Aislados, sí. Desconectados, no

Hace unos días me propuse usar menos el celular para tratar de desconectarme de la angustia colectiva que estamos viviendo, de las noticias que cuentan los muertos, de las decisiones de los gobiernos, y de los analistas que de la noche a la mañana se convirtieron en expertos epidemiólogos. La cantidad de información que estaba consumiendo me estaba haciendo mucho daño. Entré en un estado de ansiedad intenso, me levantaba y quería volver a dormir, sentía que me hacía falta energía y se me empezó a caer el pelo de nuevo. Me costaba mucho organizar mi día, que no era muy diferente a mi vida cotidiana antes de la pandemia. O sea, levantarme, sacar a Kiwi al parque, desayunar, leer cosas para la tesis, hacer el almuerzo, almorzar, sacar a Kiwi al parque, leer más cosas para la tesis y escribir, sacar a Kiwi al parque y volver a hacer la comida, ver una serie o una película, y dormir. 

Después de la declaración del estado de emergencia en Portugal, que es donde vivo, me ocupaba mucho tiempo ponerme al tanto de las noticias en Colombia, que es donde viven las personas que más quiero en el mundo. Empecé a pensar que no tenía mucho sentido estar lejos ni estar haciendo lo que estoy haciendo, porque ¿con qué fin hacía todo esto si el mundo se va a acabar? Me preguntaba si volvería a verlos a todos o si nos vimos por última vez sin saber que era la última. En esas, mi abuela fue hospitalizada, y todos los días me levantaba a esperar noticias. Mi mamá evitaba hablarme de su estado para no preocuparme, pero mi papá me contaba, como dando un reporte, todo lo que decían los médicos, cómo la veía él, si había comido, hablado, dormido, despertado. En el centro de todo esto, estaba mi tía, Lucía, que es sólo 4 años mayor que yo, y por eso siempre hemos sido tan unidas. Con ella hablaba todos los días, pero más que de la abuela, hablábamos del futuro cercano. Lo que más dolía de estar lejos era justamente no poder acompañarla a ella. En una conversación me dijo que la abuela era su única familia, porque todos nosotros teníamos la nuestra. En el ciclo de la vida, finalmente, es más normal perder a los abuelos que a los padres. Por eso, quizá para los que la abuela es la abuela, es distinto que para los que es la madre, aunque no deje de ser doloroso. 

Después de casi un mes, mi abuela volvió a su casa a pasar la cuarentena. No recuerda que durmió como 4 días, y entonces, de broma, le dije a mi papá que la próxima vez que preguntara por mí le dijera que estoy bien, que los niños están creciendo, y que me tienen loca en el encierro. Como yo no tengo hijos, me imaginaba que mi abuela iba a empezar a pensar cuánto tiempo había dormido. Al menos dos años, porque para tener “niños” en plural, se necesita tiempo. Mi papá se rió, y aunque en el fondo sé que lo consideró, después me dijo que no lo iba a hacer. 

La cuarentena me hizo también cuestionarme otras cosas. Por ejemplo, me preguntaba si valía la pena continuar estudiando. Si tenía sentido seguir este camino que inicié pensando que tendría otro tipo de matices, cuando la realidad es que ha sido muy difícil. No el estudio, sino el hecho de ser inmigrante. Y es difícil aún teniendo una visa de estudiante, imagínense no tener ni siquiera un pasaporte. Aparte de lo que ya muchos han dicho sobre la romantización de la cuarentena, quiero agregar que la precarización de las condiciones de los inmigrantes es otro de los puntos que hay que sumarle. Leía noticias sobre los venezolanos regresando a su país, o durmiendo debajo de los puentes, y pidiendo ayuda para poder comer con niños de brazos reales, no como los míos, y me gritaba el cuerpo por dentro cuando oía comentarios xenofóbicos de gente que conozco (y hablemos mejor de aporofobia, porque eso no es odio a los extranjeros, es odio a los pobres). Estoy segura de que ninguno de ellos iría a Colombia si las condiciones en Venezuela estuvieran mejor. Imagínense un país con peores condiciones… En fin. 

El caso es que empezamos a ver mucho más de cerca la pobreza, porque, por las razones que sea, nos dimos cuenta de que no todos tienen una casa ni recursos para encerrarse dos meses o cuatro. Vimos a los desalojados de Ciudad Bolívar, a los hospitales de Leticia a los que el Estado abandonó hace años, a los aprovechados alcaldes que se hicieron su agosto a costa de los pobres que deben proteger. Porque a que no adivinan qué: El estado existe legítimamente porque debe proteger a sus ciudadanos. Y aunque les duela mucho, los pobres son tan ciudadanos como ustedes. Lo que pasa es que en el imaginario del colombiano, ser clase media es ya mucha cosa como para exigirle al Estado algo, eso es lo que hacen los pobres que quieren todo regala’o. Pero uno clase media no se enfrenta al Estado, lo deja vivir robando, lo deja quieto para que no lo perjudiquen, no lo cuestiona porque igual todo ha sido siempre así. 

No puedo ni describirles la rabia que me da pensar que la gente que se ha hecho con las uñas crea que su esfuerzo es más valioso por eso, porque “no se dejó de las circunstancias”, como para que un pobre venga a pedirle al estado una indemnización por no protegerlo. Empecé a escribir esto con mucha luz y melancolía, pero ahora mismo la que habla por mí es la rabia. Les voy a contar una anécdota más, ya que a mí las anécdotas se me dan tan bien: Hace unos años trabajé en la Unidad para las Víctimas, y hubo gente conocida que me preguntó que víctimas de qué. Y yo, así de lo más pedagógica, respondía: “víctimas del conflicto armado”, y había gente que osaba decirme que todos en Colombia éramos víctimas del conflicto armado, y que por eso la economía no era próspera, y no podíamos comprarnos la casita que queríamos en el campo. Yo no escupí a esa persona porque no sé escupir. Pero nadie sabe del dolor de las víctimas ni del calvario de la burocracia, de lo que significa no tener nada y encima estar detrás del aparato del estado viendo a ver si algún día uno puede volver a tener algo de lo que tuvo.

Voy a acabar aquí mismo, solo diciendo que la próxima vez que considere insultar a una persona por su nacionalidad o su origen, recuerde que la está insultando es por ser pobre. Llame a las cosas por su nombre. Y recuerde también que a algunos de nosotros, los que estamos fuera del país, también alguien como usted nos ha preguntado alguna vez que por qué no nos devolvemos.  

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