempre.

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