NOASIS

Se hace llamar Calle 44, empieza –para mí- en la carrera 50 y finaliza en la carrera 60; en teoría son 10 cuadras, pero las conté y son cinco en realidad, con diez esquinas.  Son más de ocho años recorriendo ese trayecto, buscando un almuerzo en alguno de los 54 sitios disponibles, también los conté.

La decisión de no llevar almuerzo a la oficina siempre logré justificarla, más allá de la pereza, como la perfecta oportunidad para salir un poco del agua laboral. Contar con un espacio en el que, de no existir alguien más interesante que las frecuencias hertzianas, pudiera tomar un momentáneo respiro de las resmas de papel, las tablas de Excel, el constante repique del teléfono, la tinta agotándose en la impresora, las notificaciones de nuevos correos electrónicos, y el eterno saludo oficinesco.

Ese mediodía y esa calle 44 serían entonces una especie de oasis inverso, un espacio para sacar la cabeza y respirar, un Noasis.  Me he movido solo y acompañado en varios de esos espacios, en el centro de la ciudad, en el norte, en centros comerciales, en plazas históricas, no importa su contexto, todos son iguales.

Y todos, sin excepción alguna, terminan decepcionando, el anhelo de un noasis, de un espacio para la nada, para no ahogarse, se esfuma; se trata sin lugar a dudas de un miserable oasis dentro de un océano de rutina: gente con los bolsillos atiborrados de recibos con hambre de sellos y timbres bancarios, oficinistas colgados a un carnet, audífonos colgados de los burócratas solitarios, indecorosas hordas reordenando mesas para realizar pedidos gigantescos y tener la oportunidad de tratar mal a un mesero, celebraciones escandalosas e impersonales de cumpleaños y despedidas; nunca bienvenidas, los nuevos están solos, tanteando terreno, un terreno que no tardarán en reconocer como árido.

Los momentos de interrupción o turbación del orden, que debían ser espontáneos, han sido absorbidos por estas aguas profundas: hora de almuerzo, rutina de gimnasio, lecciones para aprender a tocar algún instrumento, paseo del perro; todo está debidamente protocolizado, inclusive en las inofensivas pausas activas en horas laborales, donde está claro el cómo movernos, hasta dónde y por cuánto tiempo es saludable fijar la mirada en un punto distante de su metro cuadrado de comodidad o conformidad.

No pretende este texto ser una perorata informe e inconforme sobre la sin salida del devenir diario, es una invitación a no persistir en búsquedas infructuosas de noasis en los que conscientemente se pueda salir a respirar momentáneamente, se trata de un elogio de la rutina, de disfrutar el agua, de saber nada(r); un contrasentido de todas formas, teniendo en cuenta que esta publicación se hará en un espacio llamado peces fuera del agua.

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