Sonrisa en el rostro

Tengo que mantener la calma. Tengo que mantener la calma. Me lo digo una y otra vez, para mis adentros, en busca de tranquilidad, aunque soy consciente de que repetirlo es un acto de desesperación.

Respiro lentamente concentrado en el ir y venir del aire. Inhalo y exhalo profundamente. Inhalo y exhalo. Anclo mi mente a la respiración como antídoto contra el desasosiego. Funciona hasta que vuelvo a tomar consciencia de la situación en la que estoy y entonces la desesperación me embarga.

¡Tengo que mantener la calma!

Mi cuerpo se balancea de un lado a otro y de arriba abajo. El frío pasa. Queda el temor. Soy como una pluma suelta en el aire que se lleva el viento. No sé adónde iré a parar. No sé si podré salir de aquí.

¿Cómo putas terminé en esta situación?

¡Qué tonto he sido! Si tan solo hubiera bebido menos ron con agua de coco o comido menos papel… Si tan solo me hubiera controlado un poco más o hubiera medido mejor mis fuerzas…

Todo estaba en orden hasta que llegaron ellas, con su sonrisa, su energía, su belleza. “Dos pa’ tres”, dijimos. Nos reímos sabiendo lo que vendría. Vicente iría en busca de las dos, Julián elegiría a la rubia y yo a la morena. Entre los chistes y el coqueteo el sol se fue elevando y las botellas agotando. ¡Cómo me enloquece su piel oscura y tersa!

Mi cuerpo sigue balanceándose. El tiempo pasa. La desesperación me embarga.

¿Será que lo hago de nuevo? Parece tan sencillo, tan cerca. Pero los intentos anteriores han sido en vano. No he logrado avanzar, aunque sí he perdido fuerzas.

Voy a intentarlo de nuevo. Inhalo y exhalo antes de voltearme y empezar a nadar. Doy una, dos, tres, cuatro brazadas. El agua salada chispea la cara, sale por todas partes. Me atraganto. Empiezo a ver borroso, a perder las energías, a desfallecer, pero sigo intentándolo.

Los ojos me pican. Los sobo con rabia procurando mantenerlos secos. Busco a mis amigos de reojo pero es difícil encontrarlos en la distancia. Por fin los veo bebiendo, riendo, coqueteando, ignorantes de mi situación. Vicente ya abraza a las dos y Julián sirve otros tragos. Supongo que piensan que estoy disfrutando del momento y del lugar. Que me olvidé de ellas y les dejé el camino libre.

¿Será que los llamo? ¡No! Tengo que poder hacerlo por mí mismo.

Doy una brazada y luego otra y otra más.

Parece que he nadado toda la vida cuando paro. No siento energía en los brazos ni en las piernas. Miro al horizonte y entonces lo descubro. ¡Mierda! Estoy más lejos de la playa que antes. Me volvió a ocurrir lo mismo que las otras veces en que intenté llegar a la orilla.

No entiendo por qué al intentar nadar hacia la playa las olas terminan por alejarme más de ella. Pareciera que por cada brazada que doy hacia adelante en realidad estuviera dando dos para atrás. Ahora entiendo que nada en la vida es inútil ni redundante y que aquellas clases de natación, a las que nunca presté atención o falté por pereza, eran importantes. ¿Qué otras cosas valiosas en la vida habré dejado pasar sin percatarme?

Vuelvo a adoptar la posición de antes. Dejo que mi cuerpo flote con la vista hacia arriba para ahorrar fuerzas. El sol me encandelilla, la desesperación me embarga. Ya no tengo fuerzas. Pese a ello, tengo que mantener la calma, me digo otra vez, ya sin esperanzas.

Ellos siguen sin saber que estoy perdido y sin fuerzas. Decido intentarlo de nuevo. Nado y nado y nado pero no logro nada. Ya no siento rabia ni frustración, solo dolor. Grito pidiendo auxilio, pero no me escuchan. Hay música, brisa y mujeres de por medio. No debí haber sido tan orgulloso; debí haberlos llamado antes.

El viento sopla más fuerte y las olas me alejan cada vez más de la orilla. Ya estoy demasiado lejos. Ya es demasiado tarde. Ya se deben estar besando.

Mi cuerpo se vuelve de plomo. Empiezo a hundirme lentamente.

Veo los rayos del sol atravesar el agua como flechas e intento agarrarme de ellos con las manos. Me quedo sin aire, me atraganto, mientras mi cuerpo sigue su camino inexorable hacia el fondo.

Sé que este es el final.

Me despido de lo que tuve, de lo que fui, de quienes me rodearon, de los sueños que no se realizaron, y de repente lo comprendo: he sido feliz, a pesar de todo.

Y entonces todo se vuelve oscuro y silencioso, todo se apaga y desaparece, todo, absolutamente todo, salvo la sonrisa en mi rostro.

*Foto por Juan C. Herrera.