No era un sueño menor

Cuando de pequeño me preguntaban “¿qué quieres ser cuando grande?”, a mi cabeza siempre se venían sólo dos situaciones: ser futbolista y ser papá.

Años más tarde, en las entrevistas laborales, después de presentar esas tediosas pruebas psicotécnicas, una psicóloga, de la cual dependía que tuviera o no trabajo, me hacía una pregunta muy parecida: “¿En dónde te ves en 10 años?”. Y a mi cabeza seguían viniendo las mismas dos situaciones que desde pequeño soñaba.

Desde que tengo uso de razón, muero por el fútbol. Sueño con fútbol, respiro fútbol. Los primeros recuerdos que tengo de mi infancia traen a mi mente situaciones donde había una pelota de por medio y en las que siempre estuvo presente mi papá. Mi primer uniforme de Santa Fe, que cuando me lo puse no se sabía quién estaba más contento: si mi papá o yo.

Las innumerables madrugadas de mi viejo para verme entrenar a las que nunca me dijo que no, llevándome hasta “Chigüiros” (unas canchas que quedaban por la calle 26 llegando al aeropuerto) o al parque la Florida (saliendo de Bogotá por la calle 80). Él nunca se enfermó, nunca le pudo el sueño o la pereza de despertarse sábados y domingos a las 6:30 a.m. para llegar muy puntual a la cancha…  Nunca falté a ningún entrenamiento y siempre, cuando miraba hacia la línea lateral, él estaba ahí parado, gritándome  que soltara la pelota o que no corría lo necesario. Al terminar el partido o el entreno, no me faltó jamás una bolsa de agua y una palmada en la espalda que indicaba que lo estaba haciendo muy bien. Cuando quise ser arquero, tampoco lo reprochó o lo cuestionó; es más, me enseñó cómo debía pararme debajo de los tres palos (aunque no sé de dónde lo sabía, porque mi papá era un tronco).

Siempre fue mi sueño poder retribuirle ese sentimiento que me inculcó por el fútbol celebrando un gol como profesional… Desafortunadamente el talento no me alcanzó, y hoy sólo puedo compensarlo con una invitación todos los domingos a ver a Santafecito, el equipo de nuestros amores. Éste se convirtió en nuestro momento de amor. Papá e hijo, casi sin mirarnos y con la mirada fija en la cancha que tenemos por delante, nos decimos todo lo que nos queremos sin pronunciar una sola palabra.

Sin duda, el poder compartir con él esa pasión fue precisamente lo que hizo que de grande soñara con ser papá. Un papá cómo él. Mientras mis amigos querían ser Senadores o Gerentes de Oficina, yo me cuestionaba si querer ser papá era una aspiración menor. Si estaba desubicado o me faltaban aspiraciones en la vida, porque no me importaba lo que me deparara el destino, siempre y cuando contara con una familia que me hiciera feliz y tuviera la oportunidad de darle a mis hijos por lo menos un poco de lo que mi papá me dio a mí.

Y fue sólo ese 17 de agosto pasado, a las 6:22 de la tarde, cuando te oí llorar y te tuve en mis brazos por primera vez, cuando sentí ese miedo indescriptible al saber que ahora tú dependías de mí, que entendí que el sueño de mi vida por fin se hacía realidad. Fueron meses de incertidumbre, miedo y alegría desde que tu mamá me dio una nota que decía “Vamos a ser papás” ante la cual, dentro de mi alegría infinita, sólo atiné a preguntar: “¿Es en serio?”. ¡Y sí que era en serio! Ahora ése ser humano que no medía más de 70 centímetros me comenzaba a hacer sentir cosas que nunca antes había experimentado, cada gesto por insignificante que fuera me llenaba de orgullo. Y en la medida en que has ido creciendo, ese sentimiento se reforzado con cada cosa que haces, llegar a casa y verte gateando hacia la puerta para saludarme, me ha hecho entender que tú, el segundo amor de mi vida, me dio la razón y me hizo convencer de que sin duda alguna uno de los dos sueños de mi vida no era una aspiración menor.

Texto por el pez invitado Juan Carlos Escobar Barrera. Contáctalo en lacamisetadiez@gmail.com.

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